Sin duda, “facho pobre” fue uno de los términos del año. Referido a las capas sociales bajas que se comportan -o quieren comportarse- como las más altas, reflotó cuando el desbordante triunfo de Sebastián Piñera en segunda vuelta demostró que sus votantes no eran exclusivamente ABC1, y que fue capaz de movilizar a otros estratos socioeconómicos a su favor.

El abogado y rector de la UDP, Carlos Peña, se cuelga de esta situación para analizar el concepto y la despectiva postura que toma la izquierda ante él en su habitual columna dominical en El Mercurio.

“Se ha afirmado que las personas que, sin pertenecer a los sectores sociales de mayores ingresos, votaron por Piñera, lo habrían hecho enajenadas, fuera de sí y de su clase, motivadas por el arribismo, empujadas por simples deseos de asimilación, por el tonto anhelo, se atrevió incluso a agregar una actriz, de ser invitados al Club de Polo”, inicia Peña.

“Serían, se dice en las redes, ‘Fachos Pobres’. ‘Idiotas’, personas carente de capacidades cívicas, agregó un diputado. El argumento es similar al que alguna vez el ministro Eyzaguirre cuando sugirió, envuelto en un entusiasmo redentor (…) que el anhelo de los sectores populares y medios por escoger colegios privados no era más que una forma de arribismo, el resultado de la rara seducción que ejercían en ellos los nombres en inglés, el deseo de relacionarse con gente de pelo rubio o más claro”, complementa.

A juicio de Peña, “lo grave no son esos insultos”, sino “los prejuicios intelectuales y las convicciones de quienes lo profieren”.

A raíz de esto, expresa que “en ciertos sectores de izquierda, especialmente quienes tienen un origen burgués, impera el peor de los paternalismos: la creencia de que la gente de origen popular, cegada por su ignorancia, por sus torpes anhelos, entontecida por la publicidad o sus pobres ambiciones, no sabe lo que quiere y al momento de elegir traiciona sus verdaderos intereses”.

Cuando el izquierdista burgués, continúa Peña, no logra comprender la satisfacción que alcanza este sector por medio del consumo, y “se frustra porque él es alguien que necesita un pueblo que se sienta abusado para poder ser un redentor, acuña el insulto de facho pobre”.

“Pero no es un insulto en realidad, es solo la racionalización tonta e ignorante de una persona que no entiende por qué quienes él piensa que está llamado a redimir, se resisten a tanta bondad suya. Ese paternalismo no solo inspira el rechazo al consumo de masas. También alimenta la incomprensión de la sociedad contemporánea que tanto mal le está haciendo a la izquierda”, reflexiona.

Por último, agrega que el problema de denominar así a la gente que votó por la derecha “es de índole intelectual: una grave incomprensión de las transformaciones de la sociedad chilena, cuyos grupos medios reclaman reconocimiento de la forma de vida que cultivan y a la que aspiran, algo que la izquierda que dominó estos cuatro años, dominada por burgueses tardíos o culposos que ven en la izquierda una forma de apostolado, una misión redentora, un sucedáneo de la fe religiosa, no es capaz de comprender”.