Me he estado acostumbrando a comer cochayuyo. Lo compro a buen precio, eso creo, en la calle Bellavista a una señora que lo trae de Laguna Verde. También estoy consumiendo harta quinoa y mucha verdura, como la rúcula, el kale y la mostaza, además de la clásica lechuga y el cilantro, que hacen sistema con el hecho de que soy practicante de yoga, a pesar de los constantes desarreglos y el costo que eso puede llegar a tener en mi perfil cultural.

He descubierto que no es necesario remojar el cochayuyo para cocinarlo y ponerlo en la mesa, basta con humedecerlo un poco, yo incluso lo meto al horno eléctrico para ahorrar gas. Mis hermanitas suelen regalarme los hornos que desechan de sus cocinas. Nada de microondas, jamás. Como vivo solo y abandonado, parte del día la paso entre el trabajo textual, los saludos al sol, cocinando y preocupado del pequeño huerto en macetas y mis pequeños arbolitos que reproduzco. Tengo, también, algunas verduritas, plantitas medicinales y varias cositas más.

Mi otra tarea es mantenerme informado de la basura contingencial, por eso debo escuchar y leer a los comentaristas políticos (comentadores de lo comentable) que son los verdaderos protagonistas del acontecer político. Esa es una tesis que ya hemos ensayado acá en este espacio, por eso no me ha interesado ver a los candidato(a)s, todo esto mientras cocino y ordeno la casa con la radio prendida.

Hay una triada sagrada de la que participan estos analistas, constituida por la academia, la obsesión mediático periodística y su afición diletante (el gusto por el cine y la literatura, sobre todo). Pero con todo lo que les gusta la ficción, nunca aplican sus leyes cuando dan cuenta de los diseños políticos.

Lamentablemente, nuestro sistema político sobredimensiona la importancia de los candidatos y no pone el acento en los proyectos de los grupos clasistas representados en los conglomerados. Es decir, de los candidatos(as) es mejor no hablar, porque ya están hablados.

EL CANDIDATISMO

Mientras escucho en la radio noticias sobre el redondeo, hacia abajo y hacia arriba, y sobre nuevas aristas del milicogate (nunca en democracia se ha habido la voluntad de reestructurar a ese ejército de mierda), hago el recuento de la performance de los actores políticos subidos al escenario de la postulación presidencial. Haciendo un leve catastro, sin dar los nombres de los aspirantes, se trataría de los siguientes:
-El impresentable chavista pelotudo no tiene discurso viable, sólo repetir obviedades del sentido común progresista, con su oferta causera (que hace rato que vale callampa).

-El representante de Pyonyang no debieran estar ahí por un tema de pudor y salud mental, habría que exigir certificación siquiátrica. La arqueología política que representa con tanta soberbia no da ni para chiste, por último que apareciera con el corte de pelo de Kim Jong Un.

-El facho sedicioso defensor de los crímenes de los milicos, es necesario, porque hay un peso institucional que lo respalda, tanto es así que en una de esas vuelven a darse las condiciones y nos meten la bayoneta en la raja de nuevo. O sea, tiene un lugar en la escena, aunque perturbador.

-La croata magallánica esa, tratando de representar ese gesto afirmativo del social cristianismo originario, encantadora por lo deslavada y por su frigidez política, debiera sacar mejor votación de lo que le auguran las manipuladoras encuestas, porque tiene una blancura que le gusta a los cara de chilenos.

-El hijo del guerrillero muerto en combate exhibe una performance mediática hipertrofiada con su manejo de la imagen icónica. Pasó, de una elección a otra, de mijito rico a político ducho y mañoso.

-El locutor engolado tiene el problema de las construcciones políticas improvisadas, centradas en las performances mediáticas mal calculadas. El paquetón radicalucho, bueno para la siesta, no da el tono para ningún relato.

-A la muchacha del pelo corto, que es mi candidata (porque yo soy un militante disciplinado), es obvio que el proceso de construcción de candidatura le quedó grande, porque no estaba preparada para el despliegue, irremediablemente machista, en que se maneja la política, con esa soberbia verbal, descalificadora, reprochadora y resentida que caracteriza la lengua izquierdistosa. Le ha costado mucho dar con el tono del discurso de una izquierda creíble y efectivamente otra.

-Y el gran especulador maldito, ese que hizo quebrar el Banco de Talca, es todo un performista. Un Frankenstein de la cosa pública, el regalón de las encuestas, tratando de ganar antes de la elección, eyaculando precozmente o haciendo economía del deseo político.

EL TECITO

Ahora me preparo un té con jengibre, cúrcuma y el fruto del fisalis, y un concejal amigo me recuerda por whatsapp, que tanto el paquetón, como la rucia patagónica y el conductor de motos de nieve, seguirán en el Congreso después de su paso por la pasarela imaginaria a la Moneda. Trato de dilucidar si el jengibre es un tubérculo o un bulbo.

Y si bien todo indica que el especulador maldito que llevó a la quiebra al Banco de Talca pareciera tener la primera opción, tengo la sensación de que los cara de chilenos son tan buenos para el hueveo que la voluntad de ficción me indica que un sector no menor va a ir a votar en masa en la segunda vuelta para que el especulador ansioso se quede con los crespos hechos, nada más que para experimentar ese placer. Le temo a su derrota a boca de urna, porque el cerderío que lo secunda va a complotar en mala contra la democracia misma.

Ahora, el triunfo del locutor engolado también sería nefasto. No sólo porque legitimaría la corrupción al estilo parrillista de los operadores PPD, socialistas y radicales, sino porque generaría una disputa criminal por la hegemonía de esa empresa mal parida llamada centro político (algunos le llaman centro izquierda).

La estrategia del cochayuyo, como perspectiva política, es precisamente promover nuevos modos de hacer y de hablar de la cosa pública (y privada), y generar prácticas de construcción de mundo que nos permitan enfrentar los duros cambios del entorno natural, nuestra relación con la riqueza y el mercado, y las nuevas situaciones producidas por los reacomodos del poder. Porque la política no la define el voluntarismo de un candidato o de una coalición, sino las condiciones y los modelos de representación social.

Nota: A lo que más le temo es a una derrota humillante (toda una lección) del Frente Amplio, aunque nos lo merecemos por el pelotudismo estratégico de nuestros dirigentes, pero no en este contexto, plis.