“Después de esta batalla, en la izquierda solo la candidatura de ME-O seguirá en pie”, dice Carlos Peña en una columna que escribe para El Mercurio y en donde explica esa afirmación de la siguiente manera.

Según el rector UDP, hay una cuestión que salta a la vista de cualquier observador. “Una cosa son los atributos del periodista, otros los del político”.

Lo anterior lo elabora Peña a partir del debate televisivo de antenoche y de las afirmaciones tanto de Alejandro Guillier como de Beatriz Sánchez respecto de lo que hacían antes de embarcarse en esta aventura presidencial (figuran en segundo y tercer lugar, respectivamente).

Textualmente propone Carlos Peña que en ambos casos, “al efectuar ese reconocimiento ponen de manifiesto, quizá inconscientemente, un problema que atraviesa sus respectivas candidaturas: las virtudes que ambos exhibieron en su desempeño periodístico -actitud inquisitiva, opinión que parecía imparcial, rostro que procuraba atraer a todas las audiencias- no son virtudes a la hora de la competencia política. Esta última, más que actitud inquisitiva, requiere cierta astuta discreción; en vez de imparcialidad, una actitud partisana; en vez de ser un simple rostro, requiere tener algunas ideas”.

Al respecto, la mirada de Peña es clara: “salvo que Guillier y Sánchez posean a la vez las virtudes del periodista y del político -inquisitivos, y a la vez discretos; imparciales, y al mismo tiempo partisanos, rostro e ideólogo-, no se observa por qué alguien pudo pensar que el éxito que tuvieron en los medios podría traducirse en éxito en la arena política”

Más allá de motivaciones personales, sostenidas en la generosidad o el narcisismo, o en ambas, teoriza el columnista, el punto es “qué pudo ocurrir a esas fuerzas políticas, o a sus dirigentes, para decidir que esas personas podrían ser sus candidatos”.

La respuesta que propone Carlos Peña ante esa interrogantes aparece -según cita- en aquello que planteó alguna vez Max Weber sobre que “en la democracia plebiscitaria, las elecciones serían verdaderos plebiscitos acerca de liderazgos carismáticos”.

“Y ahí quedó plantada la semilla que llevó a erigir periodistas en figuras presidenciales”, resuelve.

Entonces -sintetiza- “esa semilla derivó de una confusión obvia. La confusión entre la popularidad fugaz de los medios y el carisma”.

“El resultado de todo este desaguisado está a la vista (…) Y todo por confundir periodismo con política”, cierra.