Rafael Otano (78), instalado en el living de su departamento ubicado en Baquedano, comenta que desde hace algunos años ha centrado su trabajo en estudiar y comprender el cambiante escenario de la política chilena entre 1960 y 2010. “Medio siglo que en el mundo generó un montón de cambios, pero que aquí instauró un verdadero récord de modifiaciones sociales y políticas”, agrega.

El autor de “Crónica de la transición”, la aclamada obra que recogió los nombres y decisiones políticas que marcaron el fin de la dictadura militar y el retorno a la democracia en Chile, se empeña en contar una historia “honesta, lejos de aquella que busca quedar bien con el público y que se llena de lugares comunes”.

En esta línea, asegura que el eje de la transición fue “el tema constitucional”, luego de que “se aceptara una Constitución hecha a la medida del dictador y sus intereses, que al mismo tiempo asegurara perpetuar su herencia”.

Sin embargo, en el libro mencionado, Otano rescata un episodio olvidado y que revela la intención que tuvieron algunos miembros del gabinete de Augusto Pinochet de modificar la carta magna de 1980, con el objetivo de desconocer su derrota en el plebiscito del 89′ y poder mantenerlo como jefe de Estado.

¿Cómo se originó esta idea y quienes participaron en ella?

En el contexto posterior al resutado del plebiscito, Pinochet tuvo 18 meses para hacer prácticamente lo que quisiera. Eso ya marca una diferencia respecto a cómo se abordó el fin de la dictadura acá en relación a otros países, aparte de quedar como jefe de las Fuerzas Armadas, lo que en perspectiva parece insólito. Fue durante ese período en que Hugo Rosende, entonces Ministro de Justicia, y Sergio Melnick, a cargo de Oficina de Planificación Nacional (Odeplan), plantearon la idea de variar la Constitución para que Pinochet desconociera el resultado del plebiscito y siguiera a la cabeza del gobierno. Aunque no tuvo mucha cabida la idea, fue mejor recibida que la propuesta por los denominados Misioneros de Pinochet, que promovieron el nombramieno de Lucía Hiriart como candidata presidencial.

¿Y en qué consistirían esas modificaciones constitucionales?

Eran trampas políticas-jurídicas que, de haber estado convencidos, lo habrían hecho sin muchas dificultades. Finalmente desecharon la idea porque se dieron cuenta que no quedaban tan desarmados con el nuevo sistema político, pero fue una idea que rondó por la cabeza de estas personas y que se comentó en la esfera oficialista.

Más allá de este episodio particular, ¿qué tan escuchada era la voz de Sergio Melnick al interior del régimen?

Pinochet pasó por varias etapas en cuanto a ideas políticas. Se asesoró con muchas personas a lo largo de la dictadura, según los planes que tenía. En este sentido, Sergio Melnick llegó a ser un hombre muy escuchado a fines del proceso, cuando se fraguaba la vuelta a la democracia y existían voces del pinochetismo que despreciaban esta idea, que eran los que se ubicaban más a la derecha del espectro político.

¿Ahí estaba Melnick?

Así es. En esa época, porque desconozco si continúa siendo así, era un pinochetista acérrimo. Siempre ha sido un personaje muy astuto, muy bien preparado y con un cerebro que todavía funciona a plenitud. Por eso se transformó en un asesor muy cercano a Pinochet, era consultado frecuentemente ante temáticas relevantes, como decisiones políticas en torno a pactos de consenso con el poder entrante. La cúpula del poder de la época valoraba su inteligencia y su proactivismo.

Últimamente se instaló la discusión de si personas como Sergio Melnick deben ocupar un espacio público y activo dentro de la sociedad, a raíz de que la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, se negara por “una razón valórica” a participar del programa televisivo donde él es panelista.

Lo de Beatriz Sánchez me parece una actitud totalmente respetable, incluso algo valiente. Una decisión que siempre trae consecuencias difíciles para quien las toma, pero está bien, lo hace bajo estos resguardos. Ahora, lo que a mí me molesta de Melnick, no es que haya sido ministro de Pinochet, que no es el currículum ideal para la vida de alguien. Pero peor que eso, es que yo nunca he visto en él y algunos otros una verdadera fe en la democracia actual, en salirse de los esquemas autocráticos que hubo; esta especie de tibieza respecto al juicio democrático. Quiero decir que hasta la UDI se declaró demócrata. Se ha desvinculado del padre protector que era Pinochet, o al menos lo verbalizó. En cambio en estas figuras se percibe que todavía existe una nostalgia por este período tan oscuro para Chile y cómo se ejecutaba la política en aquellos años.

En este sentido, ¿se puede decir que Melnick representa a un sector de la sociedad que también extraña ese período?

Exactamente. De todas formas Melnick está ahí porque lo pusieron. Aparte de cuestionarlo a él, sus actos y decisiones dentro de este período, también hay que hacerlo con quien lo ha ubicado en este espacio a sabiendas de todo esto. Es necesario preguntarse por qué está ahí, qué sector de la sociedad chilena actual representa. ¿Es tan esencial que un personaje como Melnick esté en un panel? Eso eso es discutible.

O sea hay responsabilidad periodística en darle un espacio como ese.

Me parece necesario cuestionar a Canal 13 y a la producción del programa (“En buen chileno”). Es importante saber las razones que tuvieron para entregarle un espacio público a alguien como a él. Y ojo, de paso se le legitima, porque eso logra la exposición pública, que tus pecados se vayan borrando y en última instancia perdonando.

Canal 13 acudió a la libertad de expresión para explicar su inclusión como panelista político.

Y con absoluta justeza. Vale la pena preguntarse si existen límites, incluso, para la libertad de expresión. Es un tema político muy delicado porque está en medio de valores muy relativos. Al final, este caso simboliza un problema muy importante: que no se resolvió bien qué hacer en democracia con las personas que colaboraron activamente durante la dictadura militar. La experiencia internacional, como la alemana, demuestra que es necesario procesar judicialmente a los más involucrados durante el régimen. En cambio en España, vale la pena mencionar que el primer gobierno democrático después de (Francisco) Franco fue impulsado por uno de sus exministros, Adolfo Suárez. Pero aquí en Chile no sucedió ni lo uno ni lo otro, simplemente se dejó que siguieran su camino, y mientras algunos eligieron apartarse y refugiarse en aparatos como el empresariado, otros vuelven cada cierto tiempo con aires democráticos.

EMPRESARIADO, CONCERTACIÓN Y FRENTE AMPLIO

Para Otano, la permanencia en la palestra pública por parte de los agentes del Estado dictatorial son “parte de la herencia de propia del período, como también lo son el modelo neoliberal y el empresariado”.

¿Se puede decir que en Chile, desde el retorno a la democracia, estos elementos que menciona van de la mano?

Definitivamente. Tiene que ver con la sed de triunfo mal entendida que tuvo este grupo. Los empresarios en conjunto con el gobierno cívico militar formaron una alianza muy bien articulada y organizada, para defender los intereses de cada uno. Esto se acentuó con la tradición autoritaria y ordanencista que tiene este país. Hay que tener en cuenta que durante el gobierno de (Patricio) Aylwin, la palabra más temible era desorden: puede venir un desorden económico, político o en las calles. En el ADN de la historia republicana chilena está el concepto de orden. Bajo este tipo de mentalidad, los altos empresarios se unieron desde el comienzo, porque el peligro te une, y el peligro de la Unidad Popular lo hizo de una manera brutal.

¿Cómo evalúa el resultado de esa alianza?

De un éxito absoluto, porque lo más increíble es que lograron su objetivo. Si bien el modelo económico fue corregido en algo por gobiernos posteriores, no se cambió sustancialmente. El neoliberalismo es impresentable desde el punto de vista humanista. El neoliberalismo crudo es ganar sin mirar para el lado y sin reparos, lo que ha pasado en Chile en muchos ámbitos, incluso urbanísticamente. El concepto, de la forma en que se ejerció durante dictadura, fue de una fuerza enorme. Y eso, refugiados en argumentos como que las leyes no se los permite, fue sostenido en democracia.

¿Y a quién le correspondía la responsabilidad de enmendar en materias como esta?

Últimamente he escuchado afirmaciones muy tajantes para referirse a períodos mus complejos. Aunque hay que reconocer lo que hizo la Concertación en materia de reconstrucción de confianza en un principio, no fue capaz de solidificar este proceso ni conducirlo por un camino que delineara el futuro de Chile. O al menos el futuro que necesitaba. Debido al desgaste que sufrió, inventó la Nueva Mayoría e intentó recuperar lo perdido, pero ya fue un poco tarde.

De aquí nacen otras fuerzas políticas, como el Frente Amplio.

Ellos tienen otra mirada, más fresca. Se considera que la Concertación y todo este mundo que relanzó la democracia en los años 90, desde el triunfo del No, poco a poco se fueron acomodando. Esa es una buena crítica, muy buena. Pero en el segundo paso hay que tener mucho cuidado. Uno tiene que construir sobre lo que otros han construido. Hay que tener la modestia y capacidad para entender que la política no se hace de nuevo. La política es decir “en esto fallaron y podemos mejorarlo”. El Frente Amplio tienen una sensibilidad especial, creo. Pero ojo, es fácil mirar desde una posición en que somos los más listos de todos.

¿Desde una superioridad moral?

Exacto. Eso no sirve. Sirve el trabajo gradual, fuerte, convencido. No se arregla de la noche a la mañana ni con discursos adjetivados. Hay que ser poco exhibicionistas, sacarse la idea de que son los buenos y dueños de la razón.