Desde el fin de la dictadura he votado siempre por los candidatos o candidatos de la Concertación o la Nueva Mayoría, incluso en las parlamentarias y CORES de este año. Más aún, he apoyado, en general críticamente pero apoyado al fin a sus gobiernos. En la primera vuelta de noviembre de este año, por primera vez no voté por el candidato presidencial de esas filas. No lo hice, no porque tuviera problemas con el candidato, sino con las fuerzas que lo apoyaban: se habían farreado al mejor candidato posible que era Ricardo Lagos, sus partidos habían perdido consistencia y capacidad de liderazgo y ya no estábamos frente a un proyecto de envergadura. Para ser coherente con mi opción no me refiché en el Partido Socialista, aunque tampoco renuncié explícitamente esperando en el futuro alguna recuperación de su capacidad para volver a ser el partido más importante de la historia contemporánea en Chile. Voté por Beatriz Sánchez, porque me interesaba que el Frente Amplio obtuviera al menos el tercer puesto, de manera de asegurar que en el futuro la izquierda chilena tendrá dos grandes expresiones y que la problemática central de ese futuro será la relación entre dos campos: uno más clásicamente socialdemócrata y con contactos con el centro político y otro una socialdemocracia radical o neo socialdemocracia que plantea transformaciones más profundas y una nueva relación con la ciudadanía. No tuve nunca dudas que votaría en segunda vuelta con absoluta convicción por quien obtuviera la segunda mayoría en primera vuelta.

Si hago este recuento personal es sólo con el fin de mostrar una trayectoria que puede haber sido la de muchos otros y sacar las conclusiones no sólo para la segunda vuelta, sino para el futuro cualquiera sea el resultado de ésta.

Las elecciones de este año permiten sacar varias conclusiones, algunas de las cuales he expuesto en un artículo publicado en Le monde Diplomatique de Argentina (Chile más polarizado. www.manuelantoniogarreton.cl ). La primera es que reafirmaron el carácter fundacional del gobierno de Bachelet convirtiéndose, más allá de sus problemas, en el gobierno más importante desde el regreso de la democracia. Al cambiar los parámetros de la discusión, los proyectos de gobierno hacia adelante, tendrán que optar obligadamente entre la neutralización y retroceso de los cambios iniciados, por un lado, o su continuidad y profundización por el otro. En ambas opciones hay diversas posibilidades, pero el gobierno de Bachelet marcó el sentido de los nuevos clivajes de la sociedad chilena: consolidar, con correcciones quizás el modelo socio-económico, político y cultural de las última décadas, o superarlo gradual pero consistentemente, haciendo predominar por sobre los principios de mercado, particularistas y del dinero, los intereses públicos, colectivos, sociales y de los derechos ciudadanos. Entre las grandes cuestiones en que se expresa esta polaridad de la sociedad chilena están, los cambios en los sistemas de pensiones y educativos, en el modelo productivo y medioambiental, en la regionalización y en el reconocimiento y autonomía de los pueblos originarios, en la ampliación de las libertades y drástica reducción estructural de las desigualdades, y en la expresión de todo ello en una nueva Constitución a través de mecanismos institucionales que permitan la movilización de la voluntad popular.

En segundo lugar, si bien en estas últimas elecciones pareciera haberse terminado el binominalismo electoral, la derecha consolida su posición en torno al 44% en la elección presidencial (mismo porcentaje del plebiscito de 1988), y sigue presentándose, con algunas tímidas apariciones más de centro, como el baluarte de la sociedad basada en los principios del mercado, la desigualdad y el predominio del dinero y los intereses privados. Esto es la candidatura de Piñera y sus propios rasgos personales son la expresión palmaria de ello. Pero el otro campo que se constituía en el sistema binominal aparece fragmentado. Si bien el plano parlamentario sigue existiendo un centro político como la Democracia Cristiana, sus profundos errores estratégicos, la ausencia de un proyecto que no sea la nostalgia del hegemonismo la han hecho desaparecer prácticamente cuando se examina la elección presidencial. Y, a su vez, como indicábamos el campo de la izquierda propiamente tal aparece dividido en dos fuerzas muy semejantes en su capacidad de convocatoria en la primera vuelta.

De modo que quien encarna la posibilidad de continuar con el proyecto transformador del gobierno de Bachelet y superar la sociedad heredada de la llamada “transición”, que a su vez fue herencia de la dictadura pese a los grandes avances hechos, son la izquierda de la ex Concertación y la nueva izquierda expresada en el Frente Amplio. Pero los resultados de la elección presidencial definieron que quien lidere este campo de oposición al proyecto restaurador y conservador que encara la candidatura de Piñera, sea Alejandro Guillier con los partidos de su candidatura de la primera vuelta y los que se han agregado en esta segunda vuelta. Y es por ello que no estamos ante un mal menor, sino ante la mejor opción posible hoy, porque no hay otra: o la derecha y Piñera o Guillier y los partidos que lo apoyan, principalmente la izquierda más clásica de este período: socialistas, comunistas, PPD y en menor medida radicales, con un apoyo forzado de la DC. Pero es evidente que el proyecto que este sector encarna parcialmente no podrá realizarse si no triunfa en la segunda vuelta, para lo que requiere el apoyo electoral de todas las fuerzas de izquierda que tuvieron sus propios candidatos en la primera vuelta. De ahí la enorme responsabilidad del Frente Amplio de jugarse al máximo por convocar a su electorado a este apoyo, en el entendido que hay un compromiso claro de Guillier, y no me cabe duda que lo hay, y de los partidos que lo apoyan, con poca capacidad de liderazgo y representación, de avanzar en la superación del modelo socio económico, cultural y político. Pero también su responsabilidad en el caso de ganar,consiste en ser el acicate permanente, por un lado, y el opositor leal por el otro que busca la materialización de un proyecto que hoy le toca dirigir a otros pero del cual será sin duda continuador y profundizador en el futuro.

Y si Guillier pierde en la segunda vuelta, ambas izquierdas estarán obligadas a repensarse para constituirse en una mayoría sólida, que con sus propias especificidades e identidades retomen el proyecto inacabado de cambio iniciado en este gobierno. Y en ambos casos las dos izquierdas tienen además de resolver su problemática pero ineludible relación, encarar, por vías diversas pero complementarias, la actual ruptura entre la política institucional y los actores sociales que en estas elecciones no logró superarse.