Quizás no existe género más literario que el cuaderno de anotaciones/diario de vida devenido en confesión prematura y meditación acelerada de las condiciones de vida del artista. Se trata, por lo general, de un relato gatillado por una alteración modesta de la vida cotidiana que en manos del escritor cachorro–el uso del masculino no es accidental- adquiere los visos de una revelación que a su autor le parece singular a pesar de la abundante evidencia que prueba precisamente lo contrario. Puesto de otra manera: la meta latente última de estos cuadernos de anotaciones –llamarlos novelas, autoficcionales o no, resulta en exceso generoso- es narrar un episodio, y sus consecuencias, de modo de transformarlo en un gran acontecimiento privado (lo colectivo casi siempre brilla por su ausencia).

“Cuaderno esclavo”, la tercera publicación de Rodrigo Olavarría, mejor conocido por su faceta de traductor, se diferencia en algo de esta corriente: su fin es el reverso exacto de ese género auxiliar de la novela de formación. Lo que busca es la inmadurez, vale decir, la negación, el rechazo del momento formativo.

El libro arranca con la imbricación de un presunto hecho fortuito con uno más o menos planificado: casi en el preciso instante en que termina su pololeo, nuestro protagonista pierde su preciado cuaderno de notas, del que este, el que leemos, es en principio su esclavo, su vasallo. Esa doble hélice de extravíos y pequeñas derrotas empuja al narrador a emprender un viaje largamente postergado a Brasil, para más señas a Río de Janeiro, donde vive hace siete años uno de sus mejores amigos de infancia. Allí, entre cervezas y una miopía exacerbada por unos anteojos hechizos, lee libros que ya ha leído, intenta reescribir el otro cuaderno, medita sobre su productividad, atada a situaciones extremas; peregrina, piensa y, sobre todo, vuelve y otra vez sobre el leitmotiv de la forma.

Lo que sigue es una serie de reflexiones que nunca consiguen abandonar la esfera de lo íntimo. Se sabe que la verdad revelada necesita de un sistema o de un buen exégeta; pues bien, “Cuaderno esclavo”, para bien o mal, reposa sobre un mundo compartido muy estrecho del que lo que se dice casi siempre carece de inmediatez, de la fuerza de lo urgente, de lo que en un Gombrowicz, por ejemplo, se manifestaba bajo la forma del absurdo; no hay energía, esa carga eléctrica, ese peso específico, ese golpe sobre la mesa que desata una tormenta en el desventurado vaso de agua que descansa sobre la mesa del comedor.

Hacia el final del libro, el narrador ofrece, bajo la forma de un silogismo, su poética: “Si cada persona es un libro y todo un libro un género en sí mismo, la experiencia literaria más intensa sería la reflexión sobre la vida propia y de los demás”. Pero es una definición que admite prácticamente todo, hasta se podría decir que carece de una forma. En cierto sentido no amplía nuestra comprensión de la literatura, de hecho la hace más opaca porque elimina, con astucia, la función selectiva: no se pregunta qué es digno de narrarse, sino, por el contrario, emplea el segundo término de la oración, “los demás”, sencillamente para moderar el primero, “la vida propia”.

“Cuaderno esclavo” no logra nadar en sus lagunas.

Cuaderno esclavo
Rodrigo Olavarría
Hueders, 2017, 140 páginas