“Casi todo aquel que ama el tenis y sigue el torneo masculino por televisión ha experimentado, durante los últimos años, lo que podría ser definido como momentos Federer. Hay veces, mientras observas jugar al joven suizo, que tu mandíbula cae y los ojos sobresalen y se hacen sonidos que obligan a los conyugues a venir a ver si estás bien.

Los momentos son más intensos si has jugado suficiente tenis para entender la imposibilidad de lo que acabas de ver. Todos tenemos nuestros ejemplos. Aquí hay uno. Es la final del U.S. Open de 2005, Federer sirviéndole a Andre Agassi en el cuarto set.

Hay un intercambio de golpes de fondo en la media cancha, uno, con la distintiva forma de mariposa que ha sido referencia del juego moderno. Federer y Agassi tirándose de un lado al otro, cada uno tratando de ganar el punto… Hasta que, de repente, Agassi golpea un fuerte revés que atraviesa la cancha y empuja a Federer hacía su izquierda, y Federer la alcanza pero el revés queda corto, un par de pies más allá de la línea de servicio, que, por supuesto, son la clase de cosas que Agassi cenaría, y mientras Federer lucha para regresar y volver al centro, Agassi se mueve para esperar la pelota corta, y logra devolverla para la misma esquina, tratando de descolocar a Federer, lo cual logra. Federer está todavía cerca de la esquina pero corriendo hacía la línea central, y la pelota dirigida a un punto detrás de él ahora, donde acababa de estar, y no tiene tiempo de voltear, y Agassi siguiendo el tiro, golpea y devuelve la pelota a la misma esquina… Y lo que Federer ahora hace de alguna manera es, instantáneamente, dar marcha atrás el empuje y algo como saltar tres o cuatro pasos hacia atrás, con una rapidez imposible, para golpear un derechazo desde el costado de su revés, todo su peso moviéndose hacia atrás, y da el golpe, con un efecto endemoniado y sensacional que pasa a Agassi a través de la red, quien trata de alcanzarla pero la pelota lo pasa, y se coloca justo en la línea de banda y aterriza, exactamente, en la esquina de salida del lado de Agassi, un punto ganador y Federer todavía balanceándose mientras la pelota cae.

Y pasa ese pequeño y familiar segundo de silencio estupefacto de la multitud neoyorkina antes de ovacionar y John McEnroe dice en televisión (suena más que todo para sí mismo), “¿Cómo vences a un ganador desde esa posición?” Y él tiene razón: dada la posición y mundialmente famosa rapidez de Agassi, Federer hubiese tenido que mandar esa pelota por un tubo de dos pulgadas de espacio para poder pasar a Agassi, cosa que hizo, moviéndose hacia atrás, sin tiempo y nada de su peso detrás del tiro. Era imposible. Fue como algo sacado de la “Matrix”. No sé todos los sonidos que se escucharon, pero mi esposa dice que corrió y había cotufas derramadas por el sofá y yo estaba arrodillado y mis ojos parecían ojos de mentira.

Roger Federer es un jugador de primera clase, patea traseros, desde la línea de saque. Pero no es todo lo que él es. También está su inteligencia, su oculta anticipación, su sentido de cancha, su habilidad para leer y manipular a su oponente, su capacidad para combinar efectos y ritmos, como extravía y disfraza el tiro, eso de usar una previsión táctica, su visión periférica y su sentido cenestésico en lugar de pura velocidad, todo esto lo ha llevado al límite de todas las posibilidades en el tenis masculino que se juega ahora”.