“Transmigración” tiene esa energía experimental tan propia de los primeros años 80, muy despierta pero a la vez espesa, como buscando adentro de una caja negra.
–Sí, tiene mucho de ese momento, en que los escritores más significativos –partiendo por Lihn, que de los mayores era el más presente– transmitían en esa frecuencia: la necesidad de intervenir el código, el estatus formal del poema, para que un texto fuera realmente literario. Rodrigo Lira o Juan Luis Martínez hacían un trabajo extremo en ese sentido, pero también hay rasgos de eso en Maquieira, Zurita, Gonzalo Muñoz, Bertoni, Pohlhammer, Bruno Vidal… Había una gran variedad de registros, pero siempre la poesía apuntaba hacia esa vuelta de tuerca. La poesía lírica convencional era muy despreciada, era motivo de risa. Injustamente, claro.

Y esas ganas de abrir el lenguaje por el lado oscuro, desde una cierta incomodidad, ¿tenían algo que ver con la época?
–Era una inflexión literaria de la mirada sobre el mundo, sí. Yo tenía 19 años, pero estaba convencido de que la cosa era un poco oscura, turbia, esa incomodidad existía. Y trataba de desentrañar señales de eso en la ciudad, me intrigaban las catacumbas sacramentinas, percibía ese tipo de signos en el ambiente. Y cuando leía el diario o veía las noticias, también pretendía descifrar cosas vinculadas a esa oscuridad, lo que no era muy difícil porque el Canal 7 mostraba los allanamientos con música de Wagner. Estaba lleno de personajes lúgubres, siniestrones. En “Sussi”, la película de Justiniano, hay una especie de animador de boîte que me retrotrae a esos años: esa amabilidad ambigua, amenazante, era lo que yo percibía como espíritu del momento.

Uno se imagina una vida muy gris: plena dictadura, tú estudiando en la U. de Chile controlada por los milicos. ¿Era tan gris?
–¿Sabes qué? No. Hubo años posteriores más grises, pero el Chile de comienzos de los 80 no era tan gris. Lo que pasa es que la normalidad de la vida es una superficie muy flexible, se adapta a casi todo, y la vida de esos años había alcanzado una tremenda normalidad. De repente veías cosas espantosas, pero todo el mundo sobrevivía. Y las mañanas eran radiantes, la primavera linda, todo eso seguía pasando. Me acuerdo que el año 78 me peleé por teléfono con una polola porque era 11 de septiembre y yo le dije “oye, ¡qué lindo está el día!”, comentario que a ella le pareció inaceptable. Pero yo diría que un año mucho más gris fue el 85.

¿Por qué?
–Por el fracaso de las protestas, que habían excitado mucho el ánimo. El país entero se había levantado y uno decía “aquí va a pasar algo”, pero el gobierno lo neutralizó. Y detrás de eso vino el terremoto, la virgen de Villa Alemana, los degollados, una secuencia de eventos depresivos. Más que gris, el 85 fue un año amarillento, tenebroso-amarillento.

Pero en general, el Santiago que muestras en el libro no es muy luminoso. Por ejemplo: “Qué es la juventud sino una rosa pisoteada junto a las cajas ídem en el suelo del Paseo Ahumada”.
–Claro, pero eso tiene una referencia específica. Ese año yo pololeaba con una niña que vivía en el centro, en Rosas con Santo Domingo. Entonces me metí muchas veces por el Paseo Ahumada, que era un lugar significativo de la dictadura porque el año 77 lo habían convertido en paseo peatonal. Pero eso también lo transformó en un resumidero de gente extraña, perdida, y de huevones enfermos del chape que hacían unos espectáculos muy grotescos.

¿De qué tipo?
–Por ejemplo, había un gordo rarísimo que tenía un retraso mental y contaba historias homosexuales. “Anoche me acosté con un rubio estupendo, de dos metros, ojos azules”, cosas así. Había una vieja que también hacía chistes lascivos y les agarraba el paquete a los espectadores. Había una locura, una cosa como preartística. Estaba el Hombre Goma, uff…

¿Quién era ese?
–El Hombre Goma era un lisiado que tenía las piernas de lana y era un huevón muy perverso. Insultaba al público, era muy violento, y también simulaba actos sexuales. Se ponía en cuatro patas y el Pera de Candado, que era su ayudante, empezaba a chiflárselo. ¡Esto en el Paseo Ahumada! No, claramente había en la realidad un ingrediente lúgubre, cosas de procedencia oscura, entre desesperadas y primitivas. Había unos faquires comiendo clavos, tubos fluorescentes… ¡no, huevón!

¿A ese nivel?
–Y yo no soy muy exagerado, porque detesto las mitificaciones históricas. Pero mira, hay un episodio que siempre vinculo a la atmósfera de este libro. Una misma noche, en unas andanzas con mi amigo Alfredo Kirkwood, nos pasaron tres cosas. Primero, pasamos muy tarde frente al cuartel de Investigaciones y en la puerta de la cárcel, que estaba al frente, una señora había puesto una mesa con un mantel y unos panes. Y estaba ejecutando una danza alrededor de la mesa, gritándole cosas a los tiras, parece que respecto de alguna injusticia. Ese espectáculo, tipo dos y media de la mañana, en invierno, era más extraño que la chucha. Después estábamos en un boliche, cerca de la Estación Mapocho, y en la vereda un tipo le reventó el ojo a otro de un cuchillazo. Y muy orgulloso, entró al bar con el pecho parado y pidió un vaso de vino. Salimos todos arrancando y el huevón se quedó solo en el bar, mientras el otro seguía botado en la vereda. Y después, yéndonos de ahí, escuchamos que había música en un lugar que era el Sindicato de Comerciantes Ciegos. Trepamos unas rejas para asomarnos por una ventanita y era una fiesta de ciegos, todos bailando, con un viejo que tocaba piano. Esas tres escenas en una misma noche… O sea, había un desquiciamiento.

ROMÁNTICOS Y CABEZONES

El tema central de “Transmigración” es la imposibilidad del amor. Tan joven y haciendo esas constataciones…
–Pero claro, si esa es la edad del arrebato romántico. Y yo creo haberme tragado mucha paparrucha de ese tipo: la mujer fatal del romanticismo, la mujer ángel, la mujer demonio, todas esas me parecían realidades constatables. Cuando pendejo uno siempre piensa que está protagonizando algo más importante que la uniformidad habitual de la vida. En esos años me veo llamando desde una fuente de soda, casi como consultando mi destino a un teléfono que no me contestaba. Tenía esa autoimagen romanticona, digamos.

Con ese fatalismo de que a uno lo persigue “esta lluvia que anda tras de la gente perdida”.
–Que también es el romanticismo de las huidas, ¿no? Esas cosas que uno hace cuando pendejo de quedarse clandestinamente en una casa y arrancar al amanecer, arrancando de la lluvia que ya viene, todo ese tipo de secuencias. Pero esa “gente perdida” es la “perduta gente” del Infierno de Dante. Porque otra condición de esa edad es que tú absorbes todo lo que ande volando, y ese año yo hice un curso de “La divina comedia”. Y un día de invierno estaba en esa clase, ya era de noche, éramos seis o siete alrededor de una mesa, y de repente el techo se empezó a agrietar, a romper. Y huevón, empezaron caer sobre la mesa puñados de gusanos. La profesora quedó estampada en la muralla. Y yo pensaba “por qué pasan estas cosas, gusanos cayendo del techo mientras vemos el Infierno de Dante”. Todas esas cosas me parecían mensajes.

Parece que ustedes, en ese momento, buscaban un camino personal entre la sordidez colectiva, mientras ahora los escritores jóvenes buscan pertenencias colectivas entre tanto individualismo.
–Absolutamente. Ahora la dinámica apunta a constituir un nosotros y en ese tiempo era todo lo contrario, el yo. Había alianzas estratégicas con otros, pero primaba la obra individual y uno no se quería parecer a nada, no sé por qué. Entonces la pertenencia social podía ser relevante en la vida misma, pero nadie pretendía que eso se tradujera en un texto. Eso era más propio de la narrativa.

Un personaje importante de esa escena fue Rodrigo Lira, al que fuiste bien cercano.

–Sí, aunque yo era mucho más chico. Tenía 19 años y él 32. A mí me costaba opinar ante Lira, pensaba que me iba a equivocar.

¿Por qué?
–Porque era muy pendejo y él era muy racional, muy analítico.

Y tenía eso de darle vueltas al lenguaje todo el rato.
–Todo el rato estaba en eso, sí. Y los textos serios, retóricos, le daban mucha risa. Un día nos juntamos en su casa a estudiar un texto de Martinet sobre el lenguaje de las abejas, porque éramos compañeros en cursos de lingüística que a él le quedaban rezagados. Pero nos pusimos a fumar pitos y fue imposible estudiar por los ataques de risa que a él le producía ese texto, por la forma en que estaba escrito. Ahora, yo creo que dimensioné la figura de Lira después de su muerte. El año 83, estando de vacaciones en Puerto Montt, de repente vi una hoja de diario metida en un charco. Y en esa hoja había una foto de Lira, cosa insólita por sí sola pero además porque ese medio literario no trascendía casi nunca a la prensa. Ahí recién me di cuenta de que Lira había llegado a otro lado.

En tus libros posteriores ya no queda rastro de tu paso por la academia. ¿Crees que ese impulso experimental de los 80 se saturó cuando llegó el aparataje conceptual de la filosofía francesa y la academia gringa?
–Yo diría que todo ese sustento teórico estaba en su justo equilibrio en esos años. Había densidad pero a la vez desorden, entusiasmo. Aunque también existía esa cultura de choque, muy de los 70, de hacerse mierda, de destruir intelectualmente a otro en público. Lihn iba todos los días con la guata apretada al Departamento de Estudios Humanísticos, porque las rivalidades intelectuales eran terribles. Me acuerdo que una vez fui al estreno de una película de Ignacio Aliaga, “¿Quién es el loco chorito?”, y había un grupo de teóricos de la U. de Chile muy pesados que se llamaba Cine Qua Non. Se distribuían en distintos puntos de la sala y cuando llegaba el momento de las preguntas, del debate, empezaban a dar como caja. De repente Aliaga dijo “yo no entiendo por qué ahora no se puede contar una historia, nomás”. Y uno que estaba atrás dijo “pucha, no entiende el tontito”. El que tenía un lugar propio, pese a su aparente anacronismo, era Adolfo Couve.

Lo respetaban igual.
–Sí, por ser tan peculiar y por tener su propio esquema teórico tan acendrado. Lihn, eso sí, dijo una vez “qué gracia tiene pintar y contar historias como en el siglo XIX, la literatura es más que eso”. Y yo defendí a Couve, tuvimos una pequeña discusión, pero Lihn no le encontraba ninguna gracia. Y después Couve me decía: “Oye, ¿Lihn será buen poeta? No sé, ¿ah? Puede que no…”. ¡Ja, ja, ja! Pero sí, con el tiempo se produjo una exacerbación de lecturas teóricas, estructuralistas, postestructuralistas, y esa exacerbación ya te permite justificar cualquier cosa. Yo tiro un escupo en la mesa y armo con eso un modelo simbólico.

¿Tú alcanzaste a ser un literato cabezón?
–Un poco, sí. Justificaba las cosas en esos términos, escribí sobre artistas visuales… Pero hacia fines de los 80 me vino una asfixia de lo conceptual y cambié totalmente de orientación, lo que me permitió escribir otro tipo de poesía después de muchos años de sequedad.

¿Desde el 81 no habías escrito nada?
–Había escrito mucho, pero nada que funcionara, nada que se saliera de lo consciente. Sentía la necesidad de algo así como un rito de liberación. Y empecé a escribir unos textos con métrica y rima que no me terminaban de convencer, pero ese mismo impulso rítmico me fue llevando hacia otro lado y de ahí salió después “Melancolía artificial” (1997). Además, en el curso de ese proceso había muerto mi papá, que también es una especie de dejar ir, ¿no? Se muere tu viejo y todo el dolor que hay como que se abre, se abre un campo, porque quedas solo.

TENER RAZÓN

En “Transmigración” decías: “El lenguaje guarda relación con la realidad, ésa es la consigna”. Muy de la época.
–Totalmente, era el tema del momento: el lenguaje como realidad, como acción. Me acuerdo que el año 82 se casaron unos amigos míos y entre la gente estaba Humberto Maturana. Y cuando el juez dijo “los declaro marido y mujer”, Maturana comentó: “El poder performativo del lenguaje: lo que no era, es”. Ja, ja, ja. Andaban todos en esa.

Ahora la consigna “el lenguaje crea realidad” se usa más en discursos políticos.
–Pero en ese tiempo tenía un sello muy crítico del discurso político, de las triquiñuelas del lenguaje político.

Lo curioso es que esa desconfianza terminó mutando en la confianza de que podemos transformar la conciencia colectiva al cambiar ciertas palabras por otras.
–No, ¡esa es una imbecilidad muy grande! Y no se dan cuenta de que la discriminación se adapta a todos los cambios de lenguaje. Siempre pongo el ejemplo de la palabra “sirvienta”, que se usaba desde el siglo XIX y se decidió cambiarla por “empleada doméstica” para darles una dignidad a esas trabajadoras. Pero como cambiaron la pura palabra, “empleada” también se volvió denigrante. Entonces le pusieron “asesora del hogar”, que no resultó porque había que ser muy siútico para decir “asesora del hogar”. Y la otra fue decirles “nana”, una forma más cariñosa, pero a la Anita Tijoux le dicen “cara de nana” y también es un insulto. Y siguen creyendo que prohibiendo palabras van a salvar a la pobre gente… ¡que dejen de huevear y hagan algo por la economía del país! No, los que se atreven a sancionarte mientras estás hablando han sido siempre los peores huevones que hay.

No es una especialidad de estos tiempos.
–Para nada, cambia el discurso nomás. Porque tiene que ver con esa necesidad tan humana de estar uno en lo correcto y sancionar a los demás, que uno ya ha visto en tantos relatos a través del tiempo. Si hay conflicto de por medio, uno siempre construye el relato a favor de sí mismo, atrapado en la necesidad de tener razón.

Y de probar el error del otro. Creo que tú escribiste algo contra los experimentos sociológicos que circulan en internet, para confirmar que la gente es racista o clasista.
–Es que no puede haber nada más tendencioso y repugnante que esos videos. El experimento son ellos mismos, porque es una conducta social basada en la traición. Tengo tantas ganas de tener razón, de que tú seas malo, que te hago caer en un cazabobos para que ejecutes tu asqueroso racismo. El experimento que hizo Stanley Milgram, por ejemplo, es mucho más interesante. ¿Viste la película “El experimento de Milgram”?

No.
–Ahí está contado. Milgram contrata a equis número de personas y les da una instrucción: tienen que irle subiendo el voltaje a un tipo que está en otra pieza y que supuestamente está siendo electrocutado. “Súbalo, súbalo”, les va diciendo. Y de todos los que participaron, sólo uno dijo “sabe que yo no sigo, no me presto pa esta cuestión”. Sólo uno. Y se mandó a cambiar, tampoco fue a ver cómo estaba el electrocutado, que obviamente era un actor. Eso sí es indagar en la psicología humana.

Por lo que venimos hablando, supongo que la extensión de la política hacia zonas cada vez más privadas de la vida no es un fenómeno que te guste mucho.
–No, lo encuentro pésimo. Porque quieren politizar la intimidad, ¡la última huevá que va quedando sin cháchara! El sexo, la afectividad, los últimos reductos. Y con una lectura paranoica que descarta de un plumazo toda la psicología. Dicen mujer-hombre, A y B, pero las parejas no funcionan así. Que vean “Servidumbre humana”, la película basada en la novela de Somerset Maugham: cómo la mina hace mierda al tipo, cómo ejerce ella el poder sin tenerlo en absoluto formalmente. Lo que quiero decir es que en la vida íntima esas polaridades se invierten de muchas maneras, de ida y de vuelta, entonces es muy complejo tratar de normalizarlas políticamente.

El problema de irritarse con el exceso de corrección política es que uno termina sonando medio facho, porque nadie desprecia esos discursos más que los fachos.
–Terminas siendo facho, totalmente. Pero peor sería creer, a estas alturas, que el fascismo puede venir de un solo lado. El fascismo es una condición latente que tenemos todos, y que es muy fácil de despertar. Basta que tú le garantices impunidad a alguien si hace suyo tu discurso y ya tienes un fascista, de derecha, de izquierda, mapuche, lo que sea. ¿De dónde salieron todos los delatores después del Golpe, esos 25 mil civiles ayudando a la dictadura? Era el señor que te cruzabas en la calle, el dueño del kiosco que te vendía los cigarros. Es realmente muy fácil. Cualquier discurso que te ofrezca impunidad para linchar a otro, o para obligarlo a hacer un mea culpa, te puede convertir en facho.

PICADAS Y MATINALES

¿Sigues siendo un santiagólogo retirado?
–Totalmente retirado.

¿Es verdad que ya te llamaban de las radios para pedirte datos de picadas?
–Sí, ese ya fue el colmo. Me llamaron de un programa de Kike Morandé: “Aló, Roberto, quería invitarlo a hablar con don Kike por el asunto de las picadas, porque se dice que usted es un experto en picadas”. ¡No, las odio! Odio esos platos rebosantes, se come mal, se come demasiado. Pero es terrible la cosa del personaje, te genera una presión muy grande. Te marcan con una expectativa como marcan a los bueyes, te queda en el cuero.

Todo el mundo te imagina a esta hora caminando por Matucana, registrando cómo han cambiado las esquinas.
–Y yo me muevo de mi casa hasta aquí, dos cuadras. Bueno, para la Copa América me llamaron de Canal 7. Querían que saliera con Carcuro explicándole cosas de Santiago. ¡Pero si yo no escribo de eso hace muchos años!

Ahora en tus columnas aparecen mucho más la tele, YouTube, incluso los matinales. ¿Te entretienen?
–¿Los matinales? Sí, me engancho. Pero hasta cierta hora, porque después se ponen muy ordinarios. O sea, tienen dos o tres temas de interés al comienzo, pero de repente empiezan con la huevá de los caldos Maggi, esa cosa como pal almuerzo, y ahí ya se pone chacrienta la situación. Medio deprimente.

¿Qué matinal ves?
–El de Chilevisión. Haciendo un promedio de personajes desagradables que hay, me quedo con ese. ¿Te has fijado que en todos los matinales hay un animador que representa la opinión que le quita el interés a los temas? Como el Rafa Araneda: interviene y uno dice “ya, se puso fome la cuestión”. Luego Cárcamo, que lo único que le interesaba del huracán Norma era qué pasaba con los chilenos. ¡Era una obsesión! Marcelo Lagos quería explicar por qué los huracanes se pueden predecir y Cárcamo “sí, por suerte los chilenos en los resorts están muy bien resguardados”. Y en el 7 está el chacotero de Sánchez y en el 9 está Lucho Jara, que no lo puedo ver dos minutos y tiene una obsesión con el baile. Siempre están bailando en el 9, algo les pasa. Y en el 13, obsesión con el informe del tiempo.

¿Sí?
–Ve el 13, están toda la mañana con un cuadro sinóptico hablando de la vaguada costera y que en Chimbarongo se va a nublar durante la tarde.

También has comentado muchos videos de animales.
–Sí, en una época vi hartos, eso lo disfruto mucho. Sobre todo los de felinos, que me producían algo hipnótico, incluso me gustaba verlos sin volumen. No sé, era como mirar el fuego.

¿Hay en tus crónicas un sentimiento chileno que no es del todo captable afuera?
–He tenido pocas posibilidades de testearlo. En Argentina se entienden, por lo menos.

Porque juegas harto con cierta manera absurda de pensar como chileno, con nuestras debilidades de carácter.
–Sí, ahí hay una mini tradición en Chile, ese tema está muy presente en Edwards Bello. Y fíjate que una alumna mía, en un taller de la universidad, escribió un texto que me dejó muy metido. Era sobre un reloj que daba vueltas y unos tipos que pasaban como tratando de evitar el guillotinazo del minutero. Y creí ver ahí algo chileno profundo, un tipo de imaginación chilena que la podía remitir a Juan Emar, a Pepe Edwards, a Enrique Araya, que de repente captaban una distorsión de la realidad y la perseguían. Y le pregunté a esta alumna si ha leído a Juan Emar. “No”, me dijo, “pero vivo en su casa”.

¿Cómo?
–Vivía en Lo Herrera.

Literalmente en su casa.
–Sí. Y parece que el espíritu de este huevón se le había pegado, sin haberlo leído nunca. Tenía esa cosa chilena, un poquito humorística también, que podrías encontrar incluso desde Violeta Quevedo a Marcela Paz. O en Armando Uribe. Son cosas que hubiera entendido altiro mi abuela, sin haber sido una persona muy literaria. Cierto tipo de actitudes, como el niño que camina por la vereda golpeando los fierros de la reja, ta-ta-ta-ta, haciendo una matraca con la reja. Hay algo ahí que reconocemos, y en mis textos se debe evidenciar porque me siento muy chileno.

¿Viviste afuera alguna vez?
–No. Y no podría sentirme de ninguna otra parte, ya a los españoles los veo muy ajenos. O sea, no entiendo cómo tanta gente se está peleando aquí por Cataluña, como si les fuera la vida en ello. Quizás sea una manera de validarse, por el prestigio que te pueda dar estar preocupado de Barcelona. Como cuando hay un atentado en Boston y los periodistas jóvenes hacen gala de su conocimiento de la ciudad: “Lo que pasa es que esto está a tres cuadras de un café muy concurrido, donde va cierto tipo de gente”. Y uno altiro cacha que no están dando información, están haciendo notar que se manejan en Boston.

El otro tema que nunca falta en tus crónicas es la fugacidad del tiempo, o la fuga de la realidad entre el presente y el pasado. ¿Eres un experto en ese tema?
–¡Ja, ja, ja! No demos la lata con esa huevá…

Esa sensación de que la realidad se disuelve sola, ¿te produce más placer o intranquilidad?
–Es que son las dos cosas. Por un lado tiene una cosa abismante, de la que uno se queda prendado en términos hipnóticos. Pero también es una constatación física de que la vida se va, se va nomás. Y como se va cada vez más rápido, nada indica que en el futuro eso vaya a cambiar. Esa aceleración va a ir en aumento, hasta que un día… listo, te pasaste pal otro lado y se acabó. Yo creo que esas sensaciones, esos espejismos, empiezan cuando uno tiene hijos. Ahí se acaba el modelo de progresión en que los años avanzan hacia adelante. En una crónica conté que yo estaba mirando jugar a mi hijo, pero tenía tan encima el momento en que mi padre me miraba jugar a mí, que pensaba que él debió tener muy encima el momento en que su papá lo miraba a él. Entonces era un solo momento superpuesto, como si no hubiera pasado nada entremedio. Y si tú lo miras en la perspectiva del tiempo, para no decir de la eternidad, efectivamente son momentos casi indistinguibles. Mi papá fue niño en los años 30 y yo en los 60, pero si tú piensas en 1630 y 1660, ya son lo mismo. Y el siglo XVII fue recién.

También parece que tus crónicas se impregnan de ese efecto al describirlo. A veces le recomiendo a alguien tu última columna, porque está buena, pero me preguntan de qué se trata y no me acuerdo.
–Y ese es un buen halago, porque yo tampoco me acuerdo. Las escribo y ya pasó, entran al mismo régimen de olvido de la mayoría de las cosas que pasan, como haber tomado el metro a tal hora el jueves pasado. El olvido es muy funcional, sin olvido estaríamos muertos.

¿Pero la función no se está descontrolando? Todo el mundo se anda quejando de su memoria.
–Es que hay demasiados estímulos y esta ciudad es muy estresante. Porque todas las soluciones, en la medida que avanzan, retroceden.

¿En qué sentido?
–Uno vive tratando de mantener la nariz por sobre la línea de flotación, pero siempre vas quedando abajo. O sea, aparecieron los cajeros automáticos y era una gran solución. Pero uno ya cuenta con eso, su energía y su tiempo están determinados por esas posibilidades. Y de repente empiezan a quedarse sin billetes, o la máquina te chupa la tarjeta, y empiezas a meterte en un laberinto. Todas esas figuras arcaicas, el laberinto, la imposibilidad de Odiseo de volver al lugar, el mito de Sísifo, son cosas muy profundas porque se repiten siempre, son la vida diaria. De repente el Redbanc te chupó la tarjeta y te metiste en un laberinto porque tienes que ir a llamar a un teléfono, pero te contesta una grabadora, entonces te vas desviando, no puedes volver ni llegar adonde ibas. La vida siempre tiende a configurarse de esa manera.

A la vez, siempre estás desmintiendo las idealizaciones del pasado.
–Claro, porque es una salida muy fácil: todo lo que no esté al alcance, se idealiza. Además, me di cuenta de que en todos los pasados se ha idealizado el pasado. Ahora hay una reivindicación de un Chile republicano anterior a Pinochet, pero si logras pispar cómo era esa vida, era muy precaria. Había mucha miseria, inflaciones desbocadas, analfabetismo, el doctor Vial trataba de meter la píldora anticonceptiva y los curas no querían, la gente más pobre tenía veinte guaguas en conventillos con piso de barro… Mejoró un poco la cosa, ¿no?

También se escucha decir que los chilenos de esa época eran gente austera, honesta.
–Tal cual. ¿Y de dónde salieron los 25 mil sapos de la DINA? De esa gente austera, honesta, republicana, respetuosa del derecho ajeno… ¡las huevas! Son mentiras, eso es lo que irrita. Mentiras que además las adornan con embelecos del lenguaje.

Pero cuando uno mira fotos viejas, en blanco y negro, es inevitable ver un mundo más inocente.
–Parece una realidad armónica, sí. Pero es una ilusión. Hace algún tiempo circularon unas fotos de Santiago de los años 60 y todos en Facebook comentaban “pucha que era linda esta ciudad”. Pero yo me acuerdo de esos años y el tono de la vida, más allá del paisaje, era muy parecido: el ruido cargante de la micro, el lamento de los viejos de que la frutilla ya no era lo mismo, de que antes con diez pesos uno podía comprar tantas cosas… Y en treinta años más, cuando vean nuestras fotos, van a decir que la vida en el 2017 era un encanto. Yo creo que hay una estructura en el ser humano que nos lleva, como estrategia de sobrevivencia, a generar esa esperanza: hubo un tiempo, hubo una edad de oro, por lo tanto hacia adelante quizás también se pueda. No, es como es nomás.

TRANSMIGRACIÓN
Roberto Merino
Lecturas Ediciones, 2017, 41 páginas