El centro político ya no es el territorio intermedio entre capitalismo y comunismo. No es la Democracia Cristiana, el socialismo comunitario, el social cristianismo, ni Jacques Maritain. El centro ya no se reúne en las parroquias ni la izquierda en los sindicatos. En tiempos de la Guerra Fría, el centro era todo lo que estaba entre la URSS y los EEUU, física, sicológica e ideológicamente. Sus habitantes lucían amarillos, aunque no tenían los ojos rasgados. Según Víctor Jara, no eran “ni chicha ni limonada”, e indignaban por igual a los militantes de derecha y de izquierda, los dos grandes bandos en pugna.

Tras el triunfo arrollador del libre mercado y la democracia burguesa por sobre el colectivismo y el manejo estatal de la economía, el centro se las arregló para sobrevivir dándole cuerpo a las almas moderadas. Esos que evitaban las pasiones desmedidas, las conclusiones categóricas, que no sucumbían al embrujo refundacional ni a la defensa religiosa de las tradiciones y el statu quo, conservaron para sí el rótulo de centristas. Dueños de la medianía, se aceptó como verdad revelada que a ese universo de pensamiento y emociones temerosas del sobresalto, pertenecían y pertenecerían siempre las mayorías. La fe en que así eran las cosas porque todo miembro de la raza humana prefiere la calma a la velocidad, el acuerdo a la disputa, y el terreno común a la disgregación de las particularidades, dio pie a una iglesia extraña y contradictoria, de rasgos aristocratizantes, compuesta por cardenales que encerrados en la curia juraban representar la estabilidad que toda su feligresía imaginaria evidentemente deseaba. Así nacieron los fanáticos de centro.

Se supone que ese centro al que todo bien pensante aspiraba, durante estas últimas elecciones lo representaron Carolina Goic, Andrés Velasco, Lily Pérez y sus alrededores, pero pocos votaron por ellos. El centro pasó de ser el sueño de todos a la realidad de nadie. ¿Significa eso que el país está polarizado? No lo creo. No lo veo. El que muchos dirigentes del Frente Amplio no consideren urgente llamar a votar por Guillier sólo viene a confirmarlo. Si estuviéramos en estado de guerra, una coalición joven y vital como ésa tomaría bando de inmediato. Si algún mensaje claro se escuchó el día de las elecciones, fue que los tiempos de la Concertación y sus protagonistas habían terminado.

Perdido el centro, la derecha y la izquierda también se extravían. La primera se aferra a lo conocido, la segunda hace suyas las ganas de cambiar. Chile no vive una ruptura radical, salvo que un cambio generacional abrupto deba leerse de ese modo. De cierta edad para arriba, cunde la preocupación. Los hijos están rompiendo son sus padres. Últimamente he visto a mucho ex revolucionario envejecido poniendo gritos en el cielo. Guillier le pidió a los miembros del Frente Amplio que “no desperdicien ni desoigan la historia” porque ha costado mucho llegar donde estamos. Y tiene razón. Es para llegar más lejos que debe perderse el miedo.