La primera medida que deberé tomar será describir a mi personaje, no diciendo cuánta estatura tenía, si era pletórico o enfermizo, ni tal vez tampoco su edad, sino más bien las marcas de su edad, las canas en el pelo o la barba, las arrugas en la frente, los tajos de la guerra en el pecho y en la memoria, sino presentar un retrato de su estado de alma, de su ánima desamparada y por eso más robusta, de sus temores, dudas, esperanzas, desfallecimientos, bríos, venganzas, deseos, realizaciones. Si digo que aquel día en que él avanzó hacia la novela hacía calor y que eran las diez u once de la mañana, tendré que pintarlo a él no frente al paisaje, incrustado y terminado en él, sino, por el contrario frente a determinada luz y sombra y juego de luces y sombras que atravesando el paisaje lo atraviesan a él, como el sol y el viento desmenuzados y pulverizados entre las hojas; lo veremos moverse y estar inmóvil en esa inmovilidad mortal llena de acción, de vacilaciones, de preocupaciones, de interrogaciones, ¿no nos faltarán las comidas?, ¿no nos asaltarán ahora mesmo los indios?, ¿a quién irán a matar primero, a Guevara, a Vásquez, a Santa Cruz?, ¿o será a mí, Dios mío?, de omisiones de cosas que se le olvidaron y que ya jamás volverá a tener posibilidad de hacer y que, no obstante, en su memoria, en su cabello largo, en la yema de sus dedos ansiosos, esgrime siempre como una última solución o una venganza adormilada que ha de madurar a tiempo. Lo dejaré inmóvil frente a la acción, amarrado por la primera brutal imposibilidad de escapar, para retratarlo íntegramente, imposibilidad material e inmaterial, amarrado firmemente por verdaderos cordeles morales, no lo dejan moverse, ni actuar, ni pensar libremente, ni siquiera asustarse con entera libertad, quejarse con verdadero pavor, porque si lo haces te matan, te tajan, te meten en cepo y en cadena, llegan las santas polleras del santo oficio oliendo un poco a tumba, a tu propia tumba, Juan. Está, en cierto modo, preso, y ahora haber fundado esta ciudad para un grupo de doscientos españoles desharrapados y traicioneros, llenos de odio como él, llenos de temor y esperanzas como él, ha sido una manera más, otra manera de amarrarse a la maldición evidente del conquistador, ven, ven, corre para que la tierra te devore, ven a hacerte pedazos sacando un mundo de la tierra, sacando ciudades, calles, edificios, dignidades, ruidos, paseos, más sospechas, más gente, ven a edificar más horcas y más escaleras, ven a colgar más patíbulos. Eterno frente al paisaje, mirándolo como a su rabioso enemigo, o mejor, como a su futuro asesino, el que ha de venir fatalmente, dentro de siete inviernos y algunos días bajo la lluvia, a través del bosque, entre las hojas y los perfumes, a buscarte ahí abajo, en el sueño, apartándolo con la hoja del cuchillo, pero sabiendo que, en algún sentido, un sentido más grande y positivo que lo que él mismo se imaginó, y por eso mismo más terrible, él está también incorporado aquí como un fatal frágil y trágico adorno, un poco grotesco y un poco transitorio, como el árbol para colgar al alzado, como el roquerío breve por el cual despeñar al fácil traidor. Es mi trampa, lo sé, siempre lo supe, desde que salimos de Potosí, desde que desatamos los caballos en la fonda de Felipe, es mi trampa, por eso quiero armarla con mis propias manos, con estas manos que todavía están vivas, a ver qué tiempo horrible llega y si soy capaz de soportarlo, este tiempo apresurado y lento que estoy yo mismo provocando, a ver cuántos años, cuántos inviernos, cuántos sufrimientos. Inmóvil, pero lleno de acción, listo para ser empujado a la novela, hacia el primer capítulo, empujado con violencia, con demasiado apresuramiento, echado hacia la luz desde la sombra, desde donde está esperando hace cuatrocientos años exactos en este mes de mayo en que escribo, empujado hacia la acción y el fracaso, hacia el abierto e increíble goce y la esperanza, es decir, hacia la vida, hacia esta vida friolenta que tirita entre los árboles y masculla y balbucea su venganza.

Ni siquiera el viento soplaba cuando él apareció frente al paisaje, trotando con flojedad bajo los árboles, el pelo suelto y lacio y el casco de la armadura colgando sobre la espalda, golpeando leve en ella, y podía verse que su borrosa cabeza era rubia y pálida, perdida, cansada, desfalleciente, caminaba sin mirar, como los ciegos, trotando quedo bajo los árboles, solo, completamente solo, y mucho rato después, aparecieron las cabezas de los otros caballos trotando con ligereza para juntársele y todo juntos entraron al primer capítulo y echaron su cansancio sobre el pasto.

EL HOMBRE QUE TRASLADABA LAS CIUDADES
Carlos Droguett
La Pollera Ediciones, 2017, 439 páginas.