“Puede que suene absurdo, pero esta crónica de tener sexo por ocho días consecutivos en una ciudad híper caliente muestra sus mareas de intensidad, de variación de ganas y de otros descubrimientos que fueron llegando a medida que los días, los orgasmos y las sorpresas sexuales y físicas fueron llegando. Y aunque no quiero hacer un spoiler sobre lo que me pasó, sí recomiendo tener sexo por ocho días seguidos”, anuncia Baranda Pons al relatar en una crónica para Vice España cómo es follar por una semana y un día, cuando a veces se está cansado o no abundan las ganas. Acá un resumen de su relato, manteniendo textualmente sus palabras.

Día 1

“Hoy estoy con depresión y no tengo ganas. Creo que es el peor día para comenzar esta aventura de periodismo sexual, pero mi pareja, quien me ha prohibido que escriba su nombre (lo llamaré José Miel), se ha animado a que empecemos hoy mismo (…) Hace mucho calor. José Miel sabe que tendrá que esforzarse para que yo me estimule. No duda y me lleva a mi cama. Allí empieza despacito a abrirme de piernas. Me espera una gloriosa comida de coño (…) Él me penetra y es una cogida corta, de unos diez minutos”.

Día 2

“Empezamos una cogida de guion. Chica come a chico y de pronto chico siente la oxitocina de chica y se vuelve más tierno que el pájaro de Snoopie”.

Día 3

“Yo estoy nerviosa esperándolo en la casa. Timbra. Vamos corriendo al colchón. Temperatura: 39 grados. Nada de romanticismo, nada de te quiero (…)  El polvo es una sucesión de embestidas, jadeos y penetraciones en dos posiciones. Y como tengo una cómoda antigua con un espejo, todo lo vemos y nos vuelve locos. No puedo evitarlo y hago ruido. Intento gemir suave porque la vecina ya tuvo que venir una vez a decirme que por favor la dejara dormir en paz. Y después de eso me dio mucha vergüenza, pero cuando estoy teniendo sexo lo último que quiero es pensar en esa vieja reprimida”.

Día 4

“Hoy es viernes y me duele el coño (…)  El ron y la cerveza hacen un trabajo muy bueno. Nos prenden más que pesebre de pueblo y cuando apagan la música estamos más calientes que los protagonistas de Laguna Azul (…)  A mi José Miel le encanta jugar con mis tetas y comérmelas como si tuvieran premio dentro. Me chupa con todas las ganas, logrando que me empiece a correr. Cuando estamos borrrachos tenemos sexo brutal y no paramos, no nos damos cuenta del tiempo y eso parece una instalación de arte performativo. Podemos estar follando por siete horas y no nos importa. En esta sesión José Miel tiene tres eyaculaciones, y yo unas cuantas más. Me voy a la ducha cantando una canción de Alaska. (Esa misma que estás cantando tú)”.

Día 5

“Digamos que tener sexo con cruda reaviva la borrachera, y todas las hormonas le ayudan a uno a verse más suelto y ligero, aunque en realidad uno se está muriendo en vida por cada cigarrillo y cada ron que se tomó la noche anterior”.

Día 6

“Hoy le he dicho que no tendremos sexo a la clásica, sino que nos masturbaremos bajo el agua. Es una práctica que ya tenemos muy desarrollada. El agua impide el rozamiento y funciona como un gel íntimo y con ese prominente pene que nunca se agota puedo hacerle una chaqueta que él tilda de única en unos tres minutos”.

Día 7

“La cogida siete empieza con el misionero, sin mucho que contar. Su pene entra muy a gusto y el aire acondicionado me refresca el chocho, casi puedo decir que me lo seca en la distancia. Me pongo a cuatro patas y aquí no hay espejo, creo que la idea de que no nos veamos nos rompe el hechizo. Esta postura a José Miel lo enloquece. Creo que es porque es en la que mejor se ve mi trasero y en la que puede apreciar cada centímetro de él dentro de mí (…) se viene rápido y cambiamos el condón. Lo mejor que tiene mi pareja es que puede tener muchas eyaculaciones sin dejar de penetrarme. Parece mentira, pero a mí, justamente a mí que soy una eyaculadora con todas las letras, me ha caído un multiorgásmico en mis piernas”.

Día 8

“¡Hoy concluimos el experimento! Creo que a veces hemos sentido que ha sido demasiado sexo, incluso para nosotros (…) Me levanto y se queda mirándome como si eso fuera una nueva modalidad de tortura. Voy a buscar mi consolador azul, que se llama Alberto Massimo, y que lo tenemos de diferentes colores con mis amigas Pilar y Melisa (sorry, girls). Con el pene de José Miel en mi boca y Alberto Massimo en mi coño ocurre un fenómeno tremendo. Todo empieza a estremecerse, el tamaño del miembro no puede crecer más porque estallaría y el ruido del consolador luchando contra el caudal de agua puede ser ensordecedor (…) Saco su pene y no mencionaré dónde decide correrse hoy. Yo, en ese mismo momento, expulso un enorme chorro de agua desde mis glándulas de Skene, las mismas que me han convertido en una maravillosa squirter”.