A veces resulta sabroso recordar historias como ésta, aun cuando se trata de una que acontece casi un siglo atrás. Pero vamos a los hechos.

Corría el año 1922 -relata emol-, Chile, aún amateur en materia futbolística, participaba de la sexta Copa América, el Sudamericano de Río de Janeiro. La oncena era dirigida entonces por el uruguayo Juan Carlos Bertone, quien tres meses antes de la cita había comenzado los preparativos. Acaso anunciando los primeros bosquejos de un balompié más profesional.

Luego de una inédita concentración en Quillota, el inicio era esperanzador. 1-1 frente a los locales, Brasil. Equipo que por esos años ya contaba con un mito viviente… Arthur Friedenreich.

Sin saber si aquello provocaba el relajo, aquello es igualarle al local con Friedenreich a la cabeza, se aproximaba lo peor. Algunos líos de camarín -los habituales de la época, suponemos- y comenzaba un seguidilla de tres derrotas contundentes al hilo. 2-0 con Uruguay, 4-0 con Argentina y 3-0 ante Paraguay.

Vaya uno a saber si el ánimo estaba en el suelo tras recibir 9 pepas en tres duelos, pero el hecho es que había que volver.

Entonces, arriba del barco Almanzora, para luego hacer la ruta Montevideo-Buenos Aires, acontece el primer indicio de lo que sería un mar de piñas, trompadas, cornetes, o como se les quiera llamar. Todo por el alcohol, dicen.

Sucedía que Enrique Abello, referente del plantel, discutía de manera airada con Serafín Guerra, dirigente de lo que hoy es la ANFP.

El dirigente le enrostraba a Abello, y al equipo, haberse comido nueve. Hasta así, sólo una discusión, situación que crecería ya en el trayecto Mendoza-Los Andes.

“A bordo del vagón de primera clase, en el tren que salió a las 6:30 de la mañana desde Mendoza, Abello y algunos compañeros de selección comenzaron a beber sin destajo. A eso de las 8:00 AM Abello empezó a imitar a Bertone y a fustigarlo en voz alta, con los demás pasajeros de testigos. Bertone le dijo entonces a Armando Zanelli, jefe de la delegación: “Si Abello no cesa en sus insultos, no voy a responder de mí”. Zanelli le respondió: “Pero si viene borracho… ¡Trate de contenerse!”. El ánimo siguió caliente. El uruguayo Bertone no aguantó más y se paró del asiento: Lisa y llanamente tiró el primer puñete”, escribe textualmente Leonardo Salazar al contar la historia.

Ni cortó ni perezoso, el seleccionado chileno respondía con otro cornete al mentón. Sangre por ambos lados y los típicos intentos de separar, mientras algunos repartían entre medio del tumulto.

Al llegar a Santiago todo se sabía, pues la dirigencia elaboraba un informe. Pero del mismo modo, Abello, quien recibe el primer puñetazo, contaba su historia el 8 de noviembre de 1922 en Las Ultimas Noticias. El jugador culpaba al DT de “ladrón” y “empresario del fútbol”, reconociendo los hechos.

“Además nos trataba como un capataz a sus inquilinos”, decía. “Ábranle las maletas, vienen llenas de vestidos para su mujer. Los ha comprado con el dinero que se ha apropiado y que es fruto de nuestro esfuerzo”, había señalado arriba del tren.

En el libro “La Roja. Historias de la Copa América” de Carlos González y Braian Quezada se cuentan éstas y otras historias de la selección.