-Este es el José. No era feo, era bastante buenmozo, ¿ven?- les dice animadamente Lilian a un grupo de jóvenes que se han reunido para prenderle velitas al Divino Anticristo que acaba de morir.

“Era bastante mino, se las traía el Divino”, agrega una joven que se suma a la improvisada conversación. Están en la misma esquina, en Rosal con Lastarria, donde él se instalaba hace más de dos décadas a vender sus escriturísimas.

Lilian, entusiasmada, le muestra otra foto que guarda en su celular. En ella, José Pizarro Caravantes posa a la orilla del mar con short y polera, luciendo una frondosa cabellera y barba. Parece otra persona. No el vagabundo que saltó a la fama, a mediados del 2000, por vestir de mujer, usar pañuelo en la cabeza y decir que se llamaba Isabelísima. Nadie lo puede creer.

Ella termina confesando con orgullo que fue su expolola y que se quisieron mucho. Y que está ahí para que conozcan al hombre antes de convertirse en el Divino Anticristo y, lo más importante, para que todo el mundo sepa que tuvo una vida bastante normal antes de volverse loco. Esa fue la misión que se propuso esa noche, cuando vio en los noticiarios al hombre que la enamoró antes de cumplir 20 años. Las imágenes no le habían gustado y quería hacerle justicia a su ex amor. “Lo muestran feo, gordo, cochino, con esa cosa ridícula en la cabeza. No, nada que ver al recuerdo que tengo”, se lamentaba. Por eso, cuando supo de su fallecimiento, no lo pensó dos veces y desempolvó un viejo álbum en el que guardaba fotos de cuando habían sido pareja y se las llevó a la velatón en el Barrio Lastarria.

EL AMOR

Lilian conoció a José Pizarro Caravantes cuando tenía 19 años en 1979. Ella se había matriculado en el Taller de Computación en el Instituto de Contabilidad y Técnica Comercial de Chile que quedaba en la calle Santo Domingo 1030. “Era la carrera del futuro. Te enseñaban puras cosas que vistas hoy parecen de arqueología. Uno aprendía a usar impresoras e instalar cintas en unos computadores gigantes IBM”. Las clases las impartía el mismísimo Divino Anticristo. Él venía haciendo ese curso desde hace años con mucho éxito. La mayoría de los egresados terminaba trabajando en empresas dedicadas al rubro de la computación. Él había llegado ahí por su padre, Ricardo Pizarro Parra, quien era dueño del establecimiento. “José era un profesor brillante. Enseñaba muy bien. Tenía harta pedagogía”, recuerda Lilian.

La química entre ambos no se dio de inmediato. Ella, al principio, no le había echado el ojo. “Nunca pensé que podría pinchar con un profesor o que él se fijara en mí”. Hasta que vino la fiesta de cierre del taller. Los alumnos lo invitaron por haber sido un buen profesor. Todos llegaron acompañados de sus parejas, menos Lilian y José. Cuando la celebración estaba en su mejor momento, y la mayoría bailaba, ella quedó en un rincón sin que nadie la pescara. “Una compañera me empezó a molestar: ‘Ay, estai sola, nadie te infla’”.

Ahí recién el profesor se fijó en ella y se acercó a conversarle. “Me sacó a bailar para que no se rieran los demás”. Se cayeron bien de inmediato. Cuando terminó la fiesta, él quiso seguir viéndola y la dejó invitada a un café durante la misma semana. Recién ahí ella lo vio con otros ojos: “Era encantador. Un caballero, un galancete, y muy bien vestido. Usaba chaquetas hermosas y bluyines a la moda. Se veía lindo. Tenía buena presencia. Lo miré físicamente y lo encontré muy encachado. El José se defendía muy bien, las mujeres lo miraban harto, tenía arrastre. Era alto, como a mí me gustan, y rubiecito. Tenía unos rulos hermosos. Ahí me terminé de enamorar. Yo estaba fascinada”. Tras la fiesta, a la semana ya estaban juntos. El amor surgió de inmediato y se volvieron inseparables.

Con José empezaron a verse casi todos los días. Por las noches, les gustaba ir a tomar un traguito al State House, un buffet que quedaba en Huérfanos con Ahumada. “Yo era de tragos dulces, como la piña colada, y él de tragos fuertes”. O, cuando tenían que almorzar, iban a su local favorito: “Los Pollitos Dicen” que hace pocos meses se había inaugurado. “A mí me encantaba que fuese un hombre sin vicios. No era alcohólico ni se drogaba. Solo fumaba. Le encantaban los cigarros Advance y Viceroy”.

A la pareja le gustaba salir de paseo para estar en contacto con la naturaleza. Hicieron viajes en bus a Baños Morales, Quintero y Los Andes, donde él quedó alucinado con el paisaje. “Yo encontré que hacía mucho calor, pero él estaba encantado”. Las fotos de esos viajes, son las que ella atesora hoy. A José le encantaba sacarle fotos con una camarita, sin que ella se diera cuenta, para luego sorprenderla. “Era muy especial. Era muy bueno como pololo”, dice. Ella todavía guarda algunas diapositivas de esas fotos en una cajita.

Durante el tiempo que fueron pololos, José dedicaba sus tiempos libres a investigar temas relacionados con la computación. Lilian varias veces lo acompañó a la biblioteca a revisar libros. Pasaban tardes enteras ahí. “Él era muy inteligente. Me acuerdo que siempre me decía que en el futuro la gente se iba a comunicar con aparatos chiquititos, del porte de la palma de la mano. Ahí, me decía, nos vamos a poder hablar, hacer cálculos matemáticos y ver fotografías. Tenía razón. Cuando aparecieron los celulares inteligentes me acordé inmediatamente de él”, cuenta.

Otro de sus temas favoritos de conversación era la astronomía. “Me decía que el tiempo y el espacio no existían. Y estaba obsesionado con que habían planetas paralelos igual que el nuestro donde había una copia nuestra haciendo lo mismo que nosotros en la tierra. Yo lo escuchaba nomás, no le decía nada. Era bien tonta”, dice. Con José, ella empezó a desarrollar un inusitado amor por la lectura. “Yo había quedado lateada en el colegio cuando me hicieron leer El Quijote de la Mancha y el Lazarillo de Tormes, pero él me empezó a regalar libros interesantísimos. Recuerdo que el primero que me dio fue Orgullo y Prejuicio de la Jane Austin. Y luego Mujercitas para que me motivara a leer más. Eso se lo agradezco hasta hoy”.

Cada día que pasaba, la relación fue adquiriendo más seriedad y, cuando llevaban dos años, pensaron en formalizarla. “Incluso, hablamos de matrimonio. Hicimos planes. Yo estaba muy enamorada, y él también”. Él se había divorciado recientemente de la mamá de su único hijo, Ricardo, que en ese entonces tenía ocho años. Era libre de comenzar una relación seria. Lilian también. Ella lo instó a comprarse una vivienda de dos pisos en la rotonda Quilín que tenía en venta una tía. Se proyectaban viviendo ahí. Pero, al poco tiempo, comenzaron a aflorar los primeros problemas de personalidad de su pololo.

EL FIN

A la casa que compró José había que hacerle muchos arreglos. Pero él la dejó tal como estaba. Nunca le hizo nada. Ni siquiera le compró un mueble. “Con suerte una cama. No tenía lámparas. Llegaba solo a dormir”, dice Lilian. Ella solía quedarse con él. “Pero terminábamos peleando, porque él leía toda la noche El Mercurio, no apagaba nunca la luz y yo lo único que quería era dormir. Eso me empezó a cansar. Porque no era una cosa de un día, sino que de todas las noches. Su inteligencia me terminó aburriendo”, reconoce. Pero esa no fue la razón para que el amor muriera y todo se fuera a la punta del cerro.

José empezó a comportarse de manera extraña y violenta. Cuando iban a visitar a los padres de él, se enfrascaba en discusiones interminables con su madre. “Era insoportable. Yo le decía que si la próxima vez se ponía a pelear, terminaría con él. Me hacía caso, pero después de pegarle por debajo de la mesa, no era la idea llegar a eso”, dice. Luego le dio con ella. La dejaba en ridículo frente a amistades. O le decía pesadeces. “Me decía que cuando yo fuera una vieja fea, él sería famoso y andaría en un descapotable con dos mujeres hermosas al lado. Eso a cualquier chica de veinte años, la deja mal y se chorea”.

Lilian nunca sospechó que tras esos comportamientos se escondía los primeros indicios de una esquizofrenia paranoide crónica no diagnosticada. Una enfermedad que habría comenzado, creen sus cercanos, después del Golpe Militar cuando estudiaba Literatura en la Universidad Católica de Valparaíso y comenzó a obsesionarse con ciertos temas. Pero para ella, y sus familiares, ese diagnóstico aún estaba lejos. José era visto como una persona que a veces decía cosas muy hirientes, pero que era aparentemente normal. “Para mí, era un tipo que empezó a ponerse ofensivo, que me decía cosas bien feas, pero en ningún caso que estaba loco”. Ahora, con el tiempo, ella le da otra interpretación al destino: “Si yo hubiera sabido que tenía esa enfermedad, lo ayudo en todo lo posible. Pero en esos años nadie hablaba de las enfermedades mentales. Era un tema desconocido”. Y luego acota: “José era bien llevado a su idea y se mandaba solo. Tendríamos que haberlo obligado prácticamente. Pero hubiese estado dispuesta”.

A medida que avanzaba la enfermedad, la relación se fue volviendo cada vez más insostenible de llevar. “Su forma de ser me tenía hasta la coronilla. A mí me daba pena, porque lo quería mucho, pero no podía seguir con alguien que no me trataba bien”, recuerda Lilian. Cuando iban a cumplir tres años juntos, en febrero de 1981, ella decidió ponerle fin al pololeo. José se lo tomó mal al principio y le rogó que volvieran. Ella no quería nada con él. Como ella no lo pescaba, él la iba a esperar a su casa y se quedaba largas horas haciéndole guardia hasta que llegara. “Yo terminaba cediendo porque me daba pena, pero rápidamente lo dejaba de lado”, dice.

Una vez, incluso, él se enteró que ella viajaba a Quintero y llegó de sorpresa al terminal de buses. Lilian, por el cariño que le tenía, terminó invitándolo. “Fue difícil darle el corte definitivo”, reconoce. Tendría que conocer a otra pareja para que él se diera por vencido. Cuando se enteró de la nueva relación de Lilian, él le entregó un libro de regalo. Era Anna Karenina de Tolstoi, uno de sus escritores rusos favoritos, que venía con una dedicatoria suya. Es el último escrito de José Pizarro antes de convertirse en el Divino Anticristo:

“Aprendí que una cosa chica que habla y habla puede hacer daño a una cosa barbuda de 87 kilos. Aprendí que no es ridículo estar enamorado, sino que es rico.
Aprendí que chao.
Recuérdame con cariño, José”.

EL DIVINO ANTICRISTO

Tras el quiebre amoroso, Lilian no tuvo noticia de José durante el tiempo que estuvo con su nuevo pololo. Cuatro años después, en 1985, iba caminando por Rosas con su mamá cuando la pareja se encuentra nuevamente. La impresión de Lilian fue tremenda. José estaba leyendo los titulares de los diarios afuera de un kiosco. Pero parecía otra persona. Poco quedaba del hombre del que se había enamorado. José había comenzado a vivir en la calle.

-Andaba como un vagabundo cualquiera, desaseado, pero seguía siendo de alguna manera él: tenía su pelito largo pero cochino- recuerda.

Esa vez José se presentó como el Divino Anticristo que tenía una misión en la calle. Según él, la vida en una casa no correspondía a un ser divinísimo. “Ahí me terminé dando cuenta que tenía una enfermedad mental”. Esa vez él le contó que el instituto de su padre se había quemado y que necesitaba guardar urgente unos muebles ante un posible derrumbe del edificio. Su exsuegra le ofreció su casa y a los días llegó con dos camiones cargados con mobiliario educacional. Todos los fines de semana aparecía en su casa. Sacaba algunos muebles y los iba a vender a una feria cercana a Santa Rosa. Fue en ese tiempo que el Divino comenzó a escribir sus revistas que vendía en la calle.

-Ya estaba escribiendo con los ísimos: divinísimo, tipiquísima, señorísima. Eran divertidos, puras cabezas de pescado, pero sin ni un garabato ni nada cochino relacionado al sexo, como terminó escribiendo después, cosa que me llamaba la atención, porque el José mientras estuvo conmigo, era una persona correcta- agrega Lilian.

A veces José llegaba a dormir a su casa. La mamá de Lilian le lavaba la ropa y le daba comida. A primera hora él partía a la calle nuevamente. Durante varios meses tuvo esa misma rutina. Lo dejaron de ver cuando empezó a llegar con otro vagabundo. Ahí le dieron la cortada definitiva. El Divino entendió y no volvió más.

Pasaron los años, sin que supiera noticias suyas, hasta que lo pilló nuevamente en el centro. Fue a principio de los años 90 y el Divino se había empezado a vestir de señora, con una falda a la rodilla y un pañuelo en la cabeza. “Yo le dije José por qué andas vestido así y me respondió ‘yo soy hombre y mujer a la vez, los dos sexos’. Y se fue”. Cuando se lo encontraba, era imposible entablar un diálogo cuerdo con él. La enfermedad se le había desatado completamente. “Me daba mucha pena verlo así. En ese momento, se debería haber internado y no después, pero él desaparecía siempre”, explica Lilian.

Aunque perdió el contacto con él, siempre estuvo informada de sus andanzas. Su hermano le llevaba noticias o leía la prensa que se había interesado en él como personaje emblemático del barrio Lastarria. Fue así que se enteró que lo habían internado, en el 2006, en la Clínica Psiquiátrica Normita Fournet y de la campaña ciudadana para liberarlo. “Ya era tarde para internarlo, no tenía sentido tenerlo encerrado”. Tiempo después, ella se armó de valor y lo fue a visitar.

Dos veces se acercó a hablarle. La última vez que lo vio fue hace dos meses en Lastarria. José iba llegando con su carrito a Lastarria. Ella esperó que instalara su puesto y se acercó a hablarle. “Tenía miedo que me reconociera y me dijera “puta, qué estai vieja y fea”, pero ni me miró. Le pregunté por sus familiares y me respondió con una sarta de insultos. Me di cuenta que era imposible seguir hablando, me dio mucha pena y me fui. Ni se despidió”.

Cuando supo de la muerte de José, Lilian averiguó de sus funerales y llegó a despedirlo. En el Cementerio General se reencontró con la hermana del Divino que aún la recordaba. Compartieron experiencias y anécdotas en torno a José. A ella le hubiese gustado ser parte del ritual de vestirlo antes que lo metieran a la urna. Pero no fue posible. Personal del SML se encargó de hacerlo. Cuando estaban a punto de enterrarlo, ella se acercó al féretro para el último adiós. Levantó la tapa y pudo ver el rostro del Divino. Se alegró de que estuviera limpiecito y que tuviera una sonrisa de tranquilidad. “Está descansando en paz, finalmente. Siempre pensé que iba a morir antes. Porque era delicado para estar en la calle. Era friolento, delicado con su persona, demostró ser un hombre recio”, explica.

El Divino, en rigor, se fue como un hombre sano. Cuando le hicieron la autopsia, no le encontraron ninguna cosa. No tenía signos de cáncer ni nada a la cabeza. Se murió por una hemorragia estomacal repentina, tras sufrir tres días en su refugio en el patio del Centro del Cáncer en Marcoleta.
Lo único que lamentaba Lilian era que su ex amor no la recordara antes de morir y que no la haya reconocido cuando lo fue a visitar las últimas veces. Pero el Divino movió sus hilos desde el más allá. O eso, al menos, cree ella. Poco antes del funeral, Lilian recibió de regalo un ejemplar de la revista América Alemana del Divino Anticristo. Cuando se sentó a leerlo, se dio cuenta que se trataba de un sueño que había tenido con ella, en 2013, y que dejó plasmado en su Octavo Libro de los Sueños:

“Soñé que estaba con Lilian V. en la cama de un hotel de Viña del Mar conversando sobre un problema grave que ella no tenía donde vivir por eso quería casarse conmigo lo cual era imposible porque ella estaba enamorada de un actor de teatro héctor noggera de santiago de chile y eso a mí no me gustaba para nada porque ella tenía que quererme a mí solamente…Yo te deseo un buen augurio pero nosotros no podemos casarnos porque el matrimonio será abolido luego el 2014 por ahí”.

Ella, ahora con el texto en sus manos, reflexiona: “Quedé marcando ocupado con el escrito. Yo creo que fue su última jugarreta. La última obra del Divino Anticristo, casi como diciéndome desde el más allá: igual te recordaba cosa chica loca”.