“Es raro que ya no me digan Kena y sí por mi nombre real, pero me gusta, me recuerda mi infancia”. De esta manera, la actual candidata a senadora por la Región del Maule de Revolución Democrática (RD), María Eugenia Lorenzini, explica algunos de los cambios que ha sentido desde que lanzó su campaña parlamentaria.

Quien trabajara como reportera gráfica en las revistas Hoy y Análisis durante dictadura, y en la Secretaría General de Gobierno en los primeros años después del retorno a la democracia, actualmente está abocada de lleno en una campaña electoral que busca ganar un espacio tradicionalmente ligado al conservadurismo nacional y sus representantes.

Con el feminismo y la experiencia de haber vivido mucho tiempo en Talca como sus principales armas, busca sembrar una política centrada en la solución de problemas para la población y generar un cambio sustancial en su calidad de vida. Sin embargo, para lograrlo, ha debido sortear una serie de obstáculos que ponen cuesta arriba su programa.

En este sentido, reconoce que uno de los problemas principales ha sido la recaudación de fondos: “Yo diría que la gente ha sido muy generosa conmigo, pero cuando escuchas a un Lagos Weber decir que él va a gastar entre 50 y 80 millones, y tú estás pensando que tienes un millón y medio, bueno, tira para abajo un poco. De todas formas estoy contenta. Además Revolución Democrática no es un partido que maneje plata a niveles importantes. Cada uno se rasca con sus propias uñas. Aparte que yo me subí bien al final del período legal para inscribir candidaturas, y siempre se pensó como una de apoyo. Pero ahora se transformó en una que va en serio”.

¿Qué fue lo que te movió a lanzar esta candidatura?

Hacía un año que veníamos hablando de esto con mi pareja, mi compañera. Como mi hija tiene cinco años y algunos problemas de salud, habíamos pensado que no podíamos hacer una tarea así. Pero al final, al último momento, decidí que sí. Esto pasó un viernes y teníamos plazo hasta el lunes. Como dije, al principio se pensó de otra manera, pero ahora es un trabajo súper potente y voy y vuelvo todos los días a la región con mi hija.

¿Cómo has manejado esta intensificación de tu campaña?

Súper bien, porque además vienen la ambición de poder compartir con la gente. En el cara a cara, que es lo que más hemos hecho, te das cuenta que están depositando una confianza en ti. Lo que más me ha sorprendido, es que me he topado con un 10 por ciento de personas que no me han querido escuchar. Todos los demás me reciben de buena manera.

¿Y qué has logrado percibir en estas conversaciones?

Que la gente está chata de lo políticos. Que en la Región del Maule, no quieren más con (Juan Antonio) Coloma y (Andrés) Zaldívar, que son los que se reeligen. No quieren saber nada de política.

¿De ningún lado?

De ningún lado, porque están cansado de los apernados que no hacen nada por la región. Entonces yo les digo ‘mira, vengo apoyada por este partido que es nuevo y estoy metida en esto para dar un impulso’. La gente escucha y lo recibe de buena manera. Además que me considero talquina, tengo mucho apego a la región. Encuentro que el Maule ha perdido mucho. Cuando yo era chica, decir que venía de Talca, aparte de considerarte como alguien de una ciudad super conservadora, era como ser de la segunda ciudad más importante de Chile. Hoy día, nada. Se ha dejado botado.

O sea el deseo de representar esta zona se debe al lazo sentimental que tienes con ella.

Definitivamente.

¿Y por qué con Revolución Democrática como partido?

En principio era para apoyar que el partido se pudiera inscribir, para mí era como decir ‘okey’. Nunca en mi vida he militado, pero después me gustó. Encuentro que hay buena gente y con ganas de hacer cosas. Con un voluntariado importante de parte de quienes efectivamente están, porque lamentablemente hay una parte que no. Aquí no voy a decir nada políticamente correcto, pero la militancia de RD encuentro que es media floja, que no han apoyado a sus candidatas y candidatos en el trabajo real. La mayoría ha logrado hacer equipos y comandos con gente que guardan algún tipo de relación y han podido trabajar bien. Pero en general, siento que los militantes no se la han jugado por esta parte del proyecto, que es ir a la elecciones y jugársela con todo.

¿Es proyectable esta situación hacia la campaña de la candidata presidencial del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, y afirmar que también le puede jugar en contra?

No creo. Ella arrastra una cantidad de gente importante. A todas partes donde vas, tú hablas de ella y la conocen. Además he podido constatar que la gente de mayor edad se siente muy agusto con ella y sus propuestas.

¿La ves capacitada para ser la próxima presidenta de Chile?

De antes que fuera candidata la cateteaba para que lo fuera. Siempre me gustó su personalidad, cómo defendía las cosas y el discurso que tenía. Me parecía una buena carta para llevar y en un principio para sembrar, y resulta que ahora tenemos muchas posibilidades. Cuando hablamos por primera vez le dije que este país es tan especial, que tenía que tener conciencia que podría salir electa. Eso es súper importante. Yo creo que estamos para llegar a una segunda vuelta.

Desde tu perspectiva feminista, ¿cómo analizas el trabajo que le correspondería hacer en esta materia?

Ella representa el paso que hay que dar en este ámbito. Las feministas apoyamos esa parte del trabajo de la Bea, porque va a tener que convertir todo lo que se habla en materia práctica. Como ella ha sido periodista siempre le tocó mediar en debates, buscando llegar a un término medio para que no se agarraran de las mechas los participantes. Pero ahora ella tomó la bandera del feminismo y entendió que en esto no hay matices, porque es bueno para todos. Si te pones a pensar, el Frente Amplio se declara feminista, pero en el fondo todavía falta mucho para serlo. En nuestro mismo partido, RD, y en el Movimiento Autonomista, uno ve que les cuesta mucho asumir el feminismo en la práctica, que las mujeres sean empoderadas y que se pongan en el primer plano. Falta feminismo en el bloque.

¿Por qué crees que ocurre eso?

Las directivas de nuestro partido quieren ser feministas, pero tienen que aprenderlo y conocerlo, sobre todo en la práctica. Que realmente destaquen a las líderes mujeres, porque adentro hay figuras femeninas con liderazgo innato.

¿Crees que esta temática se está instalando en la política nacional con la fuerza necesaria?

Nunca va a ser suficiente, pero lo bueno es que la conversación ya se ha instaurando y la gente hoy día está entendiendo que el feminismo tiene que ver con todos y todas y no solamente con las mujeres. Su primera opción es la igualdad de derechos de las mujeres frente a los hombres, pero también mejorar la calidad de los derechos que en Chile no existen, como a la salud y la educación. Ni hablar de la vivienda digna, que es una palabra que me tiene un poco chata.

¿Por qué?

Porque puede ser cualquier cosa. Cuando hablan de sueldo digno me imagino uno de 700 mil pesos por lo menos, lo que es irrealizable. El sistema neoliberal no permite hacer cambios tan grande en términos económicos porque está todo tan concentrado en pocas manos, que si esas pocas manos las asustai, los gallos pueden dejar la escoba.

NEOLIBERALISMO, TALCA Y WHATSAPP

¿Cómo ha golpeado este sistema a la región por la cual te estás candidateando?

Cuando yo era chica la región era como la segunda del país, en términos de buen vivir y también económicos. El impacto ha sido fuerte en materia cultural y económica. Si la zapatilla se rompía la mandabas a arreglar, no las botabas en el basurero y te comprabas otras nuevas. O sea se reciclaban las cosas materiales y eso se proyectaba para la vida. Además, los productos del mercado estaban hechos con la intención de ganar más plata pero también de ofrecer un servicio bueno y satisfactorio para la gente. También había menos naturaleza estropeada. Había agua limpia. Una podía tomar agua de los canales sin problemas, cosa que si una hace ahora, probablemente se vaya al hospital. Percibo una especie de ambición que nos fue comiendo.

¿Cómo podrías explicar estos cambios?

La globalización jugó un rol importante. Fueron drásticos los cambios que introdujo, para bien y para mal. Porque antes si querías ver teatro tenías que venir a Santiago. Si querías escuchar algo de música también. Todo era venir a Santiago. Hoy día no, hoy día tenemos el Teatro Regional del Maule que es el más grande de Sudamérica. En mi época solo veía teatro en el colegio. A todo esto, me acuerdo que en mi colegio, a pesar de ser particular, todos convivíamos con naturalidad, desde la hija del jardinero hasta la del gerente.

¿Ahora hay más clasismo en esta etapa?

Hoy en día el clasismo está exacerbado porque tiene directa relación con el poder adquisitivo. El machismo siempre existió y se mantiene, aunque ahora las cabras y los cabros se están arreglando para que cada uno mate su toro. Pero actualmente la exigencia social por ‘tener’ es tan alta que los niños terminan contagiándose. Todo esto se va a acumulando e incluso varía el ritmo de vida de las personas.

¿En qué sentido?

Antes no estaban todos acelerados como ocurre ahora en Santiago, sin parar de un lado para otro.

¿En provincias no ocurre lo mismo?

Creo que sigue siendo algo más aquietado, donde no todo está centrado en producir. Yo me pregunto para dónde vamos tan apurados. Y ojo, esto llega a temas más terrenales como el Whatsapp. Como dice una amiga mía, aleja a los que están cerca y acerca a los que están lejos, pero sintetiza las relaciones. Hay que poner un pie en el freno. Hay que tratar de vivir con otros valores, con otra manera de ver el consumo. Yo estoy segura que hay gente que piensa en Twitter, quiero decir que hace cosas y piensa ponerlo en redes sociales inmediatamente. Antiguamente uno se reía de los japoneses porque llegaban a los países y disparaban fotos como locos y no veían nada. Yo pienso que la gente está perdiendo la capacidad de disfrutar por pensar que eso que está haciendo lo puede poner en Facebook, Twitter o Instagram.

Pero tú igual eres muy activa en Twitter.

Sí, y ahora tengo Facebook por la campaña, donde se publica todo simultáneamente. Con Twitter convivo bien, cada cierto tiempo desaparezco. Igual soy comunicadora y activista, entonces es parte de mi pega. Pero hay muchas gente que pone cosas insólitas.

¿Cómo cuáles?

Ya no solamente lo que come, sino que escribe ‘aquí viendo la puesta de sol’ y te chanta la foto. Entonces, ¿está viviendo la puesta de sol o está como el japonés del que nos reíamos antiguamente?

METAMORFOSIS

La visión que actualmente expresa María Eugenia Lorenzini sobre estas problemáticas representan una postura diametralmente distinta a la mostrada en sus primeros veinte años de vida.

Para graficarlo, cuenta que a los doce años “iba a marchas pro Pinochet” en compañía de su familia y amigos.

¿Qué recuerdas de ese período?

Se me quedó grabado el “Pinochtet, Pinochet, todo Chile con usted”, y de ahí marchando con todo el colegio, que además tenía un director totalmente facho. Él nos llevaba como colegio a marchar a favor de Pinochet, y yo iba feliz. Imagínate que mi mamá nos llevaba a manifestaciones contra Salvador Allende con cascos en la cabeza, porque ‘estos upelientos son capaces de tirar hasta piedras’, me decía.

¿Cómo y cuándo se produjo el quiebre en tu vida que gatilló el cambio de pensamiento político?

Empecé a reflexionar en mi mente. Mi pensamiento era que si alguien te había salvado, o intentado hacerlo, perfectamente podía ahogarte de nuevo. Esa era mi metáfora. Fue cuando entré a estudiar Castellano a la Católica. Ahí empecé a ver cosas que me abrieron la mente. Las personas de izquierda se me acercaban en la universidad y me decían cosas con las que fui sintonizando. De a poquito fui peleándome con amigas que eran de derecha también.

O sea tuvo costos también.

A mí me enseñaron a decir lo que pensaba. Era difícil no hacerlo. Me acuerdo que incluso salía de clases cuando el profesor hablaba cosas pro régimen. Yo le decía ‘profesor usted no puede decir ese tipo de cosas. Por lo tanto si usted no se retira, me retiro yo’. Imagínate la pendeja agrandada. Todos me miraban con cara rara, pero así me educaron. Siempre terminaba retirándome yo y una galla de apellido Altamirano. Con los años, supe que era hija de Carlos Altamirano, exdirigente de la Unidad Popuar y secretario general del Partido Socialista. Fue increíble darme cuenta. En esa época, en la directiva de la FEUC estaba (Jaime) Orpis y (Andrés) Chadwick.

Foto tomada por María Eugenia Lorenzini en 1983, hoy colgada frente a las escaleras de su casa.

¿Y después de terminar tus estudios seguiste un camino similar?

Sí. Cuando entré a la revista Hoy terminé esta fase de cambios. Me saqué el collar de perlas. Dejé muchas costumbres que tenía.

¿Cómo cuáles?

Mi papá se guardaba un billete entre los dedos y se los pasaba a los garzones cuando entrábamos a un restorán. Yo hacía lo mismo después de las entrevistas con gente pobre. Para que no me cacharan los periodistas, escondía el billete ahí mismo y al despedirnos se lo pasaba en la mano. Lo hacía cuando escuchaba historias tremendas, como un gallo que era locutor radial y que después pasó a recoger las sobras de una feria para poder comer. De a poquito fui cambiando de la caridad a la justicia. Tuve buenas maestras en eso, como Marcela Otero y Patricio Verdugo. Después a Pamela Jiles, cuando estuve en Análisis. Grandes luchadoras de las que aprendí un montón.

Supiste sacar provecho personal de una época oscura para el país.

Pienso que se desarrollaron muchas cosas positivas en tiempos de dictadura. La adversidad hace que la gente se ponga más creativa y solidaria. Hay cosas que hoy día ya nos las veo, y que se hacían en esos años aún cuando acarreaban grandes riesgos para quienes las ejecutaban, como irse preso o derechamente morir. Hemos perdido eso de entregar cueste lo que cueste. Los años 90′ sepultaron esa parte del alma chilena.

¿Cómo viviste la vuelta a la democracia y el período posterior?

Yo me consideraba tan rebelde que no voté ni por (Patricio) Aylwin ni por (Hernán) Büchi. Me negaba a tener un presidente demócrata cristiano. Me iba a ir a estudiar cinematografía a Italia y justo me llamaron de la Secretaría General de Gobierno para ofrecerme trabajo como fotógrafa. A los dos meses la suerte estaba echada. Eran los mismos de siempre. Y peor, gente que yo vi luchando y que había cambiado totalmente. Duré como dos años y me echaron teóricamente por reducción de personal, pero en el fondo me echaron porque yo no compartía cómo hacían las cosas.

¿Y de qué forma lo manifestabas?

A los reporteros gráficos nos consideraban como gente disponible para hacer cualquier cosa. De repente te llamaban para avisarte que el hijo del Ministro del Interior chocó, y te pedían ir para sacarle fotos para ver cómo quedó el auto. Yo les decía que no, que yo era reportera gráfica y se espantaban. El jefe decía ‘tenís que ir o si no voy a tener que ir yo’. ‘Bueno’ les decía yo, ‘anda tú’. Entonces esas cosas me empezaron a cargar, como ver a los mismos políticos decir cosas que venía escuchando en dictadura.

¿Recuerdas algún episodio en particular que te haya sorprendido en este sentido?

Nunca me voy a olvidar cuando me encontré con Edgardo Riveros en un ascensor de La Moneda, después de haber estado con él en miles de situaciones, y le digo ‘hola po’, cómo estay, cómo te ha ido como Subsecretario General de Gobierno’. ‘Trátame de usted’, me dijo. Ese tipo de cosas me terminaron por apestar. Así estaban las cosas. Se empezó a perder la humildad, la visión que se tenía sobre el futuro. La sencillez fue algo que se perdió desde el primer día.