“La magia argentina está en problemas”, se titula la crónica que escribe el periodista y escritor trasandino, Martín Caparrós, para The New York Times, relatando cómo fue que vivió anoche, a 5 mil kilómetros de distancia, la tragedia de la Bombonera donde, en idéntica pesadilla, todo se parecía a lo acontecido casi medio siglo atrás cuando el mismo rival de turno, Perú, los dejó fuera del Mundial. El de México 1970.

“Y ahora todo parece igual, pero ya pasó más de medio siglo. Recuerdo aquella tarde: agosto del 69, Rendo acababa de marcar el 2 a 2 inútil con un gol inútil, el partido se había terminado y la Bombonera se vaciaba en silencio. Yo caminaba y no entendía, no podía entender. Por primera vez desde que el fútbol era el fútbol, la Argentina no se clasificaba para un Mundial: en la Bombonera, contra el Perú”, dice entonces Caparrós, quien mira el partido en el restaurante Boca Juniors, en Queens. “Lo más parecido a la cancha de Boca”.

“El salón del restaurante es grande pero parece chico: una selva de banderas, camisetas, fotos de jugadores; casi todo de Boca y un poco de Argentina. Los parroquianos, en cambio, tienen más camisetas argentinas que de Boca: emigrantes de mediana edad, señores que llevan veinte o treinta años trabajando duro en los suburbios del poder, y unas pocas señoras muy teñidas. En el televisor Messi se esfuerza”.

“…Vamos, vamos, Argentina, vamos, vamos, a ganar…” se escucha en el lugar, cuenta el escritor.

Dice que “gritan los parroquianos, porque Messi empezó jugando como si se jugara la vida (quizá porque, de algún modo, se juega la vida). O, quizás, el relato de esa vida: si no consigue una Copa del Mundo su historia va a ser la historia de un fracaso, la derrota del mejor de todos. Y se pierde un gol a la salida de un córner, jugada preparada y tiro franco, de esos que Messi nunca erra. Pero erra”.

Así transcurre el partido que terminará 0-0 y con Argentina pendiendo de un hilo, mientras gritan “andá a la concha de tu madre, Fideo”. Por Di María.

Pero Argentina no juega sola, al frente está Perú, “un sparring tímido”. “De vez en cuando pega una patada fuerte para decir que está, y ahí se queda la cosa. Sin ambición, con miedo, espera lo peor pero no llega. Hasta que se le pasa el susto y confirma lo que todos saben y nadie cree: que la Argentina es muy mediocre y que se puede atacarla, faltarle el respeto”.

“No hay equipo. Messi quiere hacer todo porque seguramente cree que mejor solo que mal acompañado pero no le sale: cuatro y cinco y seis veces no le sale. Y, casi al final del primer tiempo, recoge en la puerta del área otro rebote y la pifia tan mal que la pelota se va por el costado: tan desalentador, tan nunca visto”, es el párrafo con que Caparrós seguramente sintetiza todo su sentir y el de un pueblo que nació para ganar en la pelota, pero que desde hace rato que no lo hace.

Llega el segundo tiempo y la cosa camina más o menos igual.  “Muchos recurren a sus cruces y santos y demás ritos mágicos. Y al minuto Leo Messi, con todo el arco libre, la estrella contra el palo derecho. Nos hemos pasado años tratando de entender qué le pasa a Messi en la selección. Yo siempre sostuve que el juego del Barcelona lo beneficiaba tanto como lo perjudicaba el argentino. Pero en el Camp Nou o en los videos de YouTube o en el patio de su casa nunca falla esos remates fáciles que no consigue meter cuando se pone la celeste y blanca. Algo le pasa, algo que la razón no explica, la magia no conjura, la patria no remedia”.

Sobre el final se oye “andá a cagar, Messi”. “Grita uno, y pega un puñetazo —flojo— en una mesa. La Bombonera cumplió con su promesa: otra vez el empate con Perú, otra vez la clasificación amenazada, otra vez la partida silenciosa. Así que ahora todo parece igual pero pasó más de medio siglo y está oscuro y es Queens y llueve y la avenida —tan ancha, tan ajena— es un camino hacia el olvido”, cierra Caparrós.