Debo confesar que empecé a beber desde temprano. Desde temprana edad, quiero decir. Puedo haber tenido 10 o 12 años, ni uno más, cuando después de tomarnos una cerveza con el Loco Figueroa, uno de los amigos de la población naval de Las Salinas donde me crié, irrumpimos en la celebración de una misa de manera bastante inapropiada. Era el 24 de diciembre, por la noche, y la que interrumpimos fue la Misa del Gallo que tenía lugar en la capilla naval y que oficiaba monseñor Marzana, un clérigo español alto y apuesto que se mostró comprensivo todas las veces que le confesamos los pecados de esa edad. Marzana tenía pinta de actor de cine y una locuacidad castellana que, apreciadas ahora a la distancia, explican la claque que tenía entre las señoras de la repartición.

Una vez dentro de la capilla, que en una ocasión como esa estaba a rebosar, el Loco se instaló frente al órgano y empezó a dar notas sin ton ni son, mientras su compañero de juerga reía de manera compulsiva. El padre Marzana detuvo la misa y nos exigió a viva voz que hiciéramos abandono del recinto. Obedecimos, cómo no, pero una vez concluido el oficio, y en momentos en que Marzana despedía a los fieles a la salida de la capilla, todavía vestido con casulla y otras indumentarias propias del momento, el Loco se acercó a él para pedirle a viva voz “¡Padrecito, écheme una confesadita”. El cura levantó una especie de báculo que sostenía con una de sus manos y ahuyentó al Loco como si de Satanás se tratara. En lo que a mí respecta, estaba ya un poco más sobrio y me alejé del lugar sin que se notara. Una semana después, uno por un lado del confesionario y el otro por el opuesto, el Loco y yo recibimos la absolución del cura Marzana.

No es que yo me ufane de episodios como esos –hubo incluso otros peores-, pero nada puede ser mejor para la futura salud mental de las jóvenes generaciones que haber tenido una infancia feliz, aunque sea al costo de fastidiar un poco al prójimo, incluidos padres, curas y profesores. El Loco solía sentarse en lo alto de uno de los muros del campo de fútbol de la población para cantar siempre lo mismo: “¡Es mejor, es mejor, es muchísimo mejor!”. Esa era toda la letra y yo lo acompañaba sin pudor. Siempre tuve la sospecha de que estaba enamorado de mi hermana mayor, pero ella nunca lo miró. No entendía que anduviera siempre sin zapatos, que su cuerpo temblara constantemente y que su manera de reír no fuera comparable con la de ningún otro ser humano.

Continué bebiendo más tarde –de joven, de adulto, y también de viejo-, aunque cada vez menos. En el hipódromo, donde se bebe desde temprano, espero a que caiga el sol para pedir mi primera copa de vino. Por tanto, me viene mal el cambio de hora que en esta época del año obliga a oscurecer más tarde. He dicho “copa de vino”, sí, porque ya no tomo otra cosa. Vino de aperitivo, vino con la comida, vino de bajativo, y de preferencia tinto. Cuando todavía no cumplía 50 me deprimía entrar a jugar dominó al Bar Inglés de Valparaíso, digamos tipo 6 de la tarde, y ver como los compañeros de juego de más edad estaban ya con su botella de tinto al lado. Lo que tomábamos los más jóvenes eran combinados de pisco, con CocaCola, con Ginger Ale, con tónica los más empingorotados. A esos combinados los llamábamos “formulario nacional” y pensábamos que beber vino tan temprano era signo de vejez. No estábamos equivocados, según comprobé 20 años más tarde.

Tengo que decir que para beber con mayor deleite y conciencia de tan arrebatador anhelo, recibí la temprana influencia del matemático, astrónomo y poeta persa Omar Khayyam, en cuyo Rubaiyat se pueden leer invitaciones tan lindas como esta: “coge un cántaro de vino y bebe pensando en que quizás mañana la luna te busque en vano”. “Tal aroma de vino emanará de mi tumba –seguía el poeta- que los amantes no se podrán alejar”.

A estas alturas los lectores podrían estar preguntándose a qué vienen estas tan poco edificantes confesiones de un hombre mayor que se supone ha dedicado toda su vida a la educación de jóvenes que llegan a la universidad, esos a los que hoy, si de beber se trata, habría que contener antes que estimular. Mi única explicación es que si voy a proponer un menor consumo de alcohol entre los jóvenes, y también entre los que no lo somos, no será desde el virtuoso pedestal del abstemio o del que dejó de beber gracias a que tuvo la suerte de encontrarse con la palabra de Dios.

¿Beben los jóvenes de hoy? Sí. ¿Bebíamos nosotros cuando éramos jóvenes? También. ¿Beben ellos más que nosotros? No. No es cierto que nosotros tomáramos menos; lo que pasa es que tomábamos malo. Mucho más malo. Había solo dos alternativas de cerveza –malta y pilsener-, y la primera se tomaba con huevo o con harina para arreglar el cuerpo luego de haber bebido en exceso de la segunda. Apenas dos o tres viñas que producían solo cabernet sauvignon y sauvignon blanc, y unos licores nacionales verdaderamente siniestros.

Dicho lo cual, ¿no estaremos bebiendo demasiado, especialmente los jóvenes, esos que ya al mediodía veo de lunes a viernes en un amplio local cercano a un par de institutos profesionales haciendo la previa de lo que tomarán sábado y domingo? Porque si la previa era hasta hace poco el viernes, o San Jueves, lo cierto es que ahora la previa es toda la semana. Para qué vamos a citar estadísticas. En todos los barrios hay muchas más botillerías que panaderías, verdulerías y puestos varios. Trate usted de encontrar una farmacia abierta después de medianoche y no hallará ninguna en varias cuadras, en todo el barrio y hasta posiblemente en toda la comuna. Pero el recorrido le permitirá comprobar el alto número de botillerías que están abiertas, o semi abiertas, porque sus propietarios les ponen rejas para mantener a raya a los clientes que llegan allí furiosos porque se les acabó el trago. Con nuestros 9.8 litros de alcohol puro per cápita al año, encabezamos el listado de los países más borrachos de América Latina.

Estamos tomando demasiado. Esa es la pura verdad. ¿Para qué vamos a engañarnos? Chile no ha sido nunca un país de abstemios, por fortuna, pero ahora se nos está pasando la mano. Tomamos mucho y, por añadidura, la mayoría tiene mala cabeza. Tampoco la caña se arregla ahora con una inocente malta con huevo. Decimos que no compramos libros por el IVA, pero jamás nos fijamos en el que pagamos en bares y botillerías. Paremos un poquito, digo yo, solo un poquito. Como dice uno de los médicos que veo, “no elimine nada, reduzca”.