Nos hemos enterado de una nueva y triste historia. En realidad de nueva poco, porque sabemos que cosas como estas se llevan repitiendo hace años, décadas, siglos; quién sabe. Abusos, que como también sabemos, ocurren en todos los ambientes y sobre todo dentro de la familia (ojo con este tema que aún no aparece como debería. Si juntamos frustración social, alcohol en exceso y un machismo que lo impregna todo en una cultura patriarcal; tenemos el caldo de cultivo para todo tipo de abusos sexuales. Cabría aquí una reflexión sobre esa misma mezcla dentro de la Iglesia). Como decía, los abusos están vinculados muchas veces a una miseria cultural y/o a una miseria psico-afectiva y, por supuesto, a toda una estructura social que lo ha permitido y sigue permitiendo. El caso del hermano marista, probablemente, responde a estos últimos factores. Literatura hay harta. ¿Qué es lo que se va volviendo cada vez más impostergable, incomprensible e intolerable? La desidia (para permitir la justicia) y la pureza (como respuesta moral). Me explico: la desidia es la ineptitud, la torpeza, incluso dejación a la hora de tratar tan horrible situación. Cuando se sabe de un abuso no hay cabida para la ineptitud. Pues detrás hay un ser humano que sufre el infierno. No hay cabida para largos procesos de revisión cuando las horas pasan y la noche vuelve a acechar la inocencia de un niño o niña. La desidia es, en este caso, un delito. Un error gravísimo. Poseemos protocolos, herramientas, medios, talleres, profesionales… en la Iglesia y fuera de ella; en todas las instituciones. Pareciera que la Iglesia no asume que es parte del mundo, que está en el mundo (sin ser él) y que debe aprender del mundo. Esto no es más que testimonio de una sociedad enferma, de relaciones enfermas; de estructuras enfermas que avalan, permiten, protegen o simplemente dejan pasar horrendos actos anormales que destruyen no solo el cuerpo del otro, sino sobre todo su alma. Lo profundo de su vida. Aquí no hay justificaciones.

Pero la reacción tampoco puede ser la hoguera. Hace tiempo que me da vueltas eso de la “intachabilidad” (una especie de pureza moral), queremos políticos intachables, obispos intachables, autoridades intachables, deportistas intachables. No sé lo que es eso. Ignoro si he conocido a alguien intachable, sin errores, sin caídas, sin pecado. Ignoro si alguien así merece respeto y admiración. Ignoro cuál modelo de persona es esa. Creo que es una reacción destemplada. Que no haya dudas, por favor: nada justifica el horror, nada avala lo terrible que ha vuelto a ocurrir. Ni una mala educación, ni ideas sobre el otro, ni una cultura en particular, ni una religión concreta. La aberración de un abuso merece la pena justa que el tribunal dictamine. Pero me permito prolongar esta reflexión respecto a lo humano, creo que es eso lo que verdaderamente aquí nos convoca. Pues justamente es lo humano lo que parece desdibujarse. Valga ver esa nueva plaza pública tan llena de verdugos como son las redes sociales. Lo humano es lo que no discutimos, no miramos, no admiramos, no amamos. Si seguimos esperando intachables (¿blancos?, ¿varones?, ¿adultos?, ¿con recursos económicos?) es que despreciamos, entonces, lo humano. Lo humano en uno mismo y en el otro. Dejamos de reconocer el humano que es el otro, transformándolo en un objeto, en algo, en una cosa. Y cuando llegamos a ese punto, entonces, está todo permitido. Incluido el abuso social, político, económico, sexual, ecológico e intelectual. ¿Acaso no es eso lo que sucede con nuestros hermanos/as mapuche? ¿O con los niños empobrecidos del Sename? ¿O con la naturaleza indefensa? ¿O con las mujeres migrantes que deambulan sacándose las uñas por un trabajo cercano a una neo-esclavitud? ¿Acaso no se siente abusada una sociedad en donde reina la corrupción, la miseria, el tráfico de drogas, las “leyes para algunos” y la carencia de justicia social?

No necesitamos hombres y mujeres intachables, sino humanos. De aquellos que saben de penas y glorias; de esos que sudan el trabajo y celebran hasta el amanecer. De esos que piden perdón de frente y prefieren mirar al asesino para reconocerlo en el más allá. Humanos que asumen responsablemente sus actos, gestos y palabras. Humanos que conocen la justicia y que en la ruta contradictoria de la vida son capaces de reconciliación. Probablemente hay más humanos entre los pobres, los desprotegidos, los marginados, de lo que muchos creen. Entre aquellos y aquellas que se codean con la frustración, el desprecio, la irreverencia y la soberbia de los deshumanizados. Como me dijo un amigo, hablando de esto: los agujeros de las mediaguas dejan que entre humanidad, no así los muros de hormigón de los grandes colegios privados. Las paredes en la población cuentan los secretos aberrantes de otros (¡que siguen sucediendo! Pero que pueden combatirse). En las murallas de concreto abunda la desidia y el silencio impune. El horror de nuestras instituciones debiera, de una vez por todas, generar la reflexión –ausente- respecto al ser humano, respecto a la comunidad de humanos que queremos construir, sobre lo más propio de lo humano. En donde, creo, anida –entre muchísimas cosas- el perdón.

En este caso, da la sensación que no vale pedir perdón, el perdón más bien debe ser implorado. Esos catorce niños y niñas son los que deben perdonar y ello después de un proceso ¡que muchas veces cuesta la vida! (y solo ellos sabrán si lo otorgan). Decir perdón sin más, no vale y no sirve sin reparación y sin una real transformación de todo aquello que permitió la atrocidad. Hay que decir algo, claro que sí. Esa palabra sagrada será dicha de frente, personalmente y desde la humildad (y humillación) más profunda posible. Quizás así, entre lágrimas, volvamos a percibir lo humano que sin quererlo estamos destruyendo. El tiempo apremia. Dios nos libre de las palabras de Jankélévitch respecto al horror de la Shoah, invirtiendo el texto de Lucas (23, 34): Padre no los perdones porque saben lo que hacen.