Pintura realizada por Francisco Papas Fritas

En estos agitados días de octubre, pero de hace exactos 50 años, Ernesto Che Guevara era asediado en la selva boliviana por un batallón militar que – desesperado- seguía sus pasos en una guerrilla particular. Este 9 de octubre se cumplen 50 años de su asesinato perpetrado en una pequeña escuelita de La Higuera, convertida ahora en conmovedor museo local. Estar ahí estremece, se siente el peso de la leyenda. En cada espacio se encuentran cartas, fotos y sentidos recuerdos de miles de personas que de todo el mundo peregrinan hasta el lugar. Yo mismo dejé ahí mi propia loca huella.

La historia cuenta que sus captores, militares bolivianos en complicidad con la CIA norteamericana, no dudaron en decidir su ejecución sumaria. El 9 de octubre de 1967 un escuadrón militar se enfrentó con el Che. El guerrillero sabía que la muerte lo esperaba. “Póngase sereno, usted va a matar a un hombre”, le habría dicho el Che al suboficial del Ejército boliviano Mario Terán minutos antes de ser fusilado. El militar disparó varias veces y una bala alcanzó el corazón del guerrillero. La noticia dio la vuelta al mundo como reguero de pólvora.

Después de amputar sus manos en búsqueda de una macabra prueba de identidad, los militares se preguntaron qué hacer con el cuerpo del Che. Enterrarlo en un cementerio sería un error táctico porque su tumba se transformaría en sitio de peregrinación. La alternativa fue ocultarlo bajo una pista de aterrizaje en Valle Grande, una apacible zona rural cercana a La Higuera. De este modo, imaginaron los militares, sin tumba que congregara dolientes, el cuerpo del guerrillero argentino-cubano pronto pasaría al olvido. La historia dijo otra cosa. La sola idea de que el Che estuviera vivo, que el cuerpo de un hombre parecido a Jesucristo, exhibido en la posta de Valle de Grande no fuera el del Che, que el guerrillero se ocultara en algún lugar misterioso de la selva esperando otra oportunidad para continuar la lucha, hizo que su mito creciera como yerba de montaña.

Recuerdo que en un deseado e intenso viaje a Valle Grande en febrero de 2016, David Mansilla, un tierno anciano que custodia el cementerio local, me confidenció que por muchos años el cuerpo del Che fue buscado frenéticamente y que, incluso, dieron vuelta el cementerio entero en búsqueda de su paradero. Pero el cuerpo del Che no aparecía. La esperanza se esfumaba hasta que 30 años después del entierro clandestino e ilegal, un testigo habló.

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El 28 de junio de 1997, científicos bolivianos, cubanos y argentinos, encontraron la fosa secreta del Che que reposaba junto a otros combatientes bolivianos desaparecidos. El cuerpo del Comandante de la Revolución Cubana emprendía así su vuelo desde la madre tierra a Santa Clara en Cuba y la izquierda internacional comenzaba los homenajes al legendario guerrillero de mil batallas. La fecha del descubrimiento del cuerpo de Ernesto Guevara de la Serna, 28 de junio, coincidió con el Día Internacional del Orgullo Gay/Lésbico/Trans. Esa mágica razón, ese vestigio rebelde, me llevó a pintarle los labios con un lápiz labial rojo a un masculino Che estampado en un mural de la Universidad ARCIS e intervenir inesperadamente en un acto en contra de la censura organizado por Vicente Ruiz y Patricia Rivadeneira, el 4 de septiembre de 1997. En medio de la música pop, el baile marica, el show artístico y la performance alocada, arrojé agua de un bidón que decía AZT –la primera droga para el SIDA- a la reina del under local, bautizando así lo que desde esa noche sería conocido como “El Che de los Gays”. Un Che desviado e indecoroso que se presentó gritando a los cuatro vientos: “Soy el Che de los gays y me gusta el pico”.

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Hoy, 50 años después de la muerte del Che y a 20 de la emergencia de la loca revolución de un Che marica, el cuerpo del guerrillero latinoamericano continúa provocando interpretaciones culturales diversas. Su loca huella busca unir batallas, entrelazando la homosexualidad con la política y la política con la homosexualidad, problematizando las demandas ciudadanas y los desafíos de nuestros cuerpos violentados por la intolerancia, la discriminación y los estigmas del VIH/SIDA. Mientras el neoliberalismo campante pretende banalizar las utopías revolucionarias del Che, mercantilizando su imagen estampada en poleras y chapitas, las disidentes sexuales de hoy somos (re)creadoras de un Che deseoso, homosexual, lésbico, travesti, seropositivo, mapuche y feminista. Un Che cola que desafía el historial de homofobia e intolerancia del mismo Ernesto Guevara de los años 60. Hablo de un Che nuevo, un Che otro, un Che otra, un Che Checha. Un Che siempre vivo, un Che nunca muerto.