A Danilo se le puede encontrar en el taller. Por lo general, de lunes a viernes, haga frio o calor. Él siempre está.

(No hay error. Está bien dicho: está).

Más que otros, Danilo vive en el presente. En el presente pinta. Lo hace de pie, a la manera de los pintores pero no es pintor. Pinta letras sobre papel, o sea escribe, pero no es escritor. Trabaja con brocha gorda, pintura negra y no usa moldes para las letras. Con esa forma de pintar que es una forma de escribir y viceversa, Danilo hace una frase completa. Eso que pinta se llama papelógrafo. Antes de que él los pintara no había papelógrafos en la ciudad. Había otras cosas. Pero eso no.

Cuando Danilo los pinta, los papelógrafos se vuelven obra.

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Danilo es Danilo Bahamondes, nacido en Valparaíso en 1946. Se le conoce habitualmente como “el Gitano”. También ha tenido otros apodos (“el Loco”, “el Comandante”). Pero acá se lo llama Danilo como alguna vez firmó sus cartas y sus escritos personales.
Su nombre es parte de la historia de las brigadas muralistas en Chile. Una historia que muchos recuerdan todavía y que se puede también rastrear en libros.

BREVE RESEÑA(e.p.):

Las brigadas muralistas nacen en Chile a fines de la década del 60 y se dedican primero a tareas de propaganda. Esto lo hacen enmarcadas por partidos políticos de izquierda que acompañan la formación de la UP y la victoria de Allende en las elecciones de 1970. A fines de los 60, Danilo Bahamondes recibe la misión de organizar las brigadas Ramona Parra, creadas por el partido comunista. Se convierte en su primer jefe. Las BRP marcan un antes y un después en la historia del muralismo político en Chile. Danilo participa en distintas experiencias muralistas. A fines de los 80 crea y dirige la brigada Juan Chacón Corona, con la que se dedica a los papelógrafos. La brigada está compuesta en sus inicios por militantes comunistas, tiene apoyo del partido y opera como un órgano del PC. Luego, en 1997, cuando Danilo rompe con esa formación, coexisten dos brigadas Chacón: una que responde al PC; otra que responde a su persona.

Mucha gente que conoce a Danilo, lo respeta. Pero, sobre todo, lo quiere. También hay gente que no lo respeta ni lo quiere.

Desde ese punto de vista Danilo es como todo el mundo, un hombre común. Libros enteros se han escrito sobre gente común y siempre es grato recordar algunos de esos personajes, como puede ser Makar, el copista de San Petersburgo, que se pasaba el día llenando papeles con su bella letra y que por las noches escribía cartas a una vecina en las que nunca lograba expresar el fondo de su pensamiento. Sufría Makar, en la penumbra de su habitación, encorvado sobre la hoja porque nunca lo que escribía era suficientemente eso.
Ese problema, Danilo no lo tiene. Ni es copista ni se le escabullen las palabras. Más bien lo contrario. Como una contracara de Makar, Danilo escribe lo que quiere escribir. Todo lo que tiene para comunicar se vuelve escrito. No sale de la boca, sale de la mano, del gesto, del trazo.

Pero también hay aspectos en que Danilo solo se parece a Danilo y a ciertos héroes de libros escritos en otros siglos.

Esto se advierte en algunos relatos sobre la Marcha por Vietnam, realizada a principios de septiembre de 1969, entre Valparaíso y Santiago. Danilo participó con sus compañeros pintando consignas en los muros del camino. Los que estuvieron dicen que esas pintadas marcan el inicio de la Ramona Parra.

Sobre esa marcha hay escritos. También hay imágenes. Uno ve los rostros de los jóvenes que marcharon. Lo mismo ocurre con la Ramona Parra, hay escritos, quedan algunas imágenes. En cambio, hay una escena que hasta hace poco no tenía versión escrita, una escena que ocupa un lugar central en los recuerdos de los que fueron testigos o confidentes.

Pasó en Valparaíso. En esos años era frecuente que hubiera en el puerto barcos norteamericanos. Una noche, en plena guerra de Vietnam, Danilo, que no podía tener más de veintidós o veintitrés años, se introdujo en uno de esos barcos y sin ser visto por la tripulación sacó la bandera norteamericana y puso en su lugar la bandera del adversario… Al otro día, todos los habitantes del puerto se encontraron con esa imagen insólita de un barco norteamericano con su flamante bandera vietnamita.

¿Quién hace algo así? ¿Cómo era el barco? ¿Era un barco o un bunker? Habrá sido una odisea llegar hasta ahí. Danilo habrá remado en alguna pequeña embarcación de esas que todavía se ven en el puerto. ¿Estaba solo o acompañado? ¿Alguien lo habrá ayudado? ¿Algún amigo? ¿Un pescador?

Para quien conoce el puerto de Valparaíso, es imposible no imaginarlo en la noche. El ruido del agua. La madera que cruje. Los cerros. Los faroles. El barco que se acerca y la bandera… disimulada en una chaqueta de cuero.

Se puede ignorar otras cosas sobre su persona, características físicas que permiten reconocerlo entre muchos. Por ejemplo, que en su rostro sobresalen los ojos y que esos ojos (negros de cejas gruesas) miran fijo cuando miran. Pero incluso ignorando mucho o todo sobre su persona, lo que este hombre hace se ve.

Le llega a la gente.

Le entra por los ojos.

Lo que sobresale es una parte de la escena: la bandera vietnamita amanece en el barco norteamericano.

Una hazaña sin autoría.

Danilo puede tener alma de justiciero pero no firma. La firma es la hazaña. Eso que para bien o para mal, según las circunstancias de la vida, solo él parece capaz de hacer.
De ahí que algunos piensen que Danilo es el caso raro de una gloria anónima. Su nombre se conoce dentro de algunos círculos (artísticos, militantes). También lo conocen los estudiosos del muralismo. Los estudiosos son quizás los más empecinados en no dejar que se borre su nombre de la historia de los muros. Pero la mayoría de la gente solo conoce obras y las identifica bajo firmas colectivas: BRP, Chacón.

Esto es una característica del trabajo muralista tal como se dio en Chile en los años 60 y 70. El énfasis estuvo puesto en lo colectivo. A partir de los 80- 90, personas que habían sido miembros de diversas brigadas muralistas desarrollaron también un trabajo en calidad de artistas y en nombre propio, tanto dentro como fuera de Chile. No fue el caso de Danilo ni de varios compañeros con los que compartió una misma pasión por la gráfica.
En cualquier circunstancia, Danilo prioriza el proyecto que defiende a través de lo que sabe hacer. Que esté en un lugar o en otro, acompañando tal o cual formación política, o trabajando con tal o cual persona, se relaciona con eso: con su convicción respecto a la viabilidad de un proyecto que abarca a otros.

Si Danilo estuviera solo, absolutamente solo, si no creyera ya en el trabajo colectivo, si no pensara que una transformación de la sociedad en la que participa es posible, no podría vivir. Moriría.

DANILO (EL HACEDOR DE PAPELÓGRAFOS)
Antonia García Castro
Editorial Cuarto Propio, 2017, 172 páginas.