Jorge Damián Méndez Lozano escribe una nota para Vice España en la que recoge ocho testimonios de mujeres consumidoras de  crystal meth (confeccionada con efedrina, ácido de acumulador automotriz, gas refrigerante, veneno para ratas y soda cáustica), conocida popularmente en las calles como ice, hielo o cristal.

“El ice te explota todos los sentidos, los traes a flor de piel, ¿has probado alguna droga?, ¿la mota? ¡Ah pos’ haz de cuenta que es lo contrario! Esta droga te da para arriba. Si cae una pluma al piso la escuchas intensamente. Lo comparo con muchos días sin dormir y ya no poder hablar bien y que te empiece a tronar la mente y que veas cosas donde no están y todo ese desmadre”, dice María Guadalupe, 25 años.

La mujer también cuenta que desde que comenzó a consumir su cuerpo cambió completamente, advierte “a veces dicen que la droga te lleva a lo peor, y sí es cierto (…) La casa es el lugar en donde quiero vivir con mi novio cuando los dos estemos limpios de droga y seamos unas personas normales. Ya no quiero sufrir”.

Liliana, de 21 años, cuenta que partió en el consumo a los 15. “Primero dije que no, pero me dio curiosidad y fumé en una lancha (papel aluminio doblado en forma de rectángulo en donde se coloca el ice y se calienta para inhalar su humo). No volví a mi casa en tres días. Mis papás me regañaron mucho y me castigaron. Desde ahí agarré de fumar durante un año y mejor me metieron a un centro de rehabilitación. Cuando salí del centro solamente fumaba marihuana, pero a los meses me enganché del hielo”.

Al igual que el relato anterior, dice que esta droga la hizo adelgazar al extremo. “Quedé como un palo. Me dejó muchas cicatrices en las manos porque me quemo con el encendedor cuando prendo el foco o la lancha. En la cara, como ves, tengo marcas de que me pellizco porque, cuando estoy muy pegada (drogada), me da ansiedad y me enciclo (obsesiono) frente al espejo y me pellizco todos los granitos durante muchas horas”.

“Soy yo con drogas y sin drogas. Sin consumir ice estoy gorda, ansiosa y de mal carácter. Con ice estoy flaca, demacrada y ojerosa”, afirma.

Shakira tiene sólo 15 años y admite que once meses atrás inició el consumo. “Iba llegando de la playa y fui a la casa de mi mejor amiga y vi que fumaba algo y le pregunté qué era y me contestó que no le pusiera atención. “Estás muy pendeja si sigues chingando”, me dijo. Yo quiero, yo quiero, ándale dame; le insistí tanto que me puso la pipa de vidrio en la boca, prendió el encendedor y me dijo cómo fumar. Muy arreglada me puse (drogada) y me embiché (desnudé) y bailamos. Esa noche no dormí, no comí y los ojos los tenía súper abiertos y el corazón a todo lo que daba”.

De 23 años, Jessica, cuenta así su experiencia con el crystal meth: “Cuando trabajaba en la Dominos Pizza cambiaba una pizza por cuatro gramos de hielo; llegaba el dealer al mostrador y las cosas cambiaban de mano. Empecé en las drogas estando muy chiquita. A los 12 años fumaba mota y luego ya no me gustó y me metía pingas. Luego cocaína como a los 16, y sí me gusta la cocaína, pero la dejé porque consumía demasiado y se me venía la sangre por la nariz porque agarraba de estarme metiendo todo el fin de semana, de viernes a lunes. La heroína tampoco me gustó porque me pone muy relajada, como que no me importa nada y a mí lo que me gusta es traer la adrenalina a todo lo que da. Mejor fumar hielo, me hace sentir la Mujer Maravilla, siento que las puedo de todas todas; de por sí ando muy hiperactiva todo el día, ahora imagínate con hielo; quiero mover el mover todo el mundo y la tierra yo sola”.

“Con drogas me siento bien, me siento viva, feliz, libre, divertida y todo eso; pero es un vida de falsedad, como si lo que viviera fuera algo artificial”, admite.

América, 20 años, dice que “la droga te hace perderte en el momento, el ice es extasis, todo lo que quieres es sentir adrenalina, crisparte los nervios. Yo no puedo decir que me drogué porque tuviera problemas emocionales o en mi familia, ¿sabes por qué me drogué la primera vez?, porque me encajé un clavo en el pie y no quería sentir dolor”. “El hielo te deja menso. Me he pegado varios pasones (sobredosis) y he estado al borde de la muerte. Te da un pinche calenturón, taquicardia. Comienzas a temblar y sudar y sientes que se te aplasta el pecho y no puedes respirar”.

Mayor que las mujeres anteriores, Maricela, de 40, cuenta que su consumo partió diez años atrás, cuando la muerte de sus padres. “Mis hermanos fueron los que me dieron a probar ice. He estado en cuatro centros de rehabilitación y nomás como nueve meses limpia. Fumo ice porque me da mucha tristeza, a veces mi esposo no me habla, siento que está con otra mujer y me siento gorda y me siento menos”.

“Cuando mi esposo también consumía ice, llegaba a la casa y me metía los dedos en la vagina para olérselos y saber si había estado con otros hombres; él también sentía un putero de celos”, relata.

Maricela se confiesa “una adicta ingobernable”.

Melissa, también de 40 años, refiere que “tengo muchos problemas con los hombres. Esta es la segunda vez que estoy en un centro de rehabilitación, la primera vez llegué sola, pero esta vez me trajo mi mamá. Para mí los únicos importantes en mi vida son Dios, el presidente y el gobernador, porque ellos si dan la cara, son a los únicos a los que les debo respeto; a los mafiosos no, ni me conocen ni los conozco. Mi hija más grande anda fumando ice ahorita”.

Mónica, 30 años, lo narra de esta manera: “Yo empecé a consumir ice porque me dijeron: “¿Quieres fumar mota?”, y yo contesté que sí porque estábamos puros amigos. Con el tiempo he aprendido que a los amigos no los conoces en una noche de fogata, en navidad, en una borrachera; y luego dicen que los amigos no existen, que los cuentas con los dedos de la mano, y yo no puedo con toda esa información, ¿me explico?, no tengo tiempo para saber cuál es la verdad. Pero bueno”.

Mónica advierte que “por más que fumes ice llega un momento en que ya no puedes mantenerte despierta, el cerebro o te truena o se desconecta, por más que le metas sustancias es como una planta a la que le dejas la llave abierta, ¿qué pasa?, se enlama; el cuerpo se cansa y ya no puede, pero hay ocasiones en que el cerebro no escucha al cuerpo. Cuando pasan unos nueve días sin dormir el cerebro se apaga para cargar energías y oxigenarse, porque inician las alucinaciones visuales: yo he visto muertos, sombras, animales, figuras; el cerebro te juega una broma y escuchas que alguien te habla y no hay nadie; es cuando te quedas arriba (loco)”.