El Diario El Mundo narra lo difícil que es ser refugiado y mujer. Muchas mujeres optan por usar pañales para hacer sus necesidades, por temor de ir al baño y ser violadas. Son mujeres que huyen de la guerra y en Europa se encuentran con más violencia y discriminación.

“Alguien me detuvo y me pidió que tuviera relaciones sexuales con él y me dijo que me pagaría”, dice a Humans Right Watch (HRW) una mujer yemení de 31 años que quiso mantener su anonimato. Las víctimas no denuncian por temor a represalias y por falta de amparo legal.  En casos de violencia de género las mujeres que carecen de documentación regularizada y pretenden denunciar los hechos también se arriesgan a ser detenidas y deportadas.

“Nuestra experiencia es que las mujeres refugiadas que viajan solas corren mayor peligro de verse obligadas a prostituirse, porque no tienen una red de familiares que la protegen,” asegura Nikitas Kanakis, presidente de la sección griega de Médicos del Mundo. A juicio de Kanakis, una simple fórmula para dar más seguridad a las mujeres en los campos pasaría por iluminar los callejones.

La insuficiencia de inodoros es otra de las lacras presentes en los campamentos, y aunque también afectan negativamente a los hombres, son las mujeres las que más sufren por ello. En los testimonios recogidos por varias ONG las mujeres relatan que se han encontrado heces en la ducha, un lugar donde se quitan el hiyab para asearse. La presencia de los excrementos provoca síntomas que van desde erupciones cutáneas hasta irritaciones urinarias.

Wahida, una joven afgana, relata que en las duchas de Moria, en vez de limpiarse, debe preocuparse por no ensuciarse, ya que la gente lo usa como un lavabo.

Para las embarazadas la situación es aún mas extrema, Rasha, originaria de Siria, está cerca de dar a luz y todavía no ha recibido atención médica prenatal. A pesar de que el invierno ya ha llegado también a las islas, vive en una tienda de campaña: “Ir al baño es muy difícil, porque mi barriga es grande y hace mucho frío”.