Hillary Clinton mira por la ventana del Despacho Oval, en la Casa Blanca. El palacio de gobierno de Estados Unidos. Una de sus manos está apoyada sobre el sillón en el que se sientan los mandatarios de la primera potencia del mundo. A saber, ella misma. Afuera se ve una luna que Hillary contempla tras enterarse de que acaba de vencer a Donald Trump en las elecciones presidenciales, convirtiéndose así en la primera mujer en gobernar el país del norte.

Pero nada de eso es verdad. Hillary, contra todo pronóstico, pierde. Y con su derrota, de paso, en aquel sillón no se sienta ella sino un magnate medio loco, que no ha dado el ancho.

La escena anterior era la portada que New Yorker tenía lista para ser publicada si la candidata demócrata y ex primera dama llegaba a la victoria, y que debió cambiar por un muro.