El escándalo de las leches comenzó el año pasado. Seguramente muchos no se enteraron, porque los temas relacionados a la maternidad suelen quedar como un asunto doméstico, guerras entre mamitas, las han titulado. Si el caso hoy toma visibilidad pública, es porque se politiza. En la política chica eso sí: la oposición reclama mala gestión del ministerio de Salud, otros confirman que hay que achicar al Estado, otros que los funcionarios públicos roban. Da lo mismo lo que digan las investigaciones, en estas cosas lo que importa es ratificar la propia posición.

Lo que no se ha politizado es el tema de fondo. La ideología involucrada en este caso. Con las mamitas no se mete nadie. No sé si por oportunismo (que ellas se sigan haciendo cargo de todo) o porque el tema en sí, es poco sexy para quienes no están involucrados.

Resumo: el Minsal elaboró un proyecto piloto para incorporar leches maternizadas al plan nacional de alimentación complementaria. Así, lograr sustituir la famosa leche Purita, no indicada para lactantes, por fórmulas que tienen alto costo, pero que son las adecuadas para bebés que no reciben leche materna. Es decir, se trata de una medida redistributiva. Una maravilla, pero hoy se sabe que el 25% de estas leches se vencieron en la bodega. Merma mayor a lo habitual en un proyecto piloto.

¿Qué pasó entremedio? Seguramente varios cálculos mal hechos que habrá que investigar. Pero hay uno que posiblemente no se esperaban: la resistencia que tuvo este proyecto por parte de equipos de salud y activistas pro lactancia. Quienes leyeron en este proyecto una amenaza a la promoción de la lactancia materna. Aprensiones de las que se pueden extraer un supuesto moral: si las mujeres pueden optar, escogerán “la flojera” de alimentar a sus hijos con una botella de plástico. Fantasma similar a la descriminalización del aborto, donde algunos suponían que entonces a todas nos bajaría una fiebre vaginal. Las mujeres necesitaríamos de un gendarme para ser buenas madres.

Varios centros de salud incluidos en este proyecto, no se subieron o se subieron tarde. Por su parte, apareció una contra campaña viralizada como #Minsalsinnegocio. El “negocio” denunciado se basaba en dos asuntos: uno, que no se licitó a la empresa más barata (ésta postuló mal y se tomó una opción intermedia), y dos, que se habría realizado una compra que superaba a la cantidad de beneficiarias. Este último cálculo, estaba hecho sobre la base de que había dos categorías que se consideraban improcedentes por este movimiento: las madres que declaraban baja producción de leche (criterio, que, como la tercera causal de aborto, podía implicar que las mujeres mintieran), y en segundo lugar, las razones personales para no amamantar. Ambos criterios fueron quitados del protocolo por el Minsal. Olían demasiado a mala madre.

El tema estaba cruzado por un afán moralizante hacia las mujeres. Escuché de varias fuentes, resistencias en los equipos que apelaban al castigo: si una mujer decide no amamantar a su hijo, entonces que reciba leche Purita no más. Paternalismo, que como toda moral se cruza con lo sádico. Se castiga aquí a la madre, quitándole un derecho a su hijo, quien, por cierto, es otro sujeto de derecho.

Hasta ahí el caso.

¿Incompetencia? Eso se lo dejo a la investigación. Es la política chica, el round de turno. Por otro lado, si es mejor la leche materna o la fórmula, se la dejo a los debates de activistas en 140 caracteres. Porque es un falso debate, una polarización de lugares de buenos y malos. Nadie niega los beneficios rotundos de la lactancia materna, pero la complejidad de la vida de una mujer implica que a veces no sea la mejor alternativa. El asunto del cual sí quiero ocuparme, es de cómo cierto bien, se transforma en una ideología, que precisamente por tratarse de algo que “bueno” se torna incuestionable. Y aún más, genera miedo al debate.

Esa fue la torpeza del Minsal, asustarse para no quedar como terroristas de la relación madre hijo, no defendieron su proyecto, como lo hicieron a rajatabla con la ley de aborto. Se enredaron. Hicieron caso a quienes los atacaban, quitaron criterios de entrega, se atrasaron, es muy posible que eso tenga que ver con que se vencieran tantas leches. Incluso, hicieron un estudio fallido para justificar lo que ya sabían, que era mejor la fórmula que la leche Purita (no funcionó, porque incluso las madres de menores recursos, conseguían una leche de mayor calidad a la Purita). Trataron de validar “científicamente” algo que tenía razones políticas, y se les fue en collera.

Respeto mal entendido, cobardía, que evitó un debate. Y que tiene hoy como costo que la opinión pública -obviamente de quienes no son beneficiarios de este proyecto- rechazan la continuación del programa. Indignarse es fácil, más que preguntarse a quien se perjudica con ello.

Por alguna razón la discusión sobre maternidad, crianza y economía femenina no se politiza. Si bien, parte importante de los debates culturales están puestos en poner en cuestión la biopolítica, por ejemplo, los estudios de género; este neodarwinismo de la maternidad, queda relegado a las revistas femeninas. Se habla de una revolución de la crianza, que curiosamente además de las obviedades que plantea con palabras nuevas (colecho: dormir con la guagua; porteo: llevarla apegada al cuerpo; crianza respetuosa: seguir los pasos de estas nuevas enseñanzas), replica los imperativos históricos del rol de la “buena madre”. Son ideas que, al volverse una nueva norma produciendo culpa a quien no calce del todo, conviven perfectamente con lo que una economía requiere de las mujeres: que cada mujer, si es buena, se hará cargo de la reproducción de la especie sin chistar. Buen negocio. Una forma de control amable, porque además se ha construido bajo el aura de que las madres son sagradas. Tentación alta, que lleva a muchas, incluso, a comprar su taller para encontrar a la diosa que lleva dentro, antes que pensar en su jubilación.

Lo cierto, es que históricamente la mujer ha sido afín a la búsqueda de lo sagrado. A algo más allá de las condiciones de la depredación y normas patriarcales. Y que a veces ha sido una amenaza para lo establecido. Parafraseando a Bataille, no por nada la inquisición se deshizo de las brujas y no de las putas. Pero hoy los conjuros parecen de brujas inofensivas, que, aunque se resisten al modelo de consumo, terminan siendo serviles al mercado. Hablo de esa especie de econarcisismo -porque tiene que ver con sentirse bien con uno mismo- que supone que la revolución está en la naturaleza. No cualquiera, sino una idealizada, piadosa y hecha a la medida del hombre.

Pero en el deseo de ser bueno hay engaño. Como los libertadores de los ratones del laboratorio de la Universidad de Chile, quienes tras su acto heroico, no hicieron más que dejar a esas criaturas libradas a su muerte a la vuelta de la esquina. Asimismo, los bien intencionados que defienden el parto sin asistencia, el no uso de vacunas ni anticonceptivos, la crianza que impone a las madres una presencia irrestricta, caen en romanticismos sin responsabilidad política. Que pueden terminar siendo un insulto para quienes padecen realidades precarias, o derechamente una negligencia o incluso un crimen. Ahí donde el parto con dolor es contado como un heroísmo en el primer mundo, para otras es el costo de la falta de asistencia y dignidad en el trato.

Muchas de estas tendencias, no sólo se han vuelto una nueva neurosis (por ejemplo, es bastante común que la madre que intente ser “relajada”, sea la menos), sino que pueden caer en lo grosero, cuando se radicalizan en posturas que generan miedo, cerrando la posibilidad de debates complejos. Como le ocurrió al gobierno con su proyecto de las leches.

La crítica rápida y sensacionalista, hace que se pierdan no sólo unos tarros vencidos, sino que la posibilidad de cuestionar la nueva normatividad de la maternidad. Que está llevando a tantas mujeres a sentirse mal consigo mismas frente a un ideal voraz (esta fue una de las últimas portadas de la revista Time). Reduciendo un proyecto humanista a uno veterinario, quitándole a las mujeres involucradas lo único que nos da humanidad: el espacio para la palabra singular, para la ética que implica siempre una elección.

Un debate serio, más allá de las pequeñeces de la contingencia política y de las falsas dicotomías (las pro y contra lactancia), es del todo necesario. Hablar de la relación mujer y pobreza, para ir más allá de simulacros de “empoderamiento” a las mujeres, pero que no implican ningún poder real.