Nunca ha sido fácil para mí desnudarme. Cuando era chiquita odiaba probarme la ropa en las tiendas o vestirme frente a las otras niñas después de clase de natación. Aún después de años viendo viejitas desinhibidas en vestidores de gimnasio, me cuesta trabajo quitarme la blusa aunque esté sola con mis amigas. Ni siquiera dejo que mi hermana entre al baño si estoy en la regadera.

Afortunadamente siempre he sido más caliente que penosa, por lo que esto nunca me ha impedido acostarme con nadie. Pero me encantaría ser menos aprensiva y poder hacer show cuando estoy arriba, en vez de estar preocupada por alguna estría o algún rollito. ¿Quién iba a pensar que mi cura sería tener sexo en frente de otras treinta personas?

Todo empezó una noche, estando sola en Alemania. Me senté frente a mi laptop para ver qué posibilidades me ofrecía la vida nocturna de la ciudad. En Berlín puedes escoger básicamente entre dos opciones: techno o sexo. Teniendo nada más estas dos alternativas en mente, la decisión fue muy fácil: el techno nunca ha sido precisamente lo mío, pero el sexo definitivamente lo es.

En ese instante algo despertó mi curiosidad y así, sin pensarlo como algo que de verdad podía pasar, tecleé en la barra de mi buscador: “Sex club”. Se desplegó una larga lista de lugares, pero el que más llamó mi atención fue un tal “INSOMNIA”. Las fotos del lugar se veían entre rojas, sórdidas y suculentas. Me dieron ganas de investigar más y entré al sitio web.

Me deslumbraron las letras enormes del título, decoradas con llamas de fuego, puestas sin pudor en medio de la página. Leí toda la información que pude. El mensaje era muy claro: sexo, swingers, queer, fetiches, erotismo. Lo interesante es que puedes escoger el grado de intensidad sexual al que te quieres someter. Cada una de las fiestas tiene un sexómetro asociado que indica qué tanto sexo y baile sucederá esa noche. Además, cada fiesta tiene un tema y un estricto código de vestimenta. Puedes escoger si prefieres ir a la “Noche de Swing”, la “Orgía Descomunal” o al “Fistatrón”.

Vi el calendario y la noche del viernes, última de mi estancia, el Insomnia me ofrecía “Ángeles en Bondage”: una opción un poco más sexual que de baile con tema Gótico. Había que vestirse de negro, preferiblemente en materiales como encaje o látex, muy a la Marilyn Manson. Sonaba tentador.

Pasé toda la noche previa sin dormir, pensando si realmente me atrevería a hacer algo así. Desperté muy nerviosa. Una parte de mí se moría de ganas de hacerlo pero otra pensaba que quizá era la peor idea que había tenido en la vida. ¿A quién le iba a marcar si de pronto me sentía expuesta o vulnerable? ¿Estaba a punto de participar voluntariamente en un gangbang? ¿Me iba a tener que desvestir enfrente de desconocidos? Para empezar, ¿me iban a dejar entrar? Un sinfín de cosas pasaron por mi mente, pero la más recurrente fue una: el código de vestimenta.

Mi día se volvió una incesante búsqueda por el atuendo correcto. No fue nada fácil. Tenía una inmensa ciudad frente a mí, muchos requisitos que cumplir y poco dinero. Al final, terminé comprando un corsé negro en una tienda de disfraces. No era de látex, pero tenía wet­look. Además era de mi talla, me cubría lo suficiente, me hacía sentir sexy y, en especial, estaba dentro de mi presupuesto. Cuando pagué lo supe: no había vuelta atrás.

Esa noche, con mucha determinación, me puse el corsé, me pinté los labios del rojo más intenso que encontré, me tapé con una chamarra y me subí al metro con dirección al sex club.

El lugar se veía desolado por fuera. No había locales cercanos ni gente caminando en las calles. Era una esquina oscura con una sola puerta flanqueada por dos guardias muy altos e intimidantes. Arriba de la puerta había un letrero de neón color rojo con dos alas de ángel enmarcando el nombre del lugar.

Lo primero que vi al entrar fue un pasillo estrecho lleno de gente agachada y en cuclillas desvistiéndose. Una playera por acá, una mano por allá y un calzón volando. Algo así como el camerino de un teatro entre escenas. En el fondo había dos vestidores que nadie estaba usando, pero me imagino que hay personas que necesitan un área de transición para adoptar su nueva personalidad antes de empezar el espectáculo. Del otro lado hay un guardarropas en donde tienes que dejar todas tus pertenencias. Entrar con celulares está estrictamente prohibido.

Una vez desvestido, incomunicado y con tu numerito del guardarropa escondido en el zapato, estás listo para entrar.

La planta baja es el área principal. En el centro está la pista de baile con decoración majestuosa, rodeada de espejos, camas y cortinas de terciopelo. Del lado de la entrada se encuentra la barra y detrás de ella te observan tres gigantes desnudos de color dorado. Abundan platos de fruta que evocan la lujuria de un bacanal griego: carambolos, fresas, uvas, melón envuelto en jamón serrano. Al fondo se alcanza a ver la mesa del DJ y una plataforma con un par de tubos. El rojo acalora y empalaga. En las paredes se proyecta pornografía.

El lugar tiene dos pisos, pero el acceso a la planta alta está restringido. Solamente puedes entrar si tienes —por lo menos— un acompañante y si vas a acostarte con él o ella.

En cuanto a la gente, había tres cosas que esperaba encontrar antes de llegar: primero, una mayoría predominante de hombres; segundo, una enorme diversidad étnica y sexual; y por último, varias parejas de adultos en sus cincuentas y sesentas tratando de reavivar su flama sexual. No sé si fue por el tema de la noche, pero me equivoqué en todas las anteriores.

Lo que encontré fue un desfile de cuerpos esculturales. Casi toda la gente que había en el lugar esa noche era estereotípicamente alemana. La mayoría eran parejas heterosexuales entre veinticinco y cuarenta años. Se sentía que la gente que estaba ahí era gente a la que le encantaba tener sexo y que quería lucirse y demostrarlo. De pronto mi miedo se transformó. Ya no temía salir caminando como vaquero después de haber tenido una orgía con veintitrés desconocidos; temía estar ahí y que nadie me hiciera caso.

Los primeros minutos de la noche me sentí fuera de lugar, estaba incómoda y no sabía dónde pararme. Me di cuenta que estaba muy nerviosa cuando alguien me tocó y brinqué seis metros del susto. Ni siquiera fue alguien que estuviera tratando de llamar mi atención, sino alguien que me estaba pidiendo el paso. Alrededor de mí había un espectáculo lleno de personas hermosas desnudas, disfraces de todo tipo, telas transparentes, collares de perro, arneses, cuerdas, y yo, inmóvil en una esquina sin poder voltear a ver.

Afortunadamente me acordé de un consejo que me dio una amiga antes de ir. “Si en algún momento te sientes incómoda, lo único que tienes que hacer es bailar enfrente del DJ. Alemania no se trata de socializar, se trata de la música”.

Me tomé dos cervezas de fondo, respiré profundo y me puse a bailar como si no hubiera mañana.

Una vez entrada en alcohol y calor, mi experiencia cambió radicalmente. El baile fue catártico; estaba inundada de endorfinas. Me relajé y volteé a ver con atención todo lo que pasaba alrededor de mí. En el centro de la pista había una pareja bailando. Él estaba vestido con un disfraz de policía hecho de látex y una máscara de gas, de tal forma que no se veía un sólo milímetro de su piel. Ella, en cambio, estaba completamente desnuda. Mientras él la ataba con sutil destreza, ella me veía fijamente a los ojos. Por fin entendí de lo que se trataba este lugar. Ella quería ser vista y yo estaba fascinada de poder ser quien la veía.

Más tarde, ya sudada y entrada en mi papel de voyerista, vi entre la gente a un hombre con facciones asiáticas que llamó mi atención. Me recordó a mí misma horas antes. De entrada, sobresalía porque era la única persona en el lugar que no había cumplido el código de vestimenta. Venía con ropa de godín en noche de fiesta: pantalones de vestir y una camisa desfajada. Se le notaba nervioso y desubicado. Lo volteé a ver y sonreí. Aunque alcancé a notar que él también me sonreía, su reacción inmediata fue correr al otro lado de la pista. Pensé: ni modo, lo asusté. Minutos más tarde, sin embargo, ahí estaba otra vez más cerca que antes, queriendo verme y no verme. Le volví a sonreír. Varias repeticiones después, la distancia entre nosotros se había reducido considerablemente. Entonces lo besé.

Nos comimos la cara un rato enredados como pretzels. De pronto, entre el baile y la calentura, me di cuenta que la vida me acababa de abrir un nuevo acceso. Lo tomé de la mano y sin siquiera preguntarle, caminé hacia las escaleras.

El segundo piso es una especie de terraza con camas desde donde se puede ver la pista de baile. Hay cajas llenas de juguetes de todas las formas y tamaños, mesitas con lubricantes, condones y guantes de látex. Aunque todo es muy impresionante, lo que se roba la atención es una silla ginecológica que en ese momento estaba ocupada por dos mujeres despampanantes. De hecho, casi todo el lugar estaba ocupado, pero la cama de justo en medio estaba vacía. Me pareció el lugar perfecto.

Estaba rodeada de por lo menos otras quince parejas y, por primera vez en mi vida, me desvestí y no sentí pena. El éxtasis que sentí era tal que no me importó nada. No me importó quién me veía o cómo me veía. Yo estaba en pleno goce. Estaba tan perdida en mi propio placer que por instantes se me olvidaba dónde estaba. Luego, la chica de junto me lo recordaba con sus gemidos y gritos. Yo abría los ojos, veía el festín de cuerpos y me daban ganas de gritar a mí también. Justo en el clímax de mi encuentro levanté la cabeza y vi junto a mí a un negro espectacular recibiendo sexo oral. Nos vimos a los ojos con sonrisas de complicidad y nos vinimos juntos, festejando el momento con un guiño y un choque de manos. No hice show para uno solo en un cuarto privado; me desvestí para treinta desconocidos y nunca me sentí más segura de mi cuerpo y de mí misma. La noche fue perfecta.