Tarántula Malpaso, 2017, 219 páginas

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En sus interminables giras, en las que solía acompañarse de figuras tutelares de la música folk como Joan Baez, poetas —como Allen Ginsberg— músicos de los más diversos estilos y dramaturgos de la talla de Sam Shepard, está la llave que abre la puerta al particular estatus artístico de Dylan. Si bien es cierto que en momentos puntuales las giras fueron una manera de generar el dinero que necesitaba para cubrir los gastos de un divorcio oneroso, el ánimo detrás de estar siempre dando conciertos, y en pueblos y pequeñas ciudades que ninguna estrella del pop o rock habría pisado en circunstancias normales, era el de llevar su música a todos los rincones del planeta. Como los viejos trovadores, Dylan se va de gira porque, antes que cualquier otra cosa, su oficio se realiza en el contacto con el público. Los largos viajes por el mundo son un estímulo creativo —muchas de sus mejores canciones fueron creadas en la carretera— y un estilo de vida. El exorcismo de Robert Allen Zimmerman, como fuera conocido por unos modestos años en Hibbing, Duluth y Minnesota, necesario para la emergencia del animal demoníaco Bob Dylan, se paga con extensas noches frente a un micrófono, unas veces desaforado, otras en completo control de sí mismo, y aun en otras, ya maduro y algo cansado, inseguro sobre su propia valía, redescubriendo su voz y su talento de la única manera que se le da: cantando, cantando, cantando.

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“Los cantantes folk”, dice Dylan en sus memorias, “eran capaces de expresar en unos pocos versos lo mismo que un libro entero”. Y donde él dice música folk perfectamente podría decir poetas. La poesía despierta epifanías a una velocidad de la que no es capaz la pesada, atolondrada, prosa. En muchas entrevistas Dylan ha querido que se lo considere un poeta; en otras apariciones públicas, sin ir más lejos en su discurso de recepción del nobel, en cambio, insiste que no es posible separar letra y música, que sus canciones fueron concebidas como poesía para ser cantada. Por cierto, tiene, en ambos casos, razón. Llamar poeta al creador de versos como “Escúchame, nena / Hay algo que has de entender / Yo quiero estar contigo /Si tú quieres estar conmigo” (“If You Gotta Go, Go Now”) es cuando menos generoso, como el despistado que confunde a Lucho Jara con Violeta Parra (en defensa de Luisito, no son esas sus ligas, sino las de la canción cebolla). Pero, cómo no llamar poeta a quien escribe “Entre el demente martilleo místico del granizo enfurecido / El cielo maravilló con sus poemas desnudos / Que el son de las campanas aventó con la brisa / Dejando solo las campanas del relámpago y su trueno” (Chimes of Freedom). Es cierto: le dieron el premio por razones cuya legitimidad oscila entre tonta y huevona, quiero decir discutibles. Pero basta una hojeada al monumental “Letras completas” para advertir que Dylan es un poeta arropado por el folk, primero, y por los beats y el surrealismo, en segundo lugar. Sus orígenes como poeta y cantautor no son tan distintos de los de Violeta Parra, aunque en el caso de la genia chilena, ella no tenía a la mano los libros y discos, o la pega hecha por musicólogos como Alan Lomax, uno de los grandes recopiladores de canciones folk norteamericanas.

Crónicas I. Memorias, Malpaso, 2017, 281 páginas

 

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“Tarántula”, libro en el que se pueden leer frases como esta: “Me tuve que dar una bofetada; dijo que estaba loco y mi único pesar era que no podía tirarme un pedo por la boca”, vale decir, frases que cabalgan entre la humorada y el automatismo surrealista. El libro tiene sus momentos, pero, en general, y pese al mucho tiempo que le tomó a Dylan escribirlo, su hermetismo, además de su naturaleza discontinua, sincopada, no hace de él una puerta especialmente cómoda para entrar a su obra, musical, literaria, lo que sea. Como mucho es una ventana con los vidrios empañados.

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Distinto es el caso del fantástico “Crónicas I”. Allí, Dylan narra su ingreso en el mundillo del folk neoyorquino con una simpatía que ni siquiera su mitomanía desatada consigue apolillar. Dylan establece una distancia con sí mismo que coincide o nace de su famosa reticencia a dar pistas sobre su vida privada, y el libro se lee como una especie de objetivación del propio personaje. Como artefacto literario merece mayor atención que la tributaria “Tarántula”, prohijada por la variante surrealista beat (o viceversa). “Crónicas I” comienza y acaba en Nueva York, pasando por Nueva Orleans, Woodstock y su Minnesota natal. Los primeros días en Nueva York (“Invierno en Nueva York / El viento esparce la nieve / Doy vueltas sin rumbo fijo / Se te hielan los huesos / Se me helaron los huesos”), Dylan, convencido de que había oído el llamado de la vocación, seguro de sí mismo, apuesto, como solo logran serlo los muchachos y muchachas que, al pie del cañón, se debaten entre el éxito y el abismo con una mezcla explosiva de despreocupación y valentía, se pasea por una fría Nueva York, sin domicilio fijo, dejándose caer en casas de amigos. La ciudad es el mundo, o bien el mundo que Robert Allen Zimmerman eligió para convertirse, por fin, en Bob Dylan. Allí, al bajo el alero de John Hammond y otros próceres de la industria musical norteamericana de la época, escribió sus primeras canciones, entre ellas la que dedicó a quien era su máxima referencia, una suerte de pequeño dios para el cual había construido un altar: Woody Guthrie (“¡Hey, hey, Woody Guthrie! Te he escrito una canción / Sobre un viejo mundo extraño que no deja de avanzar / Que parece enfermo y está hambriento, cansando, hecho jirones / Que parece morir y apenas ha nacido”). Más adelante, un Dylan ya maduro, teme encontrarse en el ocaso de su talento. No logra escribir letras que lo convenzan; la música tampoco funciona. Las giras se suceden y son tanto una fuente de desconsuelo como la única forma posible de ajustar cuentas con las musas. En esa época, lo visita Bono, el vocalista de U2, quien le recomienda trabajar con su productor musical, que solo graba en Nueva Orleans. El trabajo, desafiante para un Dylan acostumbrado a imponer sus términos en el estudio de grabación, acaba siendo el comienzo de la segunda parte de su carrera, que hoy, dicho sea de paso, se encuentra en su tercer y presumiblemente último momento y halla a Dylan cantando clásicos de la música norteamericana con un encanto y una profundidad extraordinarias: una voz cavernosa que suena quebrada por el paso del tiempo, prácticamente idéntica a las de los boleristas y mariachis descolocados que hacían las rondas por tugurios de mala muerte en distintas zonas de Chile, armados únicamente de voces en las que se puede oír el eco de los muchos sinsabores que fueron acumulando a lo largo de sus vidas.

Bob Dylan. La biografía Howard Sounes, 2016,656 páginas

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Pero, como casi todo quien ha ocupado el lugar que la sociedad asigna a los genios, Dylan no es un sujeto excepcional, sino, más bien, alguien que logró pulsar la cuerda de su época con más tino y fuerza que nadie. H. Sounes, en su biografía (no autorizada, por cierto) de Dylan, parece que para suplir de algún modo la admiración que siente por su objeto, decide hacer una lista exhaustiva de todos los condoros, descortesías, cortes de manga y pesadeces en la vida de Dylan. De semejante enumeración surge una persona de talento que no fue, como era de prever, inmune a los cantos de sirena de la fama y el dinero. En otras palabras, Sounes, como casi todos los pseudoestudiosos de la genialidad, organizan su relato para contraponer a las grandes obras un correlato de desadaptación. Como si el psicoanálisis y sus derivaciones no se hubieran empozado en la cultura como un agua turbia e inamovible. Como sea, gracias a la copiosa información que proporciona del cantautor, la biografía no puede ser desdeñada.

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Aunque parezca insatisfactorio, la obra completa de Dylan –sus canciones-poemas, su libro de memorias y “Tarántula”-, sirve para dimensionar el trabajo del cantautor más estudiado de la historia. Si acaso mereció el nobel o no resulta mucho menos importante que el desplazamiento que realizó la Academia sueca para concederle el premio a Dylan. Parece claro que, una de las instituciones más añosas y tradicionales que hay en el mundo, dio un paso importante, definitivo incluso, al abrir el abanico de lo premiable. Bien vale la pena leer a Dylan, y la obra de quien lo ganó, para orientarse en un futuro en el que lo inesperado, de tanto martillarlo, se convierta en una norma.

Letras completas Malpaso, 2016, 1297 páginas