Hace unos días, a raíz del conflicto entre el Estado español y Cataluña, el escritor Antonio Muñoz Molina, en una columna de El País titulada Francoland, describía las conversaciones con las elites universitarias y periodísticas que, según dice, “prefieren mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre”. En ese mismo texto, atacaba al periodista de The New Yorker, Jon Lee Anderson, quien en una columna anterior condenaba la violencia de la Guardia Civil contra los votantes en Cataluña el 1 de Octubre recién pasado. Según Muñoz Molina, Jon Lee Anderson “miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un cuerpo ‘paramilitar’”. Este comentario hizo explotar todo tipo de ataques y troleos contra Anderson en redes sociales, artículos en su contra y hasta el hackeo de su página en Wikipedia. Pero Jon Lee mantiene una estrecha relación con España desde los quince años. Su abuela, su madre vivieron en ese país y él estuvo más de seis años con su familia en ese lugar, incluso hoy mantiene una casa en Andalucía a donde viaja con frecuencia. Eso, sumado a varios artículos que le ha tocado realizar sobre España a lo largo de los años, como corresponsal de diversos medios norteamericanos.

¿Te sorprendió lo que escribió Muñoz Molina?
-Me sorprendió, porque no sabía de su animadversión en mi contra. No nos conocemos y solo tenía buenas referencias de él como novelista y ensayista. Cuando vi la golpiza de la Guardia Civil contra los votantes de Cataluña quedé consternado, como muchos en el mundo. Ese fue el objeto de mi columna, pero el ataque de Antonio Muñoz, fue por un asunto semántico, el uso de la palabra paramilitary para referirme a la Guardia Civil. En inglés paramilitary no tiene la misma carga que tiene paramilitar en español. Muñoz Molina lo interpreta de manera moderna, es decir, lo entiende en torno a los paramilitares colombianos. Pero en su definición original, quiere decir un cuerpo organizado como una fuerza militar. No tiene carga tendenciosa. Lo tendencioso fue incluirme en un artículo donde hace una suerte de lamento sobre el mundo anglosajón, en que “nadie nos entiende”, pero elude olímpicamente la violencia ocurrida días antes. Y es más, ya que él trajo al tapete en su artículo a Franco, pues sí, hay razones para pensar que España no se ha desligado de su pasado. Hay 119.000 personas en fosas comunes aún en España sin que los busquen. El juez Garzón, que logró la captura de Pinochet y desencadenó el fin de la impunidad en Chile, intentó hacer lo mismo en su propio país y lo defenestraron, los únicos que desentierran con picos y palas las fosas comunes son algunos nietos de los asesinados. He sido crítico de la falta de constatación de su propia historia. Viviendo ahí, es lo que más me inquieta de los españoles, el gran tabú que hay del pacto de olvido que hicieron luego de la muerte de Franco y esta democracia atenuada que no toca el baño de sangre con que nació la dictadura y a través del cual se accedió a la democracia en España. Cómo puede haber una democracia que no mira atrás, que no desentierra a sus muertos. Un país que tiene como único monumento nacional de la Guerra Civil, la tumba de Franco, el que desencadenó la Guerra Civil. A mí me parece escalofriante y repugnante. El único lugar en Europa Occidental donde nazis y fascistas viajan de otras partes de Europa para hacer el saludo nazi es en la tumba de Franco, ahí en las afueras de Madrid. Y la clase política española ha hecho la vista gorda y sobre todo quien gobierna ahora, el Partido Popular. Y no digo que son franquistas. Mariano Rajoy me ha dado varios premios. No soy enemigo de las instituciones del Estado español, de hecho el último premio me lo dio la Reina Letizia. Ha habido un esfuerzo por meterme en un rollo donde soy un supuesto pro secesionista o un inculto gringo. Este ataque que iba más allá de lo aceptable.

¿Qué hay en el fondo de esta reacción tan agresiva?
-Una inseguridad en su democracia. Un país que está seguro de la profundidad y espesor del tejido de su democracia e instituciones no tiene por qué atacar así.

Otra de las críticas que le hacen a tu artículo es que cuando te refieres al referéndum de Cataluña usas “ilegal” con comillas, ahí expresas un punto de vista.
-Sí, el entrecomillado es una manera de poner en entredicho su legalidad, ¿y qué? Sea legal o no, la policía actuó con exceso de fuerza, así lo sostienen Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que no son instituciones subordinadas al independentismo catalán. Una columna de opinión tiene un punto de vista y tengo el derecho de tenerlo. Soy de la opinión que los catalanes debieron haber hecho su referéndum legal.

Si el referéndum hubiese sido legal, y la mayoría hubiese votado por la independencia, ¿habrías estado de acuerdo con la independencia de Cataluña?
-Los sondeos indican que una minoría quería la independencia. Y es posible que si el Estado español no hubiese transitado por este camino de enfrentamiento, obstinación, humillación y violencia, una mayoría habría expresado su voluntad de quedar dentro de España. Pero hay una cuestión política de insistir en ciertos legalismos e ignorar a otros.

¿Por qué crees que tu artículo ha generado este nivel de animadversión?
-No pueden aguantar la crítica, porque creen que cualquier crítica los debilita. Y puedo remitirme al año 98, cuando hice un perfil del rey Juan Carlos, donde, sin buscarlo, escuché susurros de comportamientos cuestionables del Rey y su séquito, como chismes de su vida sentimental fuera del matrimonio y supuestas complicidades con inversionistas en algunas privatizaciones en América Latina. En ese tiempo mucha gente importante me dijo: “nosotros ejercemos autocensura en torno al Rey. Le debemos todo”. Ahí percibí que entre esa generación que había vivido la transición, esa elite política y mediática en España, que estaba muy vinculada entre sí, había una noción de fragilidad de su democracia. Esa sensación de precariedad se ha mantenido hasta hoy. Quizás la explicación sea por la larga recesión o porque los partidos tradicionales no han logrado las mayorías y coexisten con movimientos que no son partidos precisamente de izquierdas o de derechas, como Ciudadanos y Podemos, unidos a un Primer Ministro de parche, como Rajoy. El español es un sistema que sobrevive y da cierta estabilidad, pero que en otros países sería el primer paso a un quiebre. Algo que parece ser una discusión permanente, sin resolución. Son 40 años de la transición, España tuvo la dictadura más larga de la post guerra y fueron el último país fascista. Era el único Estado europeo que en los 70 admiraba a Augusto Pinochet. Entonces ellos tienen que llegar a nuevos acuerdos.

Si pudieras comparar la transición española con la chilena, ¿qué tienen en común?
-No soy experto, pero cuando hice un reportaje de Pinochet, pude confirmar que él estudió la transición española y si Franco hubiese sobrevivido, habría atado más la transición, como lo hizo Pinochet. Yo no digo que el Partido Popular sea la mano del franquismo, pero no se puede negar que su origen está en el post franquismo. El fundador del PP fue ministro de Franco, cuando era joven Rajoy era discípulo de él. Hay cierto continuismo, Rajoy siempre ha tomado posturas conservadoras. A cuarenta años de la dictadura, España coexiste con ciertos tabúes y estos se han convertido en espacios ensombrecidos. No se podía hablar del Rey, hasta que lo encontraron cazando elefantes con una amante, en un avión pagado por un lobbysta árabe. Abdicó, pero todo quedó ahí, no investigaron más.

¿Qué otras zonas oscuras, o de intocables, como la Monarquía, siguen existiendo en España?
-Hace doce o quince años no había nada de la Guerra Civil escrito por un español, todo era de los famosos hispanistas, como Paul Preston, Ian Gibson, Hugh Thomas. Recién con Javier Cercas y otros se comenzó hablar de lo que pasó y a preguntarse dónde están los muertos. En el gobierno de Zapatero se intentó implementar una serie de medidas, como la Ley de Memoria Histórica. Garzón toma la misión de buscar a García Lorca, pero todo termina fondeado con este gobierno, inclusive antes, por la Audiencia Nacional, que es ultra conservadora y parece ser el depositario de los sentimientos más rancios y reaccionarios del país. Y esta es otra de las críticas a España, la poca autonomía del poder judicial con el poder político. A esto se suma una clase mediática subyugada a la clase política. Y en este diferendo con Cataluña no soy el único en percibir la mano del Estado en la cobertura mediática, el Colombian Journal and Review publicó una larga nota sobre el diario El País. Antes de mí, empezaron con John Carlin, columnista de El País por 21 años, quien fue despedido sin explicación. No lo admiten, pero fue después que escribió una nota crítica en el diario The Times de Londres sobre la actuación del Estado español en Cataluña. Otros dos profesionales se retiraron de ese diario acusando la complicidad de la redacción con el gobierno. Y hace poco supe que el editor en jefe de El País publicó una nota con el hallazgo de un coche lleno de armas, vinculando a los catalanistas con la posibilidad de un acto subversivo violento, que aparentemente sería una fake news. Pero de todo esto, hay un silencio absoluto.

¿Hacia donde va el tema de Cataluña?
-Esto va a seguir. Y quizás al final ha sido una movida muy hábil la de Rajoy de llamar a elecciones en diciembre, para que esa “mayoría silenciosa” se exprese pro unión. Cataluña ha estado en crisis durante semanas y me imagino que quieren volver a la normalidad, pero por más que lo resuelvan ahora, este conflicto es algo que va y viene a lo largo de los años. No sé cómo lo van a resolver, pero me quedo con una sensación de disgusto. Hay un sectarismo muy arraigado, una intolerancia y una xenofobia soterrada que me preocupa. Me hace cuestionar lo que siento sobre España. Estoy harto de que me ataquen, siento que es injusto.