La derecha que le gusta a Manuel José Ossandón parece ser la del buen patrón, la de esos dueños de campo preocupados por sus animales y cosechas, pero también por sus inquilinos. Mi abuelo paterno era así: cada mañana salía a recorrer los potreros, revisaba que las cercas estuvieran firmes, las acequias destapadas y el ganado con forraje. Si alguno de los trabajadores o sus parientes estaba enfermo, procuraba llevarlos al consultorio o conseguir un doctor que los visitara. Él mismo era médico, pero con el tiempo dejó de confiar en sus diagnósticos. Por las tardes se sentaba en el living de la casona de adobe -que a causa de los terremotos fue perdiendo amplitud y dependencias- a rezar el rosario con mi abuela. Los “Santa María madre de Dios” que recitaba él, se montaban encima de los “Dios te salve María” con que respondía ella a tal velocidad que en pocos minutos llegaban al gloria, el salve y las jaculatorias. Mi abuela no festejaba su cumpleaños, sino su santo. El día de Santa Rosa llegaba el obispo y hacía una misa para la familia y los campesinos, que hasta fines de los años 80 todavía tenían mucho de siervos de la gleba. Se mataba un ternero que patrones y trabajadores comían juntos, pero no revueltos. Las carnes sobrantes eran colgadas al sol cubiertas de sal. “A nadie le puede faltar ni techo ni tumba”, decía él, y por eso cuando vendió el campo, compró en el pueblo una casa y un mausoleo para cada familia.

Cuando estuve en Birán, la hacienda de don Ángel Castro, el padre de Fidel, creí entender que de ahí venía su idea de Revolución: una sociedad de trabajadores indistintos bajo la protección de un buen patrón. Según el poeta cubano Rafael Alcides, Fidel no hizo otra cosa que arrancar las empalizadas de su herencia. Y cambió el cristianismo jesuítico por el marxismo comunista.
Esa derecha de Ossandón, a la que él mismo llama “social” -queriendo decir que está comprometida con la pobreza y callando que emana de una conciencia de clase-, es también la de Carlos Larraín, pero no la de José Antonio Kast ni la de los Chicago Boys. Estos últimos son hijos de la dictadura pinochetista y no de la fronda. En ellos los dólares reemplazaron la tierra y la ideología neoliberal sustituyó las tradiciones. El poder de la sangre sucumbió al de la pólvora. Estos derechistas paridos por el régimen militar –fascistas chilensis- se emparentaron con los otros a través de la religión y los negocios. El Opus Dei y los Legionarios de Cristo fueron los templos en que se desarrolló el culto al modelo, y arrodillados bajo una cruz como la que indica el lugar del tesoro en un mapa, autócratas y aristócratas se confundieron.

Esos campos quedaron atrás y muchos de los descendientes de sus inquilinos estudiaron carreras técnicas o profesionales. Uno de los hijos del Lolo -el encargado de la lechería en el fundo de mi abuelo- se convirtió en bailarín del Teatro Municipal. Ya está en el parlamento una generación nacida después del plebiscito de 1988. El padre Maciel resultó ser un yonqui lujurioso ante quien el Marqués de Sade parece un niño de pecho. Ningún apellido ni creencia concita un gran respeto. El socialismo dejó de ser una alternativa viable, de modo que, en mayor o menor medida, hasta los comunistas son hoy capitalistas.

¿Contra qué y a favor de qué luchará la derecha que acaba de ganar las elecciones? ¿Seguirá siendo la representante política del empresariado o ahora que recibe menos dinero de ellos producto de las nuevas leyes se permitirá contradecirlos? ¿Romperá con la clase alta para multiplicar los apellidos que invite a La Moneda o recurrirá nuevamente a los colegios de siempre? ¿Qué papel jugará Evopoli?

Hasta aquí, el presidente electo ha hablado mucho de unidad y de acuerdos, pero poco en torno a qué proyectos los buscará. ¿Y si dijera, por ejemplo, que quiere hacer de Chile una tierra donde todos tengan iguales posibilidades de emprender, donde ninguna creencia ni costumbre se impondrá sobre otra, donde se buscará desconcentrar al máximo el poder? Ok., es cierto, para hacerlo muchos de ellos tendrían que nacer de nuevo. O tomar la posta otros que nacieron después.

Me gusta imaginar que esto sucede, para que la izquierda extraviada se salga a buscar sin creerse mejor que nadie.