Justo antes de la elección, escribí por ahí que Beatriz Sánchez, como Cenicienta después de la medianoche, vería desaparecer el encantamiento vivido durante la campaña y que su carroza se transformaría nuevamente en calabaza, pero que a diferencia de la protagonista del cuento de hadas, ningún príncipe saldría a buscarla con el zapatito de cristal.
Sucedió exactamente lo contrario: apenas se conocieron los resultados de la votación, la Bea se convirtió en princesa, los cercanos que murmuraban a sus espaldas la levantaron en andas, quienes la consideraban simplemente una buena estrategia para acompañar postulantes al parlamento cantaron himnos en su honor y el mundo guillierista -que tras mucho devaneo terminó por rendirse a Bachelet para heredar su patrimonio-, hoy sueña con encontrar una horma que le acomode a la frenteamplista reencantada. Son muchísimos quienes la buscan con un zapatito en la mano.
El final de cuento que yo tan equivocadamente supuse no era una manifestación de deseos ni una tincada, sino el desenlace más probable a partir de los datos existentes y de las conversaciones tenidas con gente de su propio entorno, no todos miembros de la misma tendencia interna. Para decirlo en corto: narré de manera descarnada lo que hasta antes de la elección creí percibir, lo más informadamente posible, como la tragedia personal de una periodista llena de ilusiones que lo deja todo a cambio de un futuro infausto.
Hasta aquí, todo indica que la apuesta idealista de Beatriz Sánchez será recompensada. El resultado obtenido la deja en una posición de poder irrefutable. Administrarla sin ingenuidad será su reto en adelante. Con ese carácter que mostró en su discurso la noche del domingo –cuando contra todo pronóstico las calabazas se convirtieron en carrozas- deberá asumir que ya no son la ilusión ni la esperanza ni el elan de una campaña los atributos que se esperan del personaje que le tocó encarnar. Ahora el destino de muchos depende de sus decisiones. El cuento terminó bien: toca ver cómo sigue la Historia.
Si ella y el Frente Amplio fueron los grandes ganadores -aunque salieran terceros-, los grandes perdedores de esta elección fueron las encuestas, los medios de comunicación con sus opinólogos (yo mismo), los viejos concertacionistas y el centro político, esa quimera de la que todos hablan sin entender de qué se trata. El centro está perdido. Hoy son demasiadas las líneas que se cruzan en distintos puntos. El mapa político ya no cabe en una recta, e intuyo que ni siquiera en un plano. Habrá que volver a dibujarlo considerando dimensiones ignoradas.
Nos encontramos de pronto con un Chile que no comprendíamos, que conocíamos solamente hasta el living, pero no los dormitorios ni los subterráneos, donde las nuevas generaciones juegan Play escondidos de los amigos de sus padres y de los encuestadores. Después de la batalla es fácil ser general, pero resulta que hasta la mañana misma del domingo nadie auguraba el resultado que aconteció. Tampoco quienes ganaron. El diario La Segunda le pidió su pronóstico a 40 líderes de opinión, y el que estuvo más próximo a acertar fue un cocinero. La magia del gusto se impuso por sobre la seudo ciencia. Quienes se supone que sabían más, eran los que menos sabían.
¿Hicieron trampa las encuestas para ayudar a Piñera? Quizás sí, pero yo creo que no. Salieron a buscar las respuestas que les acomodaban en el mundo de sus fantasías. Ya es un hecho que, hasta nuevo aviso, no hay que confiar en ellas. Se supone que existían para mostrar la realidad, pero hoy sabemos que solo inspiran extraviados cuentos de hadas.