Padma Deva es terapeuta sexual como tantas o tantos. Pero Padma Deva además de escuchar, proponer, ofrecer soluciones, hace otra cosa… a veces se acuesta con sus pacientes.

“Yo no soy puta. La gente que me lo pregunta es porque no ha experimentado este trabajo: cualquiera que lo haya hecho sabe que no tiene ni punto de comparación”, dice Padma a Vice, medio al que le cuenta sobre esta manera de ejercer el oficio.

Cuenta el periodista Jorge Peris que las sesiones con Padma, a diferencia de lo que acontece con otros terapeutas, son en habitaciones de hoteles cuatro o cinco estrellas. “En esos encuentros, que rondan las dos horas, ella y sus clientes conversan, se relajan, se masajean, se acarician y, en más de una ocasión, tienen sexo”.

Ahora, como la cosa es bastante particular, las sesiones con Padma Deva son costosas, no puede ir cualquiera. “Si uno quiere pasar por las mágicas manos curanderas de mi entrevistada, tiene que ser pudiente, pues cada cita cuesta 500 libras (casi dos millones de pesos) y la terapia completa consta de diez sesiones. A esto hay que sumarle la consulta inicial, que es de 200 libras (780.000 pesos) si se hace en persona o de 150 (590.000) si se realiza a través de Skype”.

Sus pacientes son variados; mujeres y hombres; jóvenes, viejos y de profesiones u oficios diversos. El título de su trabajo en inglés es “tantric surrogate”, que se puede traducir como “compañera sustituta tántrica”. Es algo así como una mentora o guía para personas con problemas íntimos relacionados con el sexo, dice el periodista.

“No tendrás problemas en encontrarme”

Como para relatar la historia de Padma de manera vivencial, Jorge Peris se cita con ella luego de intercambiar varios correos. La entrevista es acordada en la lujosa zona de Barons Court. “No tendrás problemas para encontrarme: soy la que va con un vestido rojo, me verás fácil”, le escribe por mensaje de texto. Ya en el lugar, comienza la conversación.

“Mira, yo no soy puta y te voy a explicar racionalmente por qué. La intención es muy diferente: en la prostitución lo que se busca es la satisfacción instantánea y el entretenimiento y, si se puede, repetir todas las veces posibles con el cliente —me responde cuando le pregunto si le molesta que suelan asociar ambas profesiones—. Mi caso es diferente: yo soy una asistente sexual y lo que buscamos en esta profesión es el crecimiento personal y la cura del cliente. Desde el comienzo trabajamos para no volver a ver nunca más a la persona después del tratamiento”.

Además de exponer la diferencia entre ser una terapeuta sexual que se acuesta con sus clientes y una prostituta, cuenta Padma que tiene dos licenciatura y un par de másteres. Antes trabajaba en economía.

“Solía trabajar de consultora. Viajaba por todo el mundo, pero no tenía tiempo para mí. Un día, con 21 años, vi dos películas que me hicieron reflexionar sobre el sentido de la vida: The Family Man, con Nicolas Cage, y Sweet November, con Charlize Theron y Keanu Reeves. El corazón y la cabeza me dieron un vuelco. Pero seguí trabajando y unos años después me llegó la famosa crisis de los 40… aunque solo tenía 25 años. Sabía que mi vida así no iba a funcionar, entonces empecé a estudiar para ser psicoterapeuta, hasta que en un periódico británico vi que buscaban personas para trabajar como sustitutos sexuales, es decir, terapeutas que incluyen algo de práctica con sus pacientes. Estaba muerta de miedo, pero era lo que tenía que hacer”, recuerda.

Cuenta Peris que la terapia que practica Padma Deva no es nueva. De hecho, se realiza desde los años cincuenta. Sus precursores, los doctores William H. Masters y Virginia E. Johnson, desarrollaron entonces un programa de dos semanas que, según ellos, podía alcanzar una efectividad del 80 %.

“Le tiene que quedar claro a la gente que no se trata de una cita romántica o una velada con rosas y baladas , aquí nos ponemos a trabajar. El viaje termina cuando el cliente logra reproducir con otra persona los resultados que ha obtenido conmigo. Es un poco como el pájaro que deja el nido y vuela solo. Lo que está claro es que el proceso tiene un inicio, un final y un objetivo claro: que el cliente supere sus problemas y pueda reproducir lo trabajado”, dice ella.