En el comienzo, dos glúteos que corren junto a la orilla del mar, mientras una melodía de guitarra suena de fondo. Luego, con el sonsonete característico que abre cada canción huayna andina, Elmer Molocho hace su aparición.

“Desde el Perú, para todos mis amigos, ¡Elmerrrrr Molochoooo!”, dice, antes de lanzar un aullido y su tanga negra al cielo.

El video, una versión del hit Despacito, y cantada junto a su pareja Judith Bustos (71) -más conocida como La Tigresa del Oriente-, fue un éxito instantáneo.

Actualmente, el cantante Elmer Molocho (27) se siente viviendo un sueño. Uno que, según cuenta, comenzó a buscar cuando dejó la casa paterna en su natal Santa Cruz de Cutervo, a los 12 años. “Mi familia era campesina, del departamento de Cajamarca, y mi papá quería que yo y mis 14 hermanos hiciéramos eso. No le gustaba la vida del artista, consideraba que era peligrosa, porque uno se exponía mucho”.

Y durante sus primeros años en la capital, Elmer pensó que tenía razón. Siendo un adolescente en Lima, vivió de todo: durmió en la calle, evitó intentos de violación, y trabajó para patrones que lo terminaban echando a patadas.

“Los patrones en Perú son exigentes, sobre todo con los provincianos. Por cualquier cosa te dicen ‘serrano ignorante’”, afirma.

Hoy, varios miles de reproducciones en Youtube después, Elmer asume que la fama –que su fama- tuvo un costo. “A veces la gente me ve en la calle y piensa ‘guau, es Elmer Molocho’, el artista. Pero no saben que no siempre fui así. Para ser alguien en la vida, papi, tuve que sufrir demasiado”.

Y luego, claro, enamorar a una Tigresa.

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Apenas salió de la primaria, Elmer, quien de pequeño había triunfado en modestos festivales a lo largo de la provincia, decidió tomar un bus hasta Lima. “En realidad quería seguir mis estudios, quería trabajar, no convertirme en campesino como mi padre”, recuerda hoy, al teléfono con The Clinic.

Durante semanas, pasó tocando la puerta de casas de los barrios acomodados de la ciudad, preguntando si “había un trabajo para un joven”. “Cuando me preguntaban que qué estaba haciendo solo en la ciudad, les contaba mi historia. Todos me decían ‘niño, estás muy chico para trabajar aquí, mejor vuélvete a tu pueblo’. Pero yo les decía que no me iba a regresar”.

Su historia podría ser la de cualquier provinciano llegando a una gran ciudad latinoamericana. “Una vez un patrón me dijo ‘Elmer, quiero que me vayas a comprar aceitunas para el desayuno’, y yo fui al supermercado y confundí las aceitunas con las uvas. Cuando volví me dijo ‘¡serrano de mierda, te mandé por aceitunas no por uvas!’. Ahí mismo me botó a la calle”, recuerda.

“Mi papá me advirtió antes de que me viniera, que la vida del artista no es bonita, me decía, pero yo más ganas tenía de quedarme”. Con 15 años, y ya fogueado en el sobrepoblado circuito de la música andina y el folclor peruano, grabó un primer demo que envió a las radios de Cajamarca. Y gustó.

Pronto, lo llamaron para pequeñas presentaciones, donde se apoyaba con algunas de las bandas locales, como Los Potrillos del Arpa, Los Mañaneros o los Cruceñitos. Esos fueron los años en surgió la chapa de “El príncipe del norte”, con la que le gustaba presentarse.

Grabó videos como “Quiero tomar, quiero beber”, o “Tu amor no vale nada”, pegajosos ritmos andinos que combinaban el gusto por el alcohol, la nostalgia por la tierra de origen y el desamor. Cuando apenas cruzaba los 20 años, y durante un festival al que había sido convocado como uno de los platos menores, conoció a Judith Bustos, la Tigresa del Oriente. “No te puedo explicar, papi. Como que la vi y me enamoré de ella. Conversamos atrás del escenario y surgió el amor”, dice.

— En tu relación con la Tigresa hay casi 50 años de diferencia. ¿No lo hace más difícil? ¿Cómo es el sexo, por ejemplo?
— Yo ya no explico de mi vida privada, de mi vida personal. Hace tiempo, cuando empecé en la televisión, sí respondía esas cosas, pero me di cuenta que estaba mal, que mi vida privada es aparte. Si me quieren hacer una entrevista como artista, chévere. Pero como vida personal, no estoy dispuesto a que la gente sepa tanto.

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Muchos han especulado sobre la veracidad de la relación entre Tigresa y Elmer. La sobreexposición televisiva de casi cada detalle de su vida en pareja –peleas, infidelidades y hasta la presentación con los suegros de Tigresa, que por supuesto eran más jóvenes que ella- no les ha ayudado a cambiar esa imagen.

El año 2015 se casaron “simbólicamente” en el estudio del programa Al Rojo Vivo de Perú. Ella, enfundada en un apretado vestido blanco, cruzado por rasgaduras felinas de fantasía, y él en un impecable esmoquin negro, de corbatín y solapas de leopardo. La ceremonia, dirigida en quechua por un sacerdote inca, fue transmitida en vivo y llegó a las portadas de todo el Perú. Parecía una jugada perfecta.

— La ceremonia en televisión, el sacerdote quechua, todo parece un tanto forzado, ¿o no?
— Yo respeto la opinión de la gente. Pero como dice el refrán, yo estoy bañado en aceite, papá. Lo que me digan, o lo que hablen, no me interesa. Porque yo hago muchas cosas sin hacerle daño a nadie. Con Tigresa tenemos años de relación que nos une. Ella siempre me dice ‘nunca te caigas por una mala crítica, nunca digas ‘no puedo’. Todo se puede.

Pero el idilio no duró mucho. Luego del falso matrimonio televisivo, tanto la Tigresa como Elmer han sido sorprendidos, siempre por las cámaras, cometiendo infidelidades. Incluso, el año pasado la artista acusó a su novio de robarle mil 600 dólares para mejorar el estudio de grabación de su orquesta. Una denuncia que luego retiraría públicamente, “tratamos de alejarnos, pero el amor fue más fuerte”, dijeron.

— ¿Por qué crees que la gente disfruta ver reversiones de temas populares?
— Las canciones que hago obviamente tienen su “pícara”, algo llamativo para que la gente los vea. Ahorita estoy en clases de actuación, porque me han llegado ofertas para entrar al mundo del cine. Incluso estoy grabando una serie, de la que no te puedo adelantar mucho, pero trata un poco de mi vida, hago de un cantante de la sierra que llega a la ciudad para triunfar. Una fábula como la de Elmer Molocho.

— ¿No sientes a veces que la gente no te toma en serio?
— Para nada, papá, y si lo hicieran, a mí me resbala. Hace poco estuve en un evento en Colombia con Gloria Trevi, y James Rodríguez. Fue una experiencia maravillosa. En Argentina estuvimos con Marcelo Tinelli, que incluso me dijo que tenía proyectos conmigo, que me quería llevar a vivir a Argentina, me dijo “admiro lo que tú haces”, y eso me hace sentir muy orgulloso.