Es domingo en Lima. Cielo blanco, mar verde oscuro. Casi todas las tiendas, y restaurantes están cerrados. Es el censo. Los voluntarios recorren las calles para preguntarle a los habitantes de casa a casa si se siente aymara, mestizo, o afrodescendiente. Misteriosamente, entre las alternativas no existe la posibilidad de sentirse descendiente de chinos o japoneses, una de las minorías más numerosas del Perú.

Esta ausencia deja en claro que la intención de la pregunta no es meramente estadística sino que tiene una finalidad plenamente política. No se trata de retratar el país en su diversidad real sino ajustarla a una previamente elegida. El censo aborda esa diversidad desde el lado más incierto. Pregunta por lo que “sientes”. ¿Qué siente el escritor Pablo Shang, que me acompaña en Lima? Es chileno, dice su pasaporte. Escribió una novela sobre la inmigración peruana. Ha elegido por encima de su apellido totalmente español un apellido chino para armonizar con sus ojos rasgados, segura herencia de antepasado indígena. Para complicar todo estudia chino. La identidad de Pablo no es menos compleja que la mía. Sé que soy chileno pero me siento también boliviano, español, mapuche, danés, judío y palestino. Mi dentista descubrió que mi ausencia de caries y el exceso de sarro me convertía en afrodescendiente. La redondez de mi trasero, mi pelo rizado y mi aficción al baile y la ropa de colores brillante confirman esta intuición.

No hay censo que aguante tantas identidades distintas. Lo que el censo del Perú, como el de Chile, quiere conseguir es que elijas una de esas identidades por sobre la otras. Pero a mí me parece que si Chile o el Perú tienen sentido es justamente como una posibilidad de no elegir por ninguna de todas esas identidades. Si algún sentido tienen los Estados naciones democráticos modernos es justamente permitir y fomentar el intercambio de los pueblos, ritos, bailes, cantos. Que en ese intercambio, no siempre justo y pacífico, algo siempre se pierde en la jugada, pero esto no puede impedir del todo el juego, porque “conservar” un idioma es tan absurdo como enyesar una mano para evitar que se llegue a quebrar. El censo no pregunta si te sientes enamorado, solo, feliz, tonto o sabio. El Estado no puede ni debe meterse en los sentimientos. Eso lo hacen las dictaduras totalitarias.

Yo no sé qué me siento, y me parece una falta de respeto que me obliguen un domingo por la mañana a saberlo. Me parece peligroso que mi respuesta alimente cuotas de poder que representantes profesionales de esas identidades puedan usar mañana para conseguir derechos que casi nunca representan al mío. Cuando era niño me enseñaron a cantar con toda la garganta “el pueblo unido jamás será vencido”. Exiliado en Europa esa canción me parecía una triste ironía. Mucho después comprendí que nuestro exilio tenía que ver con la incapacidad de la izquierda para unir del todo al pueblo. No cantábamos “los pueblos unidos jamás serán vencidos” porque negáramos las diferencia entre los mapuches y los chilotes, los chilenos y los uruguayos, los estudiantes y los obreros. No negábamos ninguna de esas identidades, pero sabíamos que si hacíamos énfasis en ellas seríamos invariablemente derrotados por los ricos y poderosos que sabían que un esclavo negro, indio o blanco es siempre un esclavo.

El énfasis en la tribu y sus costumbres, la izquierda ha permitido que la desigualdad económica y social sea como pocas veces en la historia moderna, universal e invencible. A mí me enseñaron que ser de izquierda era justamente luchar contra la desigualdad que hace imposible la democracia. La rebeldía contra el poder o el horror ante la pobreza, solo tienen sentido ante el objetivo central de la izquierda que no es otro que recordarle a los pueblos que son un solo pueblo y que como tal tiene más poder que los pocos dueños de todo. Ser de izquierda no tiene nada que ver con salvar a más niños de la pobreza o conseguir más libertad en el sexo. Revolucionarios, rebeldes y luchadores sociales hay en todos los campos. A la izquierda le interesa hacer verdad la idea de Robespierre que los hombres nacemos todos libres e iguales. Eso llevó a Robespierre, el padre de los derechos humanos, a perseguir idiomas, costumbres y ritos ancestrales.

Sus métodos (la guillotina) nos parecen hoy bárbaros pero no podemos dejar de reconocer que si se quiere abolir la aristocracia en los de arriba, también se debe combatir en los de abajo. Los apellidos, los blasones, las tradiciones, las identidades son incompatibles con la idea de que nacemos libres e iguales, y que alguien debe garantizar el derecho a sentirnos negro, blanco, mujer y niño sin que la ley nos obligue a nada más que ser un ciudadano que vota, paga sus impuestos y cumple la ley.

Todo eso, ya sé, pasado de moda. Este domingo en Lima el Estado está trazando un mapa sentimental del Perú. La sola cursilería de la frase me espanta. Pero quizás esta sea la clave de todo el asunto; el totalitarismo del siglo XX quiso ser macho, guerrero, violento. El del siglo XXI será cursi, confuso, llorón, infantil.