Embajada de EE.UU en La Habana

Mareos, sordera, lagunas y confusiones mentales. Estos han sido los síntomas que, desde noviembre de 2016, han presentado 21 diplomáticos estadounidenses ubicados en la capital cubana.

Para referirse a estos hechos, el Departamento de Estado de la administración de Donald Trump cambió el rótulo de “ataques sónicos” por “ataque a la salud”, y ha entregado algunas pistas de la investigación que ejecuta el FBI.

En este sentido, la mayoría de los casos se basan en malestares físicos y afecciones neuronales sufridas por los diplomáticos en sus casas, por lo que no se descartan instalaciones de alta tecnología al interior de los hogares particulares.

A pesar de que la inteligencia norteamericana descartó que se trate de ataques acústicos, ya que los daños cerebrales estudiados no se explican por ningún aparato capaz de emitir ondas sonoras, un funcionario del gobierno de EE.UU dijo “sentir en cama un sonido agudo y focalizado que desaparecía en cuanto se movía a otro lado de la habitación, como si tuviera la precisión de un láser”, indicó El País.

Las consecuencias de estos actos ya ha escalado en materia política. El pasado viernes Raúl Castro se reunió con la máximo autoridad de la embajada estadounidense, Jeffrey DeLaurentis, para asegurarle personalmente que su gobierno también desconoce el origen de los ataques.

El mismo día, cinco parlamentarios republicanos redactaron una misiva enviada a su Departamento de Estado para que le exija a La Habana un pronunciamiento oficial sobre el tema.

Hasta el momento, se barajan dos teorías respecto a la responsabilidad de estos movimientos: que se trate de una acción ejecutada por algún servicio de inteligencia de la isla que busca dañar el progresivo entendimiento político entre Cuba y Estados Unidos; o que exista una tercera nación involucrada. Para estos efectos, se ha mencionado Corea del Norte, Rusia e Irán como posibles países comprometidos.