Laura Rodríguez Roldán es colombiana, tiene 18 años, desde los 13 que es modelo profesional por lo que conoce al dedillo el mundo de las cámaras. Por eso y porque siempre había tenido ganas de desnudarse frente a uno de estos aparatos, pero sin el contacto físico que compromete el porno, es que apenas cumplió la mayoría de edad le dio rienda suelta a su emprendimiento.

“Yo me soñaba de webcam. Cumplí 18 e inmediatamente fui a cambiar el pasaporte por uno en el que figurara la mayoría de edad, porque la cédula me la entregaban a los tres meses, y yo no me aguantaba tres meses sin trabajar. A los dos días me entregaron el pasaporte, y pum, webcam de una. Llevo apenas ochos meses”, cuenta a Soho.

“Yo he sido muy sexual toda la vida, y quería algo relacionado con el sexo, pero no me interesaba el porno porque tengo conocidos que lo hacen y sé que es duro. Me gusta la webcam porque nadie me toca, hago lo que quiera, hay días en que no me quito ni la camisa y gano buena plata. Hay gente que cree que es manosearse todo el día, y no es así. De pronto las personas tienen que adentrarse más en este mundo para entender qué es ser webcam. No es solo sexo, solo tocarse, es tener relaciones con diferentes personas. Hay gente muy sola que quiere amigos, quiere hablar, quiere conocerte, preguntarte qué haces, dónde vives”, explica.

Sobre si, así como los chats reemplazaron las conversaciones cara a cara, las webcam modificaron el sexo, dice que “sí, le han dado más juego al sexo. Más erotismo. Más morbo. La penetración ya no es tan importante. Antes tenías una relación y ya. A mí me gusta más la seducción y considero que es la manera de encoñar más. Me gusta más tocarme y que mi pareja vea y que disfrute con eso. Así la excitación es más fuerte. Uno debe probar de todo”.

Respecto del pago, que parece es bueno, cuenta que “uno trabaja para una página, y de la plata que los clientes pagan, uno se queda con un porcentaje. Ahí los clientes pueden hacer dos cosas: o pagar algo de plata para meterse en webcams públicas, en las que hay otros clientes pidiendo cosas e incluso pueden chatear entre ellos, o pagar más, generalmente 100 dólares, y tener un videochat privado, en el que ahí sí le piden a uno de todo”.