Justin Caffier cuenta en una crónica en Vice que inspirado en lo que alguna vez dijo el montañista George Mallory, eso de que al ser humano le viene la necesidad de escalar el Everest y cosas así, es que se impuso su propio monte de 8 mil metros de altura.

“Decidí poner a prueba mi temple practicando la famosa dieta de la abstención, pero no bastaría con quitarme uno o dos malos hábitos. Si este iba a ser mi Everest, tenía que pasar un mes absteniéndome de todos mis vicios”, cuenta Caffier.

Y así fue que durante 30 días se privó de carne, lácteos, gluten, azúcares añadidos, cafeína, alcohol, drogas, sexo y masturbación.

Como para que la cosa no fuera lanzarse a ciegas, zambullirse en un mar oscuro, plagado de estas criaturas que sólo es posible ver en la tinieblas, dice que consultó a un nutricionista. “Me dijo que no me pasaría nada siempre y cuando consumiera la suficiente cantidad de legumbres ricas en proteínas, tomara un suplemento multivitamínico diario y recordara incluir variedad de colores en mis comidas. También remarcó la importancia de hidratarse, pero sin complicaciones”.

Premunido ya de lo necesario para enfrentar la travesía, la noche anterior fue comer carne a las brasas y un polvo de despedida.

El primer día, a modo de anecdotario, el cronista anotó que un desayuno muy frugal y 86.09 kilos de pesos eran el inicio del itinerario.

Cuento corto: No había pasado ni medio día y vino el primer bajón. La razón: la falta de café y energéticas.

Pero como el ser humano es un animal de costumbre, el segundo día fue mejor que el primero.

“Como dato complementario, debo decir que me sorprendió muchísimo ver lo rápido que cambió el aspecto de mis heces. No tengo ni idea de si las cacas con la consistencia del pesto son habituales entre los veganos que no toman gluten, pero estaré atento a este aspecto”, advierte.

Para el cuarto día dice que ya había dejado de lado, o al menos dominado, su adicción al café.

Transcurrida una semana ya, el asunto era otro. La libido.”Me desperté con el pene muy erecto en la mano; al parecer, inadvertidamente me lo había agarrado mientras dormía”.

“Preocupado, decidí intensificar mis esfuerzos por minimizar cualquier oportunidad de tener erecciones. Para ello, me compré la esponja de ducha más áspera que encontré y me puse los calzoncillos más incómodos. Además, incrementé la vigilancia de mis manos, por si les volvía a dar por acercarse a mi miembro”, cuenta.

El día 12, cuando faltaba más de la mitad de la experiencia límite, “parecía que la racha de energía y buenrollismo sano empezaba a caer en picada. Ese día tuve dos bajones después de comer y empecé a adoptar una actitud más pragmática hacia la comida, cuyo sabor ya no me aportaba ningún placer”.

En fin, para no entrar en mayores detalles, relata que “la primera semana fue un infierno, pero la segunda se pasó volando. Supongo que a medida que me adaptaba a la nueva rutina y tenía que dedicar menos tiempo a apañar comidas adecuadas y a alejarme de la tentación, este experimento dejaría de ser el centro de mi vida y pasaría a un segundo plano”.

Ya. Había llegado el ansiado día 30 y lo que anota Caffier es lo siguiente: “Pensé que llegado este punto estaría como un estudiante el día antes de empezar las vacaciones de verano, pero no. Todo transcurría con normalidad. No me vi embargado por ningún ansia de romper ninguna norma excepto una: la del sexo. Me pregunto si Mallory también se sintió igual mientras atacaba la cima del Everest”.

Para cerrar su experiencia, sostiene que “siento curiosidad por saber cuánto tiempo más puedo prolongar este estilo de vida disciplinado ahora que ya no tengo obligación. Aunque no veo muy factible ceñirme al cien por cien a una dieta vegana, no me parece descabellado limitar la ingesta de carne y los atracones a los momentos en que esté en compañía. Se acabaron los festines en solitario. Lo mismo puedo hacer con la bebida y las drogas”.

Como dato anexo, y volviendo al inicio, del desafío, Justin Caffier, cuenta que durante ese tiempo había perdido 6.8 kilos de peso.