El año 2016, además de un imperdonable obituario, dejó rondando en el mundo “la amenaza del populismo”, nombre de un nuevo fantasma que pilló durmiendo la siesta a una democracia tan segura de sí misma –y de su alianza con el libre mercado– que ya no creía en fantasmas. Los triunfos de Trump y del Brexit, y un poco más allá, el descaro de presidentes tan populares como Putin, Duterte o Erdoğan, vinieron a avisar que el nacionalismo y el autoritarismo conservan sus encantos. China, mientras tanto, aprovecha los atajos de su modelo para sacarles ventaja a las democracias occidentales, atrapadas en su propia red de contrapesos y difamadas por una corrupción que, sin embargo, esos otros regímenes soportan de lo más bien.

Enfrentado otra vez a las amenazas que le dieron origen, “el liberalismo vuelve a ofrecer crítica, a ser idea de combate”, celebra Silva-Herzog. Pero los combatientes parecen estar divididos. Algunos se limitan a describir los peligros del populismo y llaman a no olvidar las tragedias del siglo XX. Otros son más proclives a abrir al debate: ¿será que los liberales del mundo han estado haciendo algo mal?

–Que hayan surgido alternativas a las democracias liberales es una gran oportunidad para advertir que la historia no está cerrada, que los demócratas no tienen la razón histórica necesariamente de su lado –sostiene Silva-Herzog, cuya conferencia en Puerto de Ideas se tituló “El fascismo latente”–. Yo no creo que el antiliberalismo tenga buenas recetas para curar los males de la democracia, pero sí tiene una buena crítica del proyecto liberal, que deja insatisfechas ciertas demandas. Lo que ha vuelto a dar poder de seducción a la epopeya fascista son las frustraciones, incluso el tedio que generan nuestras democracias, muy sofisticadas pero incapaces de coordinar el movimiento, de dar dirección y sentido a la vida pública. Y ahí creo que la tarea es doble: defender con terquedad lo que haya que defender, pero también escuchar el fundamento de esa crítica, reflexionar sobre su sentido.

El liberalismo, como construcción ideológica, se basaba en desconfiar de los iluminados y tratar de mantenerlos a raya. Pero si las alternativas están surgiendo por fuera, ¿no es porque la misma euforia liberal de los 90 cerró el espacio para su crítica?
–Efectivamente el liberalismo, fundado en el escepticismo, dejó de dudar. Y por lo mismo es que su defensa, creo yo, comienza hoy con su autocrítica. Pero una autocrítica real, que ponga en cuestión ciertas creencias asimiladas en las últimas décadas. Sólo así podrá encontrar una nueva energía en estos retos.

Pero el convencimiento de que no hay nada mejor termina bloqueando esa capacidad de duda.
–Comparto esa inquietud. El sistema democrático es uno de los mejor capacitados para autocorregirse ante las crisis. Más aún: se alimenta de las crisis, se reproduce a partir de ellas. Pero buscar refugio en esa cualidad nos induce a pensar que esta crisis se soluciona igual que todas las anteriores, y yo creo que no es así. Esta es una crisis de mayor hondura, que pone bajo sospecha los fundamentos mismos de ese arreglo democrático.

¿Por qué?
–Porque la democracia está fundada en una deliberación pública sobre los asuntos públicos, y esa deliberación encuentra cada vez menos vías de desahogo. Nos está costando mucho encontrar esos puntos intermedios de comunicación, de encuentro entre distintas posiciones y valores. Hoy dialogamos sobre todo con nosotros mismos, y con las corazas que fabricamos para guarecernos del exterior. Y también se ha hecho muy difícil encontrar formas creíbles de representatividad. Tienen razón quienes acusan un proceso de cartelización de la política y de los partidos, y un mimetismo entre ellos que hace muy difícil distinguirlos, encontrar alternativas dentro de la esfera política. Sumemos a eso que las democracias se han vuelto muy poco eficaces, con una enorme dificultad para producir decisiones públicas. Creo que esos problemas, presentes desde siempre, se viven con una intensidad desconocida hasta ahora.

¿Y desde dónde se podría repensar el asunto?
–Yo creo que tiene sentido regresar a lo elemental, a lo básico. Primero, a la protección de las instituciones como patrimonio auténticamente público, común, de todos, no de una clase política o económica, ni de ningún grupo específico que las quiera capturar. Y segundo, volver a asumir los desafíos de la agenda igualitaria, que debería concebirse como el basamento único de la sobrevivencia del proyecto democrático liberal. Si al liberalismo le importa la democracia, pues tendrá que volver a importarle la igualdad.

¿Por qué crees que el liberalismo hizo suya la idea de que la desigualdad no era un problema?
–Porque se asumió la dicotomía entre liberalismo y socialismo como si hubiera que optar por libertad o igualdad, olvidando que en la tradición liberal había una constante preocupación por los otros como iguales. Y ese olvido tuvo que ver, en buena medida, con el secuestro del liberalismo por parte de ciertos economistas cuya visión no es la del ciudadano, sino la del consumidor que se limita a calcular su interés individual. Esa visión incubó una actitud de desprecio por los poderes públicos y de excesiva complacencia ante los poderes privados.

Aunque mirando hacia atrás, la democracia liberal sólo se tomó en serio la desigualdad después de crisis catastróficas: la económica del 29 y la Segunda Guerra.
–Sí. Y esos dos momentos nos demuestran que el acicate del liberalismo es, efectivamente, la crisis. Que sin el mordisco de la amenaza se convierte en una doctrina profundamente conservadora. Lo inquietante, en este caso, es que el ascenso del populismo en distintas partes del mundo ya presenta una amenaza muy palpable, pero todavía no aparece ninguna respuesta bien articulada.

Que China esté siendo más eficiente que las potencias occidentales para imponerse políticas ambientales, o para distribuir los frutos de su crecimiento, también es un dato incómodo, ¿no?
–Por cierto. Además, el modelo chino –una autoridad monopólica que se acompaña de una competencia capitalista– genera una predictibilidad, un horizonte de continuidad en el tiempo, que las democracias no tienen y que es muy favorable para la acumulación económica. Y también les permite restringir ciertas demandas para gestionar con habilidad otras, las que estiman prioritarias. Pero a diferencia del proyecto comunista, no es claro que este modelo sea exportable. Ni siquiera veo la intención de exportarlo, porque esa política autoritaria funciona a partir de una tradición cultural que la acompaña de buena manera. Lo que sí plantea ese modelo es una denuncia a la pretensión universalista de la democracia, de que una sola plantilla política puede aplicarse en cada lugar del planeta.

Pero también evidencia lo poco que pueden hacer los gobiernos democráticos en la economía globalizada, aunque sean de izquierda.
–Yo creo que ese es uno de los puntos clave: la percepción de que los actores políticos no sólo son lo mismo, sino que están obligados a serlo. Hoy la gente tiene buenos argumentos para pensar que la política es ese lugar donde el poder no está. El poder está en otro lado, en esferas supranacionales, impersonales, a las que ni siquiera podemos confrontar. Esa es una amenaza a la democracia muy profunda, muy seria. La cadena elemental que une voto, responsabilidad política, resultados y nuevamente voto, se está desintegrando.

¿Qué se hace con el Estado? Quedó muy chico frente al mundo, pero también muy lejano visto desde adentro.
–Ya queda muy lejos, sí. Resulta impersonal e inaccesible en muchos sentidos, además de lento. Yo creo que la única manera de fortalecer su legitimidad a gran escala será dotarlo de un empaque de instituciones locales, realmente capaces de anticipar y resolver problemas tomando en cuenta los distintos acentos al interior de un país. Pero no va a ser fácil recuperar la potencia de la política en un futuro inmediato. Si hay una idea de Marx que está plenamente vigente, es la advertencia de que los factores económicos pueden prevalecer por encima de la fachada de las instituciones.

Hay liberales que ven con buenos ojos que la gente no se preocupe tanto de la política, porque indicaría que la política está funcionando.
–Claro, la despolitización como señal de salud política: que si no me preocupo, es que estoy satisfecho con lo que me entrega este cliente que es mi gobierno…

¿La buena democracia es la aburrida?
–Yo pensaba que sí, pero ahora tiendo a pensar que no, que no debe ser aburrida. La democracia sobrevive si hay ciudadanía, contacto, motivaciones para hacerse responsable. Y el liberalismo más ortodoxo no descuidaba la importancia del compromiso con lo público. Pero ese antiestatismo elemental que surgió en la última parte del siglo XX, y que ve en el Estado un enemigo a vencer, instaló una condena muy pesada no sólo a lo político, sino a lo público. Eso terminó corroyendo el espacio común. Y creo que el populismo, su desprecio a las mediaciones institucionales, es también una reacción a esa pérdida del nosotros que produce la democracia liberal, un esfuerzo por hacer resurgir una identidad colectiva amenazada por la impersonalidad. La perspectiva liberal olvidó que ese espacio de lo común puede ser una ficción, pero es imprescindible. El deseo de pertenecer a una comunidad, de compartir un cierto origen y destino, no se ha extinguido con la expansión de las libertades individuales y hasta puede ser su complemento necesario. Hemos condenado ese anhelo porque es el alimento de nacionalismos y tribalismos, pero tampoco es posible sostener una democracia sin la convicción de un propósito compartido.

¿Cuál fue el origen de ese desprecio por lo público? En Chile hay quienes culpan a Hayek…
–Pues yo creo que eso es darle pedigrí intelectual a un discurso que provino sobre todo de centros de producción ideológica. Centros académicos y financieros, organismos económicos internacionales, cuyo mensaje común era “lo público está podrido, es un mal del que debemos abstenernos”. Y la omnipresencia de la corrupción en los discursos sirve bastante a ese objetivo, ¿no? Ayuda a promover esa visión terriblemente maniquea de que todo lo político apesta, cuya consecuencia es la restricción de lo público a los dictados de una tecnocracia: ya que lo público tiene un cochambre que no podemos sacar, vayámonos al pizarrón, a la fórmula que decreta la respuesta racional a los problemas; y todo aquel que discrepe de esa solución, pues es un populista, un peligro. Yo creo que esa tecnocracia es tan amenazante para la democracia liberal como el populismo, en la medida que ambos desprecian la política y niegan el diálogo.


Donald Trump y Andy Warhol junto a un destacado intelectual norteamericano. 1983.

 

WARHOL Y TRUMP

En una columna reciente proponías a Andy Warhol como precursor del “fascismo de la banalidad” que se ha apropiado de la política.
–Sí, porque fui a ver una retrospectiva de Andy Warhol que hubo en Ciudad de México y me pareció ver ahí un anticipo de la era Trump. Es decir, de lo que podríamos llamar un proceso de sedación moral, de captura de nuestra conciencia crítica y reflexiva por parte de una idolatría de la fama y de lo banal que pone todos los discursos en igualdad de condiciones, pero en una igualdad que es sinónimo de “lo mismo da”. Creo que algo nos dice Warhol, a través de su rendición a lo irrelevante, sobre este personaje de televisión que es tan entretenido y tan famoso que anestesia nuestra disposición a exigirle cuentas políticas, intelectuales e incluso morales. Tú sabes que la importancia de sus modelos, para Warhol, es simplemente su fama, que sean íconos de la cotidianidad.

Ponías el ejemplo de Mao, al que retrató muchas veces sólo porque una vez leyó que era el hombre más famoso del mundo.
–Y le daba igual qué hubiera hecho Mao, si era una estrella de cine o un dictador que mató a millones. Lo que le parecía irresistible es que era muy famoso, tan famoso como la lata de sopa Campbell. Bueno, eso es Trump: si eres conocido, ganas. Él mismo lo dijo sobre las mujeres: “si eres famoso, te dejan hacer cualquier cosa”. Ese warholismo está reinando hoy en la política, pero también en la cultura en general, ¿no? Desde las revistas que glorifican a los famosos hasta la autopromoción de cada uno en Facebook.

¿Les ves alguna vuelta a eso?
–Es complicado… Pero al menos creo que, junto con tratar de redescubrir el diálogo político y razonado acerca de lo público, también deberíamos pedirle al arte que nos vuelva a poner en contacto con lo inefable, con las profundidades de nuestra naturaleza, con aquello que nos puede conmover, y no tanto con el decorado de un cuarto de hotel o la reproducción de una lata de sopa. Parecen experiencias muy diferentes, pero tiendo a pensar que en el fondo están vinculadas, y que quizás ambas se nos han ido alejando como resultado de un mismo fenómeno.

A propósito de Trump, ¿compartes la crítica a la izquierda de Estados Unidos por haberse asilado en las causas identitarias, cambiando los cordones industriales por las universidades?
–Creo que hay un argumento válido en esa crítica. Mark Lilla, por ejemplo, ha hecho una crítica muy profunda a ese discurso de la identidad de la izquierda de Estados Unidos, y me parece que tiene sentido: que en ese caso la política se vuelve un vehículo de desahogo emocional, de simple expresión de una identidad, y deja de ser el sitio de la responsabilidad pública.

¿Piensas algo parecido sobre la “identidad indígena” que reivindican los zapatistas?
–El discurso del neoindigenismo mexicano ha sido muy valioso para situar el asunto en la conversación pública, pero no me parece que sus propuestas logren atender el problema de manera razonable. Creo que tienden a alimentar una especie de segregacionismo.

Los zapatistas lanzaron una candidata indígena para las presidenciales del próximo año, Marichuy Patricio. ¿Te parece interesante?
–Claro. Y me parece muy saludable que una opción política que había elegido las armas esté buscando una vía electoral para promover su agenda. Eso sí, en México se necesita cerca de un millón de firmas para ser candidato independiente, y van a tener enormes dificultades para traducir esa buena imagen en un despliegue que les permita juntar esas firmas.

¿López Obrador va a ser por fin presidente de México?
–Sospecho que no. Tiene buenas perspectivas, puede ganar. Pero después de haber sido por mucho tiempo el único candidato reconocible, hoy está apenas uno o dos puntos por encima del candidato que lo sigue, lo cual indica que es muy vulnerable. Y es un hombre con una extraordinaria capacidad de lastimarse a sí mismo, de hacer cosas absurdas que lo alejan de la presidencia.

¿Qué has podido captar del ambiente electoral acá?
–No mucho, llegué ayer, pero me llama la atención la suavidad del proceso electoral, lo ausente que parece estar de la calle. Y también me sorprende este carrusel presidencial en que las mismas personas entran, salen y vuelven a entrar.

La derecha ha instalado con cierto éxito la idea de que Bachelet nos apartó del buen camino por tratar de refundar el país desde un izquierdismo trasnochado. ¿Se la ha visto así también desde afuera?
–No me ha tocado percibir eso. Al menos nadie identificaría a Bachelet con figuras del socialismo del siglo XXI, ni con el chavismo, etc. Desde afuera sigue viéndose a la izquierda chilena como una izquierda moderna, democrática, liberal, que ha resistido la tentación populista.