La crisis que vive hoy la centro izquierda va mucho más allá de su situación electoral. La Nueva Mayoría, o lo que queda de ella, tiene su alma extraviada. Adolece completamente de encanto. A diferencia de lo que alguna vez sucedió con la Concertación, no existe un mundo extra partidario que la sostenga. Sólo se desviven por ella los funcionarios a los que emplea. Su decadencia se huele por todas partes. Y no es, como le gusta decir a algunos demócratas cristianos, que haya girado a la izquierda, porque la verdad es que da vueltas en círculo. Si al comenzar esta campaña presidencial sus candidatos pensaron que renegando del gobierno de Bachelet obtendrían más votos, al poco andar cayeron en la cuenta de que –bueno, regular o malo- era lo único que tenían. El mayor capital político de ese conglomerado fantasmal se llama Michelle Bachelet. Y, por cierto, no basta. “Legado” es lo que dejan los muertos al partir.
Con la aparición del Frente Amplio irrumpió una generación joven, pero no una izquierda nueva. Si la Concertación se pensó y fundó sobre las ruinas de la Revolución – de la UP, del Muro de Berlín y de la URSS -, es decir, al alero de “la medida de lo posible”, el frenteamplismo lo hizo al calor de las marchas y las asambleas, o sea, bajo el embrujo de los deseos redentores. Lo que para sus antecesores había sido un aprendizaje, ellos lo vieron como traición, y volvieron a cantar “Venceremos”.
Ni los unos ni los otros le están hablando al Chile actual. “El Pueblo Unido” que se supone que jamás sería vencido ahora es una clase media desmembrada. No está en las peñas ni hace flamear banderas, y se reúne más en los malls que en los sindicatos. El drama de los rezagados ya no es el hambre, sino las drogas. Pero la flojera intelectual de la izquierda le ha impedido asumir que su público ya no es el mismo, porque si lo hiciera tendría que repensarse. Por estos días sus discursos parecen vacíos: la Nueva Mayoría recurre al miedo a Piñera, mientras el Frente Amplio se llena la boca con frases hechas rescatadas del baúl de los recuerdos.
La tarea que a la centro izquierda le viene por delante es ardua y compleja. Se trata, ni más ni menos, que de volver a formular su razón de ser en un tiempo donde la comunidad ha perdido mucha fuerza frente al individuo. Yo intuyo que hoy su misión es conseguir una democracia que distribuya el poder lo más igualitariamente posible. Obviamente, la respuesta ya no es el socialismo. Hay que volver a reflexionar con libertad, sin ataduras, sin complejos. Como decía Octavio Paz, las preguntas permanecen, pero las respuestas no. La recomposición del progresismo en los años venideros no la conseguirán las actuales directivas partidarias. Al menos en un primer momento, debieran llevarla a cabo miembros del mundo de la cultura. Volver a mirar con ojos limpios la realidad que nos rodea. Gastar muchas horas en conversaciones peregrinas, pasando por alto los actuales litigios e intereses de los partidos. Después, rebarajar el naipe. Y sólo entonces volver a gobernar. Mientras tanto, será responsabilidad de los parlamentarios electos y los ciudadanos atentos procurar que la derecha no desande lo avanzado.