Hay gente muy preocupada. Consideran que si pierde su candidato lo que vendrá será un desastre. Unos ven la ruina económica, la degeneración de las instituciones, el caos de la izquierda latinoamericana. Otros, el despertar de un monstruo pinochetista, reaccionario y neoliberal, una especie de monja antiaborto enemiga hasta de la más mínima seguridad social. Estos aterrados a medida que pasan los días disminuyen, y los que insisten suelen ser bastante mayores de edad. Abundan más en la derecha que en la izquierda por dos razones: porque ahí hay más riquezas que proteger y porque el miedo es una característica del mundo conservador. El miedo al libertinaje, a la locura, a lo misterioso. La historia, dicen, les ha demostrado una y otra vez que el camino conocido es el más seguro, y por eso cuando advierten acerca de los peligros de las reformas se equivocan poco. De allí que abunden quienes con el paso de los años se van poniendo conservadores. La calma y la innovación se llevan mal. Las transformaciones requieren compromiso y energía para ser llevadas a cabo. Los conservadores de izquierda, por su parte, necesitan mantenerse fieles a sus prejuicios, los que muchas veces confunden con “principios”. Temen que si el contrincante no es lo explotador y autoritario que ellos requieren, sus propias ideas sean menos urgentes y combativas, arriesgando volverlos “amarillos”. En lugar de mantenerse atentos a las preguntas – “mi intención no es reconstruir la historia de las soluciones; lo que me propongo es elaborar la genealogía de los problemas, de las problemáticas”, aseguró Foucault en su última entrevista- se aferran a las respuestas aprendidas.

Al menos a mí me resulta evidente que no es una grieta ideológica sino generacional la que se ha instalado en la política chilena. Entró con fuerza un equipo de relevo que está teniendo conversaciones a las que no acceden sus antepasados. En su poema Envejecer, Silvina Ocampo escribió: “El tiempo transcurrido nos arrincona;/ nos parece que lo que quedó atrás tiene más realidad/ para reducir el presente a un interesante precipicio”. Cuando Melnick o Villegas dicen ver en la actualidad un clima parecido al de 1970, lo único que confiesan es que sus recuerdos están más vivos que sus ojos y orejas. ¿De verdad piensan que entre Allende y Alessandri había una disputa parecida a la que vemos entre Guillier y Piñera? ¿Que la revolución socialista impulsada por la UP ha vuelto con el Frente Amplio? Hay nostalgias imaginarias, y posiblemente más de algún joven izquierdista quisiera que fuera cierto, pero no es así. Si en lugar de escuchar sus viejos vinilos procuraran sintonizar la radio, escucharán más reaguetón que canto nuevo. Los protagonistas de la era concertacionista, al no entender tampoco lo que ocurre, también sufren desasosiego. Nadie les pregunta qué hacer, nadie les pide socorro, nadie acude a su experiencia, y aunque soy un convencido de que habría muchísimo que aprender de ellos, todo líder es de algún modo un hijo pródigo. Jaime Bellolio, Gabriel Boric, Giorgio Jackson, Vlado Milosevic, Felipe Kast, saben que hay una nueva conversación en curso. Que no se están matando entre ellos. Que está comenzando un nuevo entendimiento.

Las corrientes del pasado están chocando con las del futuro en estas elecciones presidenciales, formando aguas bobas. Ninguno de los dos candidatos está interpretando la música que esta fiesta reclama. Cualquiera sea el que gane, gobernará un mundo político desobediente. Se ha dicho hasta el cansancio: hay algo que muere, y algo que no termina de nacer.