El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez ha publicado siete novelas y un libro de cuentos, ahora ha llegado para él un momento de parar, reflexionar y firmar el ensayo “Viajes en un mapa en blanco” a modo de mensaje en una botella para que sus lectores conozcan las coordenadas donde encontrarlo.

“Un novelista que escribe ensayos es una especie de proselitista secreto de sus propios libros. Los ensayos son nuestra manera de averiguar cómo son nuestros propios libros, (…) es una manera de descubrirte a ti mismo cono novelista y de mandarle al lector mensajes subrepticios, sobre cómo nos gustaría ser leídos”, dijo Vásquez a Efe.

“Viajes en un mapa en blanco” (Alfaguara) es una reflexión que tiene como punto de partida Cervantes y su Don Quijote que, para el escritor nacido en Bogotá hace 44 años, es la gran novela fundacional, la que le dio al género las características y el tono que lo definen.

“Don Quijote forma parte del mismo momento de descubrimientos y revoluciones en todos los campos del conocimiento humano que también vio por ejemplo el nacimiento de un nuevo continente al otro a lado del océano y vio cómo la Tierra dejaba de ser el centro del universo”, explica Vásquez.

Todos esos descubrimientos considera que “cambiaron radicalmente la manera de ver el mundo y la novela forma parte de los descubrimientos”.

Ese es el punto de partida sobre el que construye su libro, un ensayo que para él es su forma “de mandar mensajes para que puedan encontrarlo”.

“Queremos, al escribir ensayos, organizar una tradición, inscribirnos dentro de una tradición, fundar una familia de libros que son parientes y amigos de los libros que escribimos”, comentó un Vásquez por cuyas páginas transitan también Lázaro de Tormes, León Tolstói, Marcel Proust y sus maestros del “boom” latinoamericano.

En las páginas reflexiona acerca de muchos de esos maestros y concluye que “son una mina” no suficientemente agotada y agrega al ser preguntado por esa coordenada que “la novela puede muy bien ser una manera de conocimiento del pasado, que es irremplazable”.

“Ningún otro genero, ningún otro de los inventos que hemos desarrollado los seres humanos para explorar lo que ya pasó y lo que no está con nosotros nos permite la profundidad en el conocimiento de nuestras zonas invisibles, de las zonas morales, emocionales de los seres humanos que permite la novela”, sostiene Vásquez.

Y agrega: “Es sólo a través de la ficción que podemos saber lo que pasó en las guerras napoleónicas, cómo se sentía un hombre o una mujer que vivía en ese momento cuya vida fue afectada por las guerras napoleónicas”.

Por eso y en pleno siglo XXI de redes sociales y mensajes fugaces apuesta por un “libro que defiende una serie de valores que pueden ser antitéticos o incluso radicalmente opuestos a los que defienden nuestro mundo contemporáneo”.

Para Vásquez, la lectura de novelas, que elogia en su libro de manera explícita, “parte de una base de cierta concentración de las conveniencias durante un periodo que es muy largo con la misma voz, la misma conciencia y las mismas ideas”.

“Sólo ese hecho de pensar lo mismo durante un periodo sostenido de tiempo es algo a lo que nuestro siglo XXI parece alérgico”, asegura.

Por todo ello considera que su último libro es también “un lamento por la situación difícil y de tensión en que se encuentra este aparato, la novela, la ficción en prosa en un mundo” como el actual.

Vásquez también guarda un buen espacio para reflexionar sobre los autores latinoamericanos que pusieron la región en el mundo literario y cómo miraron a la otra orilla del español.

“Cuando Gabriel García Márquez comenzó a escribir su primera novela no lo hizo montado sobre los hombros del último gran novelista colombiano, sino de William Faulkner y el siguiente sobre los hombros de (Ernest) Hemingway y no de la tradición de su lengua”, recuerda Vásquez a Efe.

Eso mismo hicieron Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, una riqueza que es lo que le importa y simboliza “el derecho de construir” y de “crear” a sus precursores.

Por eso a él le gusta sentir la libertad de que sus novelas “tienen tanto de Vargas Llosa y (Juan Carlos) Onetti, como de (Joseph) Conrad, (Fiódor) Dostoyevski, (Miguel de) Cervantes y (William) Shakespeare”.

“Esa libertad para construir una familia literaria que nos acoge, a la que ansiamos pertenecer creo que es uno de los grandes legados del ‘boom'”, agrega.

Una coordenada clave que ayuda a ubicar a uno de los autores que se ha puesto en la vanguardia de la nueva ola de escritores latinoamericanos.