“Se habla poco del hambre en la literatura. Existen libros como Hambre (1890) de Knut Hamsun, Sin blanca en París y Londres (1933) de George Orwell, o Ripley Bogle (1989) de McLiam Wilson, pero son casos literarios aislados”, plantea la autora francesa Sophie Divry, quien conversa con Pliego Suelto sobre su última novela “Cuando el diablo salió del baño (Quand le diable sortit de la salle de bain)”.

Divry admite -al abordar el texto que tiene mucho de autobiográfico- que desde hace un tiempo tenía ganas de hablar de hambre. De miseria. “Sobre todo por una cuestión de realismo”, subraya. Dice que, por ejemplo, pagar facturas con un nudo en la garganta es una experiencia bastante común y, sorprendentemente, está poco presente en las novelas.

“Además, este territorio permite una de las cosas que más me motiva de la escritura: esclarecer sensaciones y sentimientos que nacen de la fricción con el mundo. Es difícil describir la presión mental que representan el hambre, la pobreza y las vulneraciones de la dignidad, pero al mismo tiempo es apasionante”, observa.

Sophie Divry sostiene que esta ausencia del tema del hambre en la literatura, que existan mu pocas referencias, “se explica sin duda por el hecho de que durante siglos los escritores sólo fueron reclutados entre las clases acomodadas”.

Además de apuntar a lo anterior, habla de la tristeza que encierra la miseria, de lo común que es, y por tanto, de lo poco novelesco.

Aún así, porque lo aborda en su último trabajo, donde el tema medular es la situación de encontrarse sin trabajo, dice que “el hambre introduce una tensión, un deseo, una especie de bajo continuo musical que otorga un gran relieve a los personajes. Y existe también un hambre que aspira a una liberación más grande que la individual, pero que hoy en día parece, a fortiori en mi país, difícil de entrever. No sabemos de qué tenemos hambre, pero tenemos hambre, y políticamente eso nos tensa”.