Carlos Peña describe una escena que -a su juicio- grafica lo que tuvo lugar anoche ante los ojos de los millones de chilenos que seguían la elección presidencial. Así lo dice: “Mientras Piñera daba su discurso anoche, un desperfecto del micrófono, una rara interferencia, un murmullo eléctrico, alteraba cada cierto tiempo el ritmo de sus palabras. Era una metáfora física de lo que le había ocurrido en la elección”.

Entonces el rector de la UDP plantea en esta columna escrita para El Mercurio que si bien el magnate ganó la primera vuelta, le debe haber quedado un sabor amargo de boca. Ese que tantas veces nos lleva a esbozar una sonrisa forzada.

“Su resultado estuvo muy lejos de sus expectativas. Fantaseó en ocasiones con ganar en primera vuelta y con un resultado que en cualquier caso, pensaba, estaría sobre el 40%”, recuerda.

Además de lo evidente que resulta revisar las cifras, la caída en las expectivas, el abogado sostiene que es más desalentador aun porque “nunca, como ahora, la derecha había tenido más condiciones sociológicas, por llamarlas de algún modo, para ganar la adhesión del electorado. Amplios grupos medios, un desempeño débil del gobierno saliente, competidores más bien inexpertos, mezquinos de ideas. Y así y todo su resultado no fue lo fulgurante que él anhelaba”.

Para explicar esto que Peña dice que es como una cuasi derrota, argumenta que “uno de los principales factores que impidieron a Piñera ganar la adhesión de más electorado, es el conservadurismo de que hizo innecesariamente gala. Fue un esfuerzo inútil, porque ese conservadurismo (algo impostado para quienes recuerdan los proyectos de su primer gobierno) le enajenó el voto de todos esos sectores más emancipados y autónomos. Piñera olvidó, pero es probable que lo recuerde en la segunda vuelta, que los grupos medios no solo están satisfechos con el bienestar material, también están satisfechos siendo dueños de sí mismos y no necesitan tutores. Esa deficiencia, por llamarla de algún modo, cultural de la derecha es quizá su principal lastre y será, casi sin ninguna duda, uno de los puntos en disputa con Alejandro Guillier”.

“Es verdad que Sebastián Piñera ganó la primera vuelta; pero él, mientras daba su discurso y esa rara interferencia eléctrica distraía al auditorio, sabía que estaba muy lejos de las expectativas que había abrigado. Recordó, sin duda, decenas de ejemplos de quienes obtuvieron el triunfo en primera vuelta solo para ser derrotados en la segunda”. Por eso que “ese ruido imperfecto del micrófono fuera la metáfora de una casi derrota. Y de ahí también que la sonrisa de Piñera, que casi siempre resulta algo maquinal, fuera derechamente esta vez una sonrisa forzada”.