El acercamiento entre Guillier y el Frente Amplio en las últimas semanas ha sido evidente. Beatriz Sánchez y Jorge Sharp ya entregaron su voto. También han hecho un llamado explícito a sumarse a la candidatura personajes como Raúl Zurita, Tomás Moulián y Chantal Mouffe, aduciendo razones históricas, ideológicas o estratégicas para votar por Guillier. La idea es que un gobierno del abanderado oficialista podría significar un paso en el camino correcto, aunque sea modesto. Rodrigo Ruiz es más enfático: “La Nueva Mayoría tendrá que seguir estableciendo los puntos en los cuales quiere o no quiere converger con una agenda de cambios democráticos como la que se ha propuesto”. Todo indica que terminará votando por él, pero luego de haber tomado la mayor cantidad posible del discurso frenteamplista.

Efectivamente, Guillier está usando las mismas banderas de la nueva izquierda: educación, salud y pensiones; derechos universales y conquistas sociales. Pareciera dibujarse de este modo un horizonte compartido entre ambos conglomerados, cuya diferencia residiría en una cuestión de velocidad. El Frente Amplio está viendo en esto una victoria estratégica. Una manera de llegar al gobierno sin haber ganado las elecciones, estando presentes a través del discurso, con las mismas reivindicaciones. Sin embargo, esto es sólo la mitad de la historia, ya que también debe preocuparles que una mala implementación signifique el desgaste de ese discurso. Difícilmente esas banderas de lucha resistirán dos gobiernos seguidos que las desacrediten. Como diría Nietzsche, “una de las formas más pérfidas de dañar a alguien es defenderlo adrede con los peores argumentos”. Lo mismo vale para las ideas. Se podría decir que las reformas más cuestionadas de Bachelet terminaron por quitarle fuerza a la concepción de las mismas. Una política mal implementada genera un rechazo a la idea que la concibió, siembra la desconfianza ante una promesa que antes no necesitaba ser justificada.

En cierta forma, a los grupos emergentes les toca disputar en el campo semántico contra los conglomerados hegemónicos, haciendo ver que sus banderas son propias y significan una cosa y no otra. En este caso, al Frente Amplio le significa un desafío importante que el candidato de la Fuerza de Mayoría, con todas sus ambigüedades, termine mimetizándose en el discurso, pero brindándole un contenido que no comparten. La discrepancia que ha mostrado Guillier con su equipo económico en torno al CAE, por ejemplo, genera una tremenda incertidumbre en esa política. Si se adhieren al discurso nebuloso del candidato independiente, podrían perder una batalla importante. Estarían izando banderas usadas y a maltraer.

En fin, la segunda vuelta representa un desafío más importante de lo pensado para el Frente Amplio. Aunque el conglomerado ha sorprendido en su debut, sigue estando en juego su proyección en el tiempo. Y, en ese sentido, el próximo gobierno no es un tema

*Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad