Roberto había prometido ante Dios que jamás perdería el reloj de pulsera regalado por Violeta el año anterior. Juró en vano. Las cuatro semanas en que Gilbert y Los Choclos estuvieron en Santiago, ocurrió lo inevitable. Una mañana, después de una velada inusualmente concurrida en la Carpa de La Reina, apareció el hermano.

Estaba borracho, casi en harapos y sin afeitar. «Hubiese asustado al diablo en persona», recordó el suizo. Roberto dijo que sólo pasaba a saludar, pero la sospecha de su hermana, a menudo resentida por esos episodios de alcoholismo, era que venía a tomarse los restos de vino que quedaban en los vasos.

—Señor, usted tomó y sabe que no me gusta verlo en ese estado.

Le he repetido miles de veces no presentarse ante mí cuando toma.

Tenía por costumbre tratar a la gente de usted cuando estaba enojada.

—Entonces, ¡váyase! —reclamó, para enseguida cambiar el tono: —Ah, espere, ¿y dónde está su reloj?

Roberto miró acongojado al piso y le confesó que durante la noche lo había dejado en prenda en un bar, pero que en cuanto tuviera el dinero lo recuperaría. Violeta se puso furiosa.

—Escuche señor, se va de inmediato a buscar ese reloj, y mientras no lo recupere, no lo quiero ver.

El hermano se enderezó, se dio vuelta y, antes de irse, se pegó en el pecho y le aseguró a su hermana: «Soy un miserable, lo voy a buscar de inmediato». Según el testimonio de Gilbert, Violeta le susurró al oído: «Estoy segura de que no lo va a recuperar».

A la noche, Roberto Parra reapareció en la carpa, sólo que su presencia era aún más lamentable que en la mañana. Tenía un ojo morado, venía lleno de moretones, un hilo de sangre seca caía por su cara, y sus ropas se veían destrozadas. Violeta se estaba poniendo roja de rabia cuando su hermano sacó velozmente el reloj de su bolsillo.

—No te enojes, aquí está, lo recuperé.

—Pero ¿qué te pasó? —le preguntó Violeta.

En su escrito autobiográfico, Gilbert detalló la historia de Roberto:

Oh, dijo, fui directamente al bar donde dejé el reloj en garantía. Estaba tan enojado que entré derecho a insultar al patrón, tratándolo de ladrón y de concha su madre, y diciendo que era de su interés entregarme rápidamente mi reloj. Él se enojó y tuvo el descaro de decirme que no sabía de qué estaba hablando. Entonces me enojé aún más y nos fuimos a las manos. Le pegué un combo en la cara, y él hizo lo mismo. Los clientes se le unieron y me pegaron y me echaron. Cuando estaba en la calle, levanté los ojos y me di cuenta de que me había equivocado de bar. El reloj estaba en el bar de al lado. Y ahí me lo devolvieron.

Los tres estallaron en una gran risotada.

En parte gracias a Los Choclos, el público acudía en mayor número a la carpa. A fines de junio un periodista del semanario Rincón Juvenil fue a cubrir una noche de peña. En esa jornada tocaron también Ángel e Isabel, mientras que Gilbert y Violeta interpretaron varios de sus temas instrumentales. «Ella me había disfrazado de indio para la ocasión», escribió Favre.

El repertorio de aquella noche incluyó «Corazón maldito», «Mazúrquica modérnica», «Gracias a la vida» y «Run-Run se fue pa’l norte». En el artículo publicado a comienzos de julio, el periodista afirmó que «Mazúrquica» era muy divertida y «Gracias a la vida», «de una ternura infinita». Pero el plato fuerte, según la nota, era otro: «Como gran final [tocó] su muy popular “Casamiento de negros”».

Esta primera referencia pública a la canción emblema de Violeta Parra revela que a fines de junio de 1966 ya la estaba presentando en vivo. Fuentes periodísticas bolivianas y testimonios de quienes vieron a la cantautora en La Paz, aseguran que fue ahí donde comenzó a componer este tema. “Me acuerdo de esa canción, la estaba componiendo en la peña”, declaró Ernesto Cavour. “No era todavía la canción que todos conocimos después, pero ya estaba ahí”.

Como advirtió Cavour, no se trataba de la versión que finalmente grabó en su último disco y que el mundo conoció. Patricio Manns, por su parte, recordó que en esos meses de invierno fue a la carpa para escuchar a la folclorista:

—Voy a cantar unas canciones que acabo de hacer —anunció Violeta.

Comenzó con «Gracias a la vida», pero a poco andar olvidó la letra.

—Puta la huevá, voy a ir a buscar el texto a mi pieza —exclamó.

Tanto en La Paz como en Santiago, Violeta y Gilbert se habían llevado muy bien, como si fueran novios recientes, pero el suizo debía volver a su peña boliviana, y la chilena tenía programada —para mediados de julio— una gira a la Patagonia con el programa Chile Ríe y Canta de René Largo Farías.

Para Gilbert no fue fácil irse. «Esos días habían sido formidables, fueron como si hubiésemos vuelto. En un momento de debilidad me hubiese quedado en Santiago —escribió—. Pero sabía que las cosas cambiarían y habrían vuelto a como estábamos antes, y esa idea me espantaba.»

La gira santiaguina de Gilbert y Los Choclos había generado suficiente dinero como para que, esta vez, tomaran un avión hacia La Paz. El viernes 1 de julio despegaron de Cerrillos. Esa misma noche Violeta volvió a sus labores nocturnas en la carpa. Acaso ambos intuyeran que su relación ya no tenía vuelta atrás. En los próximos meses, Gilbert fundaría junto a Cavour, Domínguez y dos músicos más el conjunto folclórico Los Jairas, que rápidamente se convirtió en una sensación. Y no sólo en Bolivia, sino también en Europa. Violeta, en tanto, conoció a otros hombres y con uno de ellos se emparejó.

Sus consuelos más inmediatos, sin embargo, fueron el matrimonio de Gabriela Pizarro con Héctor Pavez, y la mencionada gira a Punta Arenas con René Largo Farías.

Violeta Parra asistió a la fiesta de boda de sus amigos vestida con un gorro de lana café, un abrigo de piel color plomo, medias de colores y zapatos negros. A decir de Pavez, Chabela estaba muerta de vergüenza. En cierto momento uno de los comensales se puso romántico y quiso recitar un poema francés, de amor.

—Buenas tardes, amor mío…
Y Violeta le contestaba:
—Tú no eres mi amor.
—¿Me escuchas?
—No te escucho nada.
—¡Espérame, amor mío!
—No, no pienso esperar.

«La gente estaba muerta de la risa, y la Violeta le amargó la poesía hasta el final —recordó Pavez—. Y ese hombre se molestó tanto que me retó.»

A mediados de julio Violeta se embarcó en la gira de Chile Ríe y Canta. Por primera vez iba a la Patagonia chilena. Entre el domingo 17 y el martes 19, el elenco del programa de Radio Minería realizó dos funciones diarias, vermouth y nocturna. El grupo era variado. En él figuraban Pedro Messone, integrante de Los Cuatro Cuartos, que a inicios de 1965 había sido uno de los ganadores del VI Festival de la Canción de Viña del Mar; Patricio Manns, que a inicios de año había conquistado los rankings nacionales con su canción «Arriba en la cordillera»; Sergio Sauvalle, miembro de Los Huasos Quincheros; más Silvia Urbina, Rolando Alarcón y la propia Violeta.

Si bien era una gira pagada, no todos recibían la misma remuneración. «A mí y a Messone, que teníamos más popularidad, nos pagaban más —afirmó Manns—. En cambio, a los [otros] folcloristas se les pagaba un poco menos.» Los fondos los proveía el Banco del Estado, hasta que sus gerentes se molestaron por una canción de Alarcón, «Yo defiendo mi tierra». Después de eso fue la Corporación de la Reforma Agraria la que puso el dinero.

Las presentaciones en Punta Arenas resultaron tan exitosas que el productor decidió agregar un día más. A petición de Violeta, al final de cada actuación se tocaba y bailaba cueca. Silvia Urbina hacía pareja con Alarcón y Violeta con Messone. Sin tapujos, y fiel a su fama de soltar discursos polémicos en pleno espectáculo, una noche la cantante encaró a su auditorio magallánico: «Yo me pregunto cómo es que no tienen música acá, con todo el material que tienen: los ovejeros, la esquila, las matanzas de corderos, las matanzas militares en Puerto Natales».

Durante la gira Violeta tuvo un breve romance con Pedro Messone. El cantante era veinte años menor que ella y estaba muy de moda por entonces. «La Violeta estaba enamorada todo el tiempo, ¡y se enamoraba como colegiala! —afirmó Manns—. Él era un lolo que andaba con puras lolitas del barrio alto, pero salieron a caminar, se tomaron unos tragos, se calentaron, se fueron a un hotel y se echaron un polvo.» René Largo Farías tuvo recuerdos similares. «La vimos enamorarse como una colegiala del cantor de moda en ese tiempo y allí nació “Volver a los diecisiete”.»

Messone siempre negó públicamente el romance. «Ella tenía la imagen e importancia de una persona mayor —dijo—. Se comportaba de manera maternal con el resto.» Pero, en concordancia con los dichos de Largo Farías, Messone evocó un episodio de esa gira que pudo ser el germen de la célebre canción. Camino al aeropuerto, el bus que trasladaba a la comitiva se detuvo en una de las playas rocosas de la región. Casi todos descendieron para recoger piedras y conchas. Violeta y Pedro se habían alejado algo más cuando escucharon la orden de volver. Y así narraría Messone lo que sucedió a continuación:

Miro hacia atrás y veo que la Violeta viene caminando sin ningún aspecto atlético, incómoda. Me volví y le pregunté: «¿qué te pasa? ¿Te ayudo con la bolsa?». La tomé del brazo, después de la mano. «Apúrate, apúrate», le decía. «Aaah, ¿cómo se te ocurre que me vas a hacer correr? Si no se pueden ir sin nosotros dos». «Vamos, parecemos cabros de diecisiete años», le dije. «¿Qué me dijiste que parecíamos, algo de diecisiete?», me preguntó. «No sé, que parecemos cabros chicos de esa edad, corriendo y jugando a las carreras, recogiendo conchitas», le respondí. Y bueno, cuando nos subimos al bus, me acuerdo que agarró un pedazo de papel y se fue escribiendo. «¿Qué estás escribiendo?», le pregunté. «No, nada», y guardó el papel. En el avión siguió escribiendo. Ella siempre escribía en papeles.

Después de Punta Arenas Violeta estaba lista para grabar un disco con los temas que había compuesto en los meses anteriores. Pocas semanas antes de entrar al estudio de grabación conoció a otro hombre: Alberto Giménez, un activista de izquierda uruguayo que había estado preso en su país por motivos políticos. Diez años menor que Violeta, solía presentarse como Alberto Zapicán, apellido de fantasía que hacía referencia a su pueblo natal.

Al emigrar a Chile, Zapicán se hizo amigo del Gitano Rodríguez y a este le comentó que la música de Violeta le gustaba mucho. De modo que el cantor porteño lo llevó a ver el espectáculo de la peña y se la presentó. Pero la visita también tenía otro motivo. Violeta se quejaba que desde la partida de Gilbert ya no contaba con la ayuda de un hombre para los constantes arreglos que necesitaba la enorme carpa. Rodríguez pensó que Zapicán podría ser el indicado.

El encuentro, sin embargo, fue tenso. Violeta lo interrogó acerca de su vida y de sus capacidades laborales, y lo cierto es que Alberto era un hombre de pocas palabras. «Se manifestaba huraño, casi tímido, refugiado en un silencio de gaucho», recordó Rodríguez.

«La conocí en la carpa. Yo estaba sentado entre el público esperando que terminara de actuar para hablar de trabajo —diría el uruguayo dos décadas más tarde—. La observé, vi cómo manejaba a esa gente, capté su actitud de diva y me dio rabia.» Violeta le ofreció trabajar en la carpa a cambio de comida, alojamiento y algo de ropa. Y Alberto aceptó. Una tarde, a los pocos días de haberse instalado en la parcela de La Reina, la artista se encontraba en su habitación de madera ensayando las canciones de su próximo disco, cuando escuchó unos suaves pero rítmicos tonos de tambor. Al salir de su pieza vio al uruguayo sentado bajo un árbol. Había sacado uno de los tambores de la carpa y tocaba para sí mismo.

—¿Así que sabes tocar música?
—No, sólo un poco de tambor —contestó Alberto.

La opinión de Violeta ya se había formado.

—Ven conmigo, yo te voy a enseñar más sobre el tambor.

En lo sucesivo Violeta adiestró a Zapicán hasta incorporarlo al elenco con el que iba a grabar su disco. Sería el último como solista.

Y también el más importante de toda su carrera.

DESPUÉS DE VIVIR UN SIGLO
Víctor Herrero
Sello Lumen, 450 páginas, 2017.