¡Te quiero ver, papá!”-le dijo a Chupete Suazo al entrar a la cancha y todos sentimos que al querer verlo a él, usted quería vernos a todos sacando lo mejor de nosotros mismos; ese individuo que a veces se pasma, se pierde, o se achancha cuando Chile se convierte en esa Gran Jalea de la que hablaba Huidobro. Porque para eso vino a Chile con el Profesor Bielsa: no a pasar la lista, no a marcar el paso, no a marcar tarjeta sino a quemar todas las naves en cada jugada, a explorar todas las infinitas posibilidades que cada uno de nosotros guarda como potencial desaprovechado, a “quemar los astros con nuestra voz”, como pedía Huidobro en “Altazor”. A eso vino y para eso se quedó en el “erial remoto y presuntuoso”: no para ser locutor ni siquiera profesor, sino para ser maestro. Teníamos nostalgia de maestros, cuando usted y Bielsa entraron la cancha.

En Chile hubo un tiempo de maestros. A los profesores se les decía “maestros”, pero luego sólo quedaron profesores y finalmente demasiados locutores, pasadores de materia. Todo pasó tan rápido. El fútbol es tiempo que arde, es eterno mientras dura, y por eso siempre he creído que los poetas debieran cantarlo, consagrar sus instantes, como lo hacían los griegos con sus atletas. Pienso en Píndaro escribiendo versos a los campeones de su tiempo. Erick Pohlhammer ha sido de los pocos que lo han hecho: ahí está su memorable poema “Yo vi a Jesús Trepiana”. Faltó que él o alguien dijera “Juro que vi a Bielsa y Bonini con mis propios ojos”.

Si ustedes convirtieron el fútbol otra vez en poesía, ¿acaso la poesía -que tanto abunda en estos lares- no debiera devolverles la mano? Porque ¿cuándo volveremos a ser inmortales, como lo fuimos en esos efímeros días en que usted y el profesor Bielsa le ganaron el partido a la “gana”, ese nefasto estado de ánimo nacional? Ese “no tengo ganas” tan chileno fue reemplazado por el “¡te quiero ver, papá!” Usted mismo fue un papá de esos jugadores “huachos” de un Chile de “huachos”. Y ahora me dicen que le ha ganado la muerte. ¡A usted, que nos sacó de la muerte en vida!

La muerte gana siempre por goleada. La muerte se lo ha llevado, profesor, no sabemos a dónde, justo cuando usted había empezado a quedarse en esta lejanía, en este fin de mundo, enamorado de una mujer, pero también de un país que comenzó a quedarse huérfano cuando Bielsa hizo las maletas y le cerró las puertas en las narices a los ladrones, a los que han convertido al fútbol en usura y también en derrota. Porque no fue por usura que ustedes levantaron el fútbol chileno y lo hicieron flamear como bandera en el cielo azulado. No fue por usura que ustedes perdieron la voz alentando, guiando, haciendo el milagro de “¡Lázaro, levántate y anda!”.

Chile entero fue Lázaro levantándose, cuando usted y Bielsa pusieron sus manos sobre ese puñado de muchachos desarmados, sin quilla, ni norte. ¿Fue acaso un sueño? ¿El fútbol es sólo un sueño? Cierro los ojos y lo veo venir al borde de la cancha a recibir a uno de los muchachos y hablarles en cámara lenta, como un ángel, y decirles lo necesario de alma a alma, de corazón a corazón. ¡Quién iba a decir que un ángel argentino iba a venir a sacarnos de nuestra tumba para hacernos caminar sobre las aguas! Y que ese ángel iba a quedarse aquí en estos “pagos” para siempre. “Siempre”, digo. Esa palabra no sirve en el fútbol, porque allí la eternidad es otra. Eternidad del instante. Como dijo una vez Octavio Paz: “el presente es perpetuo”. En el fútbol el presente es perpetuo, como en el amor, como en la poesía. En ese sentido, entonces, profesor, la condena que le firmó la muerte tiene letra chica: porque usted se quedó en ese presente perpetuo de una jugada iluminadora, de un abrazo de maestro a discípulo, en una finta gloriosa, en una chilenita, en un penal al borde del abismo (como frente a Brasil, ¿se acuerda?). Un penal puede ser perpetuo. Y este “foul” que le ha hecho la muerte es sólo un traspié en el tiempo lineal, el de todos los días, de la alienación, la rutina, la vida breve y gris de la que el fútbol viene a sacarnos a veces.

A usted le debemos ese poco de infinito de esos días hermosos, que se quedarán en el alma para que volvamos a ellos cada vez que nos sintamos tristes, disminuidos, solos. Y usted estará allí diciéndonos “¡te quiero ver, papá!”. Y entonces nos veremos a nosotros mismos en un instante y lo veremos a usted en el reverso de ese instante, porque en el fútbol somos al mismo tiempo uno y todos, individualidad y equipo, gloriosa danza sobre la nada que somos. Gracias a usted tuvimos la ilusión de ser menos nada de lo que somos. ¿No es suficiente eso entonces para gritarle ahora a usted, cuando se dispone a entrar en la aciaga frontera de la muerte “¡te quiero ver, papá!”? ¿Pero para qué decirlo? Si ya lo vimos, Maestro, ya lo vimos y su sonrisa se nos quedó a todos, a todo un país, adentro. Allí donde los más bellos momentos del fútbol vuelven a repetirse en un eterno retorno, para que nos olvidemos de lo otro: la miseria del fútbol, la usura, lo abyecto.