El sitio Pousta.com recopiló una serie de sabrosos relatos y testimonios de viajeros que tuvieron la oportunidad de protagonizar o presenciar distintas experiencias locas y ultra hot en diferentes hostales del mundo.

En estos testimonios dados a conocer por el sitio, destacan historias de sexo cerca de otros viajeros, carretes y hasta yoga en pelotas.

Aquí los relatos:

Antonia (25), Hong Kong: “Eran las 2:30pm y había estado lloviendo toda la mañana en Hong Kong, así que con mi pololo volvimos al hostal a secarnos y aprovechar de buscar wifi para ver a donde podíamos ir más tarde. El hostal era de los mas baratos y populares de Hong Kong y, en general, bastante bueno. Nosotros nos quedábamos en una pieza compartida de 10 camas y a cada uno nos había tocado una de las camas de abajo. Estábamos echados cada uno en su cama mirando el celular cuando llega un gringo, que dormía en la cama arriba de la mía, con una mujer china que no habíamos visto antes en el hostal y que nos pareció que podía ser una prostituta. No quisimos pensar mal de la situación y asumimos que a las 2:30pm no iba a pasar mucha cosa, menos con gente en la pieza.

El gringo nos saludó e invito a la china a que se subiera con él a su cama, arriba de la mí, y cerraron las miserables cortinas que intentaban dar algo de privacidad a cada cama. Entre eso escucho que el gringo le dice unas cosas a la china, pasan un par de minutos y empieza a caer ropa. Primero fueron solo unos calcetines así que no me importó mucho, pero después de un rato vi unos calzoncillos y unos calzones que caían encima de mi mochila para que a los pocos minutos la cama se empezara a mover con bastante energía.

En ese momento ya me sentía demasiado incómoda estando en el camarote de abajo así que le dije a mi pololo que por favor nos fuéramos de ahí. Salimos a tomar un café a la sala común del hostal y volvimos como dos horas mas tarde. El gringo dormía a poto pelado en el camarote de arriba, los calzoncillos seguían encima de mis cosas y no había rastro de la China, que al parecer, ya había terminado la pega”.

Raúl (25), Camboriú: Había ido de gira de “estudios” a Camboriú cuando estaba en tercero medio y siempre quise volver, entonces con un grupo de amigos del colegio juntamos las lucas y nos fuimos una semana para allá. No éramos todos los del colegio, pero si el grupo más cercano. Llegamos a Camboriú un martes en la tarde y alojamos los cinco en un hostal muy cerca de la playa.

Después de pasear un rato, y de comprar comida y copete, con mis amigos nos pusimos a previar en un living que lo teníamos solo para nosotros. Quizás por la época que fuimos, octubre, no éramos muchos los que estábamos en ese hostal. De repente comenzamos a escuchar unos ruidos bien particulares, salimos a la terraza y los ruidos se escuchaban más fuerte pero no encontrábamos de donde venían… Al salir de la terraza vimos que no éramos los únicos.

Una intensa pareja se entregaban en cuerpo y alma escondidos detrás de unos maceteros grandes. En realidad era un pésimo lugar para el sexo, porque era obvio que alguien (en este caso nosotros) los descubriría, pero por otra parte, daban hacia la calle a vista y paciencia de los edificios vecinos o de algún peatón que se le ocurriera levantar la mirada. Al final uno de mis amigos les dijo “qué hueá”, y la pareja ardiente como que se paralizaron y nos quedaron mirando. Todo muy incoherente. Volvimos al living a cagarnos de la risa un buen rato mientras seguíamos tomando y durante los días siguientes la pareja nos saludaba como si nada y muy sonrientes”.

Juan (23), La Haya: Estaba en Amsterdam y quise conocer La Haya. Era solo cosa de subirme a un tren así que tomé mis cosas y llegué a una hostal en La Haya en la noche.

En mi pieza había un asiático gay, una noruega y otro chileno con el que viajaba. El asiático era muy chistoso, delgado, de voz aguda y no salía de la pieza. Siempre andaba con su computador y todos los aparatos tecnológicos posibles, lo más probable es que haya estado hackeando todas las apps gays habidas y por haber. No nos dejaba de mirar.

Después llegó la Noruega que hablaba hasta por los codos, pero como buena nórdica era respetuosa y muy amigable. Cuento corto, a la mañana siguiente me despierto y me encuentro a la noruega completamente desnuda acostada en el suelo haciendo yoga. Trate de disimular mi impresión, obvio, pero al rato comenzó a jadear y hacer movimientos pélvicos muy notorios. Cuando ya no puede evitar que se me soltara una risa, la noruega me mira y me dice: este es mi ejercicio diario que hago los días que no tengo sexo, ¿Te quieres sumar?, me preguntó. Fin de la historia”.

Matías (24 años), Bruselas: Alojé en una hostal cuando fui a Bruselas. Era una pieza para 3, cuando entré no había nadie así que dejé mis cosas y salí. Un par de horas después, ya de noche, volví y había un danés que estaba por pega. Conversamos un rato, me contó que era gay y que tenía un pito. Salimos al balcón de la pieza, nos fumamos el pito, conversamos un rato y de pronto empezamos a agarrar… una cosa llevó a la otra y finalmente dormimos juntos.

Al otro día el de fue a trabajar y yo a pasear. Cuando vuelvo en la tarde/noche a la pieza estaba el hueón tirando con otro hueón (que era holandés) y que resultó ser el tercer huésped de la pieza. Yo entré y quedé en estado de shock mientras ellos se reían y seguían tirando. “¡Cierra la puerta y únete!”, me dijeron. Obvio que me uní y la cosa terminó en trío. A la mañana siguiente me paró la mina de la recepción y me dijo que habían reclamos por ruidos sexuales y me dijo que si se volvía a repetir íbamos a tener que abandonar la pieza”.

Ignacia (26 años), Tailandia: Llegué con un amigo alemán a Tailandia el año 2015 y llegamos a una hostal bastante buena. La primera noche mientras estaba durmiendo en la cama superior del camarote escucho gemidos y comienzo a sentir movimiento abajo. Obvio, estaban tirando. Yo, indignada, como que bajo y les digo “oye, huéon, qué onda”, pero solo me putiaron y siguieron tirando.

Después de ser putiada, escucho del otro lado de la puerta un pencazo heavy. Onda pensé al toque que alguien se había sacado la mierda. Abro la puerta y veo a un hueón tirado con la cabeza partida. Después me enteré que había llegado borracho. La cuestión es que el accidentado resultó ser amigo de la pareja que tiraba y al ver este cuerpo en un charco de sangre, la mina salió en pelota llorando tratando de hacer que el hueón volviera. La cosa es que el mino revivió y la pareja volvió a su pieza y siguió tirando. Yo estaba impactada, parecía película de terror”.