En la primavera del año 56, siete años después de recibir el Nobel de Literatura, William Faulker, conversa con la revista Paris Review. “La razón por la que no me gustan las entrevistas es porque parece que reacciono violentamente a preguntas personales”, dice de entrada, como advirtiendo de que eso que no le gustaba ser entrevistado, menos de cuestiones personales, es cierto. Ante la misma pregunta personal, la respuesta mañana podía se otra, sugiere.

Aun así, aun con esas consideraciones, Faulkner responde las preguntas. Siempre referidas a su oficio.

Entonces Faulkner habla de que para ser escritor jamás había que sentirse satisfecho, porque “lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser”.

William Faulkner también refiere aquella sentencia pronunciada tantas veces. “Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizar la obra”.

Otra de las respuestas de quien también ejerció el oficio del periodismo es que, en tanto amoral, el artista es responsable sólo ante su obra y que debe ser completamente despiadado si es un buen artista. “Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe librarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro. Si un artista tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo”, se lee en la respuesta que traduce al castellano Nalgasylibros.

La capacidad creadora ante las carencias

“El arte no tiene nada que ver con la paz y el contento”, dice asimismo. Luego habla del ambiente propicio, de que no tiene nada que ver con la creación, porque al artista de verdad no le interesa dónde está.

Relata también una cuestión de índole personal, menciona la libertad económica para sentarse a escribir, peor luego responde. “El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel”. Para afirmarlo lanza la siguiente sentencia: “Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica”.

Luego Faulkner lanza una idea que se cita de esta manera: “Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos. El éxito es femenino e igual que una mujer: si uno se le humilla, le pasa por encima. De modo, pues, que la mejor manera de tratarla es mostrándole el puño. Entonces tal vez la que se humille será ella”.

Sobre el problema de trabajar para el cine, responde de esta manera: “Nada puede perjudicar la obra de un hombre si éste es un escritor de primera (…) El problema no existe si el escritor no es de primera, porque ya habrá vendido su alma por una piscina”.