Es 30 de octubre de 1992. Pleno auge del movimiento grunge. Nirvana, la banda más representativa, se presenta con Kurt Cobain a la cabeza en el estadio José Amalfitani de Buenos Aires. Conocido como el Fortín de Vélez Sársfield. A Nirvana lo va a telonear el grupo Calamity. Compuesto por mujeres. Algo sale mal. El público le brinda un recibimiento hostil a las chicas de Portland. Le lanzan monedas, piedras. Entonces Cobain, el líder, decide que algo hay que hacer. La quiere cobrar. Y la quiere cobrar ahí mismo. Una crónica de Mal Salvaje recuerda el momento. En palabras de joven que moriría a los 27 años en 1994.

“Cuando tocamos en Buenos Aires llevamos una banda de chicas de Portland llamada Calamity Jane para que sean teloneras. Cuando estaban tocando la gente comenzó a tirar monedas, tierra y rocas, todo lo que encontraban en sus bolsillos. Eventualmente, las chicas rompieron en llantos. Fue terrible, una de las peores cosas que había visto en mi vida. Fue mucho sexismo al mismo tiempo. Kris -Novoselic-, conociendo mi manera de pensar sobre estas cosas, intentó calmarme porque yo me negaba a salir a tocar. Pero terminamos pasándola bien, mofándonos de ellos -la audiencia-. Antes de cada canción tocábamos la intro de ‘Smells Like Teen Spirit” y después parábamos. Ellos no se daban cuenta que era una forma de protesta a lo que habían hecho antes. Tocamos alrededor de 40 minutos y la mayoría de las canciones eran de Incesticide -disco que todavía no se había editado-, por lo que no reconocieron ninguna canción. Terminamos el show tocando la canción escondida “Endless, Nameless” que está al final de Nevermind, y como estábamos tan furiosos y enojados con toda esa situación, que esa canción y todo el set fue una de las mejores experiencias que me tocó vivir”.