Desde que publicó su primer volumen de cuentos, “Sobredosis”, en 1990, Alberto Fuguet ha estado en el ojo del huracán. Aún más: es probable que ningún otro escritor chileno contemporáneo haya sido sometido a la misma presión, mediática, crítica, social. Sus seguidores -un grupo numeroso y vociferante- consideran que su obra le ha tomado el pulso al Chile de la transición mejor que cualquier otra. Aducen que los anhelados sueños colectivos de antaño son un espectro que de vez en cuando se asoma, pero solo para, muy luego, retirarse. Pero si bien es cierto que en las novelas y cuentos de Fuguet prevalece el proyecto privado, entre otras cosas porque no es capaz de imaginar un proyecto público, lo que quizá obedezca a que el autor se concibe como un sujeto solitario -una suerte de Travis Bickle socialmente ajustado-, la verdad es que no termina de encajar en los grupos sociales que le ha tocado en suerte pertenecer.

“La meta acá es intentar hacer, del celuloide rayado, prosa”, escribe Fuguet al comienzo de “VHS”. Sigue: “es sacar de la alcantarilla las películas de terror. Es poner por escrito las cintas que tenían el tracking malo y parecían haber sido filmadas durante una tormenta de nieve. Lo que quiero hacer (…) [es] captar la textura de la experiencia, el aroma de las salas, la luz sucia que salía de los proyectores…”. Esta es una muy sincera declaración de principios. Quiere decir que en su vida no se adivina otra instancia formativa más crucial que el cine, que las películas.

En otras palabras: idea es contar la vida de un hombre solo, prácticamente inerme, que traduce la realidad según los filtros que le proporciona el cine. Por ello, “VHS” también es una crónica urbana de Santiago, una historia de las viejas salas de cine, que antes solían concentrarse en el centro de la capital.

El furioso llamado de una sexualidad prohibida -para más señas el homosexualismo- se agudiza con la cinefilia y los mensajes ambiguos que emanan de las películas norteamericanas, en particular de aquellas dedicadas al que hoy es un género en sí mismo: el “bromance”. Tal como lo cuenta Fuguet, sin pelos en la lengua, su deseo masculino contiene un rechazo absoluto a la sexualidad femenina (algo que ya había manifestado en “Sudor” y “No ficción”) y, en algunos casos, a las mismas mujeres. El de Fuguet es un mundo colonizado por hombres; y en los años 80, es un mundo de zorrones, exploradores sexuales que nunca abandonan el redil heterosexual. Este grupúsculo, dicho sea de paso, es para Fuguet objeto de deseo y repulsión.

Pese a ser un cronista urbano con un ojo aventajado para iluminar las zonas subterráneas de Santiago, Fuguet no tiene la paciencia o la disposición para analizar un objeto de la cultura por sus cuatro costados. Aun en sus momentos más analíticos, “VHS” es plana y poco seductora. Sus tesis de los caracoles (las arcadas chilensis) son livianas y no aportan mucho conocimiento. Ahora bien, los lectores de Fuguet saben que ese no es fuerte y él mismo lo aclara en el libro.
Queda claro, una vez leído “VHS”, que el Fuguet de la no ficción es bastante superior al escritor de cuentos y novelas: es directo, descarnado, consigue parecer genuino. Y, seguramente, el maestro chileno de las sensaciones primerizas, mejor escritor iniciático de este país.

VHS (unas memorias)
Alberto Fuguet
Penguin Random House, 2017, 425 páginas