Creo que cuando la Iglesia habla de sexo no tiene razón. Cuando otros hablan para decir lo contrario de lo que ha dicho la Iglesia creo que tampoco tienen razón. Pienso que, respecto al sexo, no se puede tener una opinión sin equivocarse. De hecho, el sexo no requiere opiniones. Rechaza toda idea de naturaleza abstracta y general. Las ideas no se pueden construir sobre todo, y el sexo es un buen ejemplo de ello.

Por eso en este artículo no pretendo dar una serie de ideas y opiniones sobre el sexo, sino una serie de notas en desorden, que a menudo tal vez se contradigan entre sí.

Una de las cosas más funestas que se dan hoy es la rápida y excesiva cantidad de palabras que han invadido el territorio del sexo, y el excesivo interés por este tema. Sucede que el sexo no es propiamente un tema, y cuando se oye hablar de él se tiene enseguida la sensación de que es algo diferente a aquello de lo que se está hablando. Los discursos sobre el sexo generan una confusión inmensa, y una profunda sensación de cansancio e incluso de hastío, y uno desearía no volver a oír hablar en su vida de problemas sexuales. Pueden decirme que ese hastío lo siento yo porque soy vieja, pero creo que ese tedio está extensamente difundido y es compartido por las personas más variadas. Para recordar qué es en realidad el sexo, estamos obligados a despejar el suelo de toda esa flora y fauna de las palabras.

Algunas palabras que me han parecido verdaderas, a propósito del sexo, las ha escrito Cesare Garboli en un prefacio a un libro de dibujos de Giovanni Testori. El sexo es sordo, ciego y mudo, pero aun así, pretende comunicarse.

Al ser el sexo ciego, sordo y mudo, está inmerso en la oscuridad y en el silencio, y es estricta propiedad del individuo como muy pocas otras cosas en el mundo. Estricta propiedad del individuo pero sedienta de un prójimo, e infeliz si no lo encuentra. Por eso es insensato convertirlo en objeto de debates públicos, extraer de él argumentaciones y deducciones de naturaleza política o gastar palabras en decidir si es algo bueno y digno, o sórdido e indigno, ya que en sí no es ni lo uno ni lo otro, yace en el silencio y reclama la intimidad o la oscuridad. En los debates públicos, sobre esta oscuridad se proyectan reflectores y graznan voces. Es verdad que el sexo escapa a los reflectores y a las voces, conservando su propia calidad orgullosa, muda y secreta, pero todo eso rezuma imbecilidad por doquier.
En relación con el sexo, todas las aserciones que se proponen señalar un comportamiento general son falsas. Falso es afirmar que el sexo tiene todos los derechos y todos los privilegios, falso afirmar que no tiene derecho o privilegio alguno y que su libertad debe ser estrangulada. Es imposible formular en abstracto una férrea ley moral que defina para todos y para siempre cuál debe ser en relación con el sexo el comportamiento humano. Pero las palabras «Ama al prójimo como a ti mismo» son tan auténticas aquí como en cualquier otro lugar y nos dicen cómo en el acto sexual es preciso pensar en el otro. No mentir, no traicionar, no humillar, no dominar: estos son los propósitos que una persona debe mantener con toda su alma en las relaciones sexuales como en cualquier acto de su vida. En el acto sexual somos habitualmente dos. Por eso cuando se invoca la libertad sexual, quizá nos olvidamos de que la libertad sexual no puede ser total y absoluta si nos hemos propuesto no hacer daño a ningún ser vivo. Está condicionada a los otros como cualquier otra libertad.

En el sexo existen los acontecimientos y los juegos. La importancia que tienen los juegos sexuales es en general mínima, ya que los juegos sexuales se parecen a cualquier otro juego. Cuando en las relaciones sexuales intervienen más de dos personas o solo una, se trata de juegos. El juego es infancia. De vez en cuando es una cuestión de entretenimiento, de soledad, de inventiva o fantasía, de angustia, pero no es un acontecimiento, al no haber en él ni felicidad ni dolor. En el sexo, la felicidad y el dolor aparecen únicamente cuando hay dos personas frente a frente. Del mismo modo, también el bien y el mal aparecen, en el sexo, cuando hay, frente a frente, dos personas, que pueden hacerse el bien o el mal recíprocamente. En el sexo, todo lo demás es juego, y tal vez no merezca la pena hablar de ello.

Muchas veces, también entre dos personas el sexo es juego. Muchas veces, los dos no sienten nada el uno por el otro y lo que buscan es el entretenimiento. No hay entonces un «acontecimiento sexual», sino de nuevo simplemente un juego, y la unión de los dos es entonces semejante a un partido de tenis, o una partida de ajedrez. Reclamar la libertad sexual, en abstracto, significa invocar la libertad de jugar al tenis o al ajedrez cuando nos apetece. ¿Es algo que se puede reclamar? Sí, pero seguramente no vale la pena armar tanto alboroto. Se desea la libertad de jugar al tenis como se desea cualquier otra libertad.

Nada más acabar de escribir las últimas palabras ya no me parecen tan verdaderas. Entre los juegos sexuales y las partidas de ajedrez o los partidos de tenis hay una diferencia fundamental. En los partidos de tenis solo interviene el cuerpo, en las partidas de ajedrez intervienen la astucia y la inteligencia. Pero en los juegos sexuales siempre interviene de alguna forma nuestra alma.

Nosotros queremos defender nuestra alma, no queremos que nadie la maltrate, la apague, la mate, la pierda. Los vínculos entre el sexo y el alma son inexplicables, pero estrechos, indisolubles y profundos. Los católicos dicen: “Nuestro cuerpo es el templo del espíritu santo”. Estas palabras también tienen un sentido para los no católicos. Los no católicos quizá formulen de una forma diferente el mismo pensamiento. Quizá digan: “Me debo respeto a mí mismo, no quiero arruinar mis días, ajarme y destruirme en fríos jueguecitos sexuales”. No sé qué dirán. Pero las palabras “templo del espíritu santo” también en los oídos de los no católicos suenan extrañamente verdaderas.
A mi parecer, en lo que dice la Iglesia a propósito del sexo es indudablemente verdad una cosa, que las relaciones sexuales tienen un significado cuando entre dos personas hay amor. Se trata de una verdad tan antigua como el mundo, pero hoy es habitualmente ignorada o tomada a mofa. Sin embargo, lo que la Iglesia no dice, y me parece esencial, es que las relaciones sexuales tienen un significado cuando hay amor incluso solo en una de las dos personas que las están viviendo. ¿Por qué es suficiente que exista el amor en uno de los dos para que el acto sexual se convierta en un acontecimiento y deje de ser un juego infantil? ¿Por qué es suficiente que uno de los dos conozca la felicidad o el sufrimiento en el acto sexual, o ambas cosas, y coloque al otro en el centro del universo, para que el acto sexual se convierta en un acontecimiento dramático, aunque el otro responda con la indiferencia o con el juego? ¿A los ojos de quién se convierte en algo dramático? A los ojos de Dios, para aquellos que creen en Dios, y para los que no creen en Él, se convierte en un acontecimiento dramático porque emite a su alrededor una extraña especie de resplandor.

De los juegos sexuales no valdría la pena tal vez hablar si ahora no hubieran invadido el mundo. Si han invadido el mundo es porque hoy la gente desea agazaparse en una condición infantil. De los acontecimientos sexuales la gente tiene miedo, porque son dramáticos, están cargados de consecuencias, impregnados de felicidad o de infelicidad. La gente los teme como teme a los dragones. De este dragón que es el sexo, o de esta águila o halcón, han hecho una gallina cacareante, y la tienen aleteando en sus patios. Por lo cual cuando debaten sobre el sexo, parecen hablar de gallinas; se preguntan si recibirán o no los huevos que exigen, si obtendrán su porción de orgasmo, y hablan de eso lo más alto que pueden para no tener miedo. Van a ver películas pornográficas tal y como se va a ver los criaderos de pollos.

Goffredo Parise escribió hace unos días un artículo a propósito de la pornografía. Decía que la pornografía es una forma de conformismo y que de eso proviene su carácter tétrico. Sí, pero su carácter tétrico no solo proviene de eso. Proviene del hecho de que los criaderos de pollos son tétricos. Cuando una película de contenido pornográfico alcanza la esfera del arte, se desvanece inmediatamente el aire sofocante del gallinero e irrumpen los dragones. Se desvanecen los patios y cualquier inmóvil juego de infancia. El arte es adulto, y arrastra consigo el bien y el mal, el dolor y la felicidad, y la realidad.

En lo que dice la Iglesia a propósito del sexo hay algo que me parece realmente equivocado, y es señalar la procreación como único fin verdaderamente legítimo del acto sexual. Respecto a esto, uno tiene la impresión de que la misma Iglesia, cuando lo dice, no lo cree en absoluto, y que habla de ello siempre con indecisión y de forma insegura. Pero afirmar que el fin del acto sexual es el placer es también equivocado, o mejor dicho, se refiere tal vez al juego sexual, pero no ya al acontecimiento sexual, que es otra cosa. A mi parecer, el acontecimiento sexual no tiene ningún fin claro, ningún fin definible con palabras. Si su fin fuera la procreación como dice la Iglesia, no se comprende qué significado tendría el acontecimiento sexual entre homosexuales. Es verdad que, según la Iglesia, un acontecimiento sexual entre homosexuales es un pecado en cualquier caso y está fuera de discusión. Y sin embargo, me parece que también la Iglesia ha comprendido oscuramente que un acontecimiento sexual entre homosexuales puede convertirse en dramático por el amor y que, desde este punto de vista, es idéntico en su significado y su valor a todo acontecimiento sexual y diferente de los fríos y pequeños juegos que se practican humillando la propia alma.

El acontecimiento sexual, pues, no tiene ningún fin, y no quiere tener ninguno. Pero las cosas más elevadas de nuestra existencia, como el arte, la poesía o la música, no tienen ningún fin visible y tangible y, cuando quieren tenerlo, inmediatamente parecen empobrecidas y despreciadas. Lo mismo ocurre con el acontecimiento sexual, que resulta empobrecido y despreciado cuando se le impone un fin. El acontecimiento sexual es, como todas las cosas más elevadas y resplandecientes de nuestra existencia, en su naturaleza real y en sus momentos más preciosos y felices, absolutamente inútil.

Dicen que el sexo tiene una función liberadora, que es como un arma destinada a desacralizar los tabúes y a vencer todo tipo de represión social. Pero las represiones sociales no se vencen con las gallinas. Cuando se habla públicamente del sexo, no reconocemos en las gallinas de las que se habla a los dragones, los tigres o las águilas, de los que sabemos, aunque no podamos dilucidarlos con palabras, las oscuras leyes privadas y mudables, las imperiosas determinaciones, los vínculos extraños y secretos con nuestra alma, y su misterio.