Me cuesta creer en los Nunca Más. Intuyo que si las condiciones se repitieran, la derecha y los dueños del capital volverían a promover un golpe de Estado. Y apostaría que aun conociendo sus consecuencias (más grave que apoyar el golpe de 1973, fue votar que SÍ en el plebiscito de 1988; porque en 1973 los golpistas sabían lo que detestaban pero no lo que vendría, mientras que en 1988 los pinochetistas quisieron aplaudir y prolongar la obra sanguinaria del dictador), con los ojos cerrados y tapándose los oídos, le despejarían el camino. La Revolución pretendía destruir absolutamente el mundo en que ellos vivían. “Los momios al paredón y las momias al colchón,”, gritaban los más exaltados de la Unidad Popular. “El próximo desfile lo haremos con fusiles”, rimaba Tito Drago, dirigente del regional centro. El pueblo, azuzado por sus representantes, se supone que estaba tomando las riendas de su destino.
Ya avanzado el gobierno de Salvador Allende, dos almas se enfrentaron en su interior: “Consolidar lo avanzado” y “Avanzar sin transar”. La primera se encarnó en los comunistas, los socialistas seguidores de Carlos Lorca y otros moderados dispersos en medio de la fiesta revolucionaria. “Avanzar sin transar” era lo que aspiraban los jóvenes del MIR, un sector del MAPU y buena parte del PS, liderado por Carlos Altamirano. Es curiosa la historia, porque la misma ultra izquierda que en su momento despreció la mesura del Compañero Presidente, una vez muerto, se vistió con su imagen sacrificial.
El mundo estaba en plena Guerra Fría. Años antes Rusia había instalado misiles nucleares apuntando a los EE.UU. en territorio cubano. Por toda América Latina cundían las guerrillas apoyadas directa o indirectamente (vía Cuba) por la Unión Soviética y los escuadrones de la muerte financiados por los norteamericanos. Los EE.UU. hicieron alianzas con los ejércitos y las oligarquías de todo el continente para defender el capitalismo -le llamaban “libertad”- y su órbita de influencia. Agustín Edwards fue uno de los eslabones entre esa Historia grande y lo que sucedía aquí adentro, con vino y empanadas. Luis Corvalán y Volodia Teitelboim manejaban los nexos con la URSS. Ni Richard Nixon ni los dueños de la tierra y las empresas eran unos niños de pecho dispuestos a entregar así como así la mamadera. Un amigo rico me dijo: “Yo supe que estaban perdidos cuando vi al jardinero de mi casa con una bandera roja, y le grité ‘¡suéltala, mierda!’, y él la soltó”. La crueldad con que los patrones –a través de sus fuerzas armadas, porque los patrones no tienen para qué mancharse las manos- castigaron a sus empleados sublevados, fue descomunal.
Yo tenía 4 años para el golpe. Crecí en dictadura, con esa izquierda derrotada en las cavernas. Aprendí con ella de sus errores. Y aunque a estas alturas considero que lo hizo casi todo mal, jamás renegaría de ella. Ahí habitó el deseo de un mundo regido por algo mejor que el dinero. Es posible que en el futuro no se llame socialismo. De hecho, ya no se llama así. Allí donde el socialismo se instaló, traicionó ese deseo que lo llevó al poder. Nadie sabe bien cómo llamarle hoy. Es el bando de los débiles, de los rezagados, de los desoídos, el que una y otra vez deberá enfrentarse al de los aventajados, los exitosos y los satisfechos. No existe “Nunca más”, porque este conflicto no tiene fin. Sólo queda esperar que la política del momento lo administre sabiamente, estrechando el abuso y racionalizando las expectativas. Nada bueno sucede de golpe.