“¿Qué lecciones deja la campaña electoral que acaba de concluir y el resultado que arrojó?”

Esa es la pregunta que hoy se hace Carlos Peña en su habitual columna en El Mercurio, y en la que afirma que es “inútil” tratar de ver de qué dependen las preferencias electorales del votante.

Basándose en la literatura, el abogado de profesión profundiza que “las preferencias políticas dependen de clivajes preexistentes, de las posiciones materiales o simbólicas que las personas poseen en la estructura social (esta fue la famosa tesis de Lipset y Rokkan). Por lo mismo, se seguía de esta tesis, si usted conoce los diversos clivajes (la literatura incluso los clasifica), usted podía predecir en grandes números la adhesión política”.

Agrega que “otra parte de la literatura, en cambio (por ejemplo las investigaciones de Lijphart), pone el énfasis en la agenda de temas de los partidos como la variable independiente que, solo parcialmente enlazada con el clivaje, tiene gran influencia en las preferencias de los ciudadanos”.

Bajo ese contexto es que Peña asegura que “los viejos clivajes de la sociedad chilena, la clase social, la adscripción religiosa, la ruralidad, etcétera, no son predictores fieles de la adhesión política ni hacen probable la adhesión a la agenda temática de los partidos. Y lo más seguro es que esos viejos clivajes importen cada vez menos”.

“La razón es tan obvia que parece majadero recordarla”, lanza el rector de la UDP de entrada para manifestar que “lo que ocurre es que la sociedad chilena se ha modernizado (y aunque la izquierda se avergüence, ello fue su obra). Y como la literatura lo muestra hasta el hartazgo, cuando eso ocurre (cuando las condiciones materiales de la existencia cambian) los seres humanos se individualizan, la vida se vuelve más electiva, se desancla de aquello que antes permitía definirla, y los ciudadanos se vuelven más indóciles, su comportamiento rehúsa ser comprendido”.

Aunque afirma que todavía existe clivaje, Peña advierte que “ella no es una posición en el sistema productivo, sino una experiencia vital”, que, “se trata de la experiencia de haber cambiado la vida y sus condiciones materiales en breve lapso, accediendo a un bienestar que la propia memoria familiar no atesoraba. Esta experiencia vital es, por decirlo así, el clivaje simbólico, inmaterial, que influye fuertemente en el comportamiento y las preferencias de la ciudadanía”.

En este punto, el autor del escrito concluye que “por derogar esa experiencia vital, la Presidenta deberá entregar el poder por segunda vez a la derecha. Y por haber estado más atento y sensible a esa experiencia vital (apagando el tonto aristocratismo que se anida entre algunos carcamales de la derecha), Piñera obtuvo la votación que obtuvo. Esa es la principal lección de esta campaña”.

“Es de esperar que la izquierda, cuando pase el infantilismo que suele acompañar a la derrota y que lleva a intentar explicaciones estúpidas (como que lo que parece derrota es en realidad un triunfo y tonterías como esa), abandone el aire religioso que ha llevado a parte de sus intelectuales a abrazar ideales puramente normativos, y principie a mirar de una vez por todas la realidad, que es la casa -y la prisión- de la política”, sentenció.